El sexo pierde al Vaticano (y II)


200 millones de niños sexualmente abusados al año. En 2007 (perdón por usar datos de años diferentes, pero no creo que haya mucha diferencia) había 406.411 sacerdotes católicos en el mundo. Eso da un total de 492,1 niños abusados al año por cada sacerdote. A más de uno por día. No les daría tiempo ni a dar misa. No salen las cuentas.

No es eso. Cambio de escenario. Probablemente es más fácil si asumimos que cada niño abusado tiene un padre y/o una madre que abusa de ellos. O un tío o un abuelo. La división nos daría una cifra de 200 millones de ascendentes abusando de sus descendientes al año, al menos una vez, lo cual parece estadísticamente más factible.

Así pues propongo un cambio de titular en la noticia. “El sexo con los niños pierde a 200 millones de adultos en todo el mundo”.

O mejor aún. “El equivalente a dos tercios de la población de Estados Unidos abusa sexualmente de niños.  200 millones de niños abusados al año”.

Post data. El porcentaje de católicos es sólo del 17,2% de la población mundial. Sugiero que nos dejen tranquilos, pues cada vez que nos persiguen nos volvemos de nuevo secta, que es como todo esto del Cristianismo empezó. Fue un esquema Friends & Fools & Family.

Como minoría, de nuevo la sociedad nos empieza a querer -el amor al rebelde que menciona Benjamin en su trabajo sobre la violencia- y empezamos a proliferar. Sugiero no más persecución. Es la única manera que hay para que no crezcamos, ya que somos inextinguibles. Que se nos mantenga en un vivero, junto con las ballenas y otros bichos en extinción. Estables y controlados. Ya no somos hegemónicos y dentro de poco la amistad con nuestros hermanos judíos nos devolverá a allí de donde nunca debimos haber salido: “la izquierda”, la religión social. O nos salvamos todos o ninguno. Como el kibbutz pero a la antigua.

El problema es que a uno “de derechas” aquello de la caridad le tocó la fibra íntima y le pareció un buen articulador del Imperio y decidió hacerla religión oficial. Ahí surgió el conflicto. Empezó a sufrir una esquizofrenia elegante, y por el día se alegraba de prosperar en lo crematístico pero por la noche se arrepentía de que su trabajo diera frutos. Y su mano derecha trabajaba como un capitalista asqueroso y su mano izquierda aprisionaba a la derecha -esa era su función principal- mientras le decía: sé lo que estás haciendo y eres malo. Y la derecha se reconocía pecadora ante la izquierda, y prometía redimirse, y donarlo todo a los pobres y ser casta y seguir trabajando por las dos. Y la izquierda era la legítima y la querida por Dios, que en el fondo tiene que ser de izquierdas. Podemos llamarlas María y Marta.

Pues bien, ya somos secta. En las iglesias tocamos la guitarra y comemos pan de molde. La gente aplaude y se abraza. Ya no hay nada que temer. Las catacumbas las estamos limpiando, que llevan unos años sin usarse.

Ahora el Imperio subvenciona otros templos. Ahí está el peligro. Dixi.

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