La democratización de la democracia o El mejor entre los peores (lo dice Platón)


Al hilo de otros posts que ya van dándole cierta enjundia a este blog, quiero rescatar un texto del profesor Francesc Torralba, que acierta en mi opinión en el diagnóstico sobre la paupérrima situación de la llamada Democracia -el gobierno de los muchos…- pero no en las medidas correctoras.

Copio su texto, publicado en el Forum Libertas:

La democratización de la democracia

En las democracias maduras existe una desilusión generalizada con respecto a sus principios constitutivos eso constituye un verdadero cáncer para el sistema democrático

La democracia, pese a ser el mejor de los sistemas políticos que la mente humana ha alumbrado a lo largo de la historia, vive hoy, al igual que en los últimos veinticinco siglos, una profunda paradoja: se expande por el mundo como la mejor solución y el mejor resultado para la convivencia; pero en las democracias maduras existe una desilusión generalizada con respecto a sus principios constitutivos.

Este desencanto que, en ocasiones, sucumbe al cinismo práctico, es un verdadero cáncer para las democracias que debe ser tomado muy en serio y que exige la puesta en marcha de antídotos efectivos y eficientes. En los últimos años, todavía han caído más los niveles de confianza en los políticos. Vota menos gente y los más jóvenes dicen, sobre todo, no tener interés en la política parlamentaria. No creen que los políticos sean capaces de controlar las fuerzas que mueven al mundo y que están quizás esperando que llegue la ocasión de democratizar la democracia.

Más allá de las coyunturas, de la calidad y del carisma de los candidatos, de las batallas partidistas y personales, la democracia tiene que experimentar un salto cualitativo, un crecimiento para tener la altura moral que los tiempos requieren. La democracia en la actualidad debe volverse transnacional, porque muchas de las decisiones que afectan la vida práctica de millones de seres humanos no se cuecen en los Congresos, sino en Consejos de Administración de corporaciones transnacionales.

Una era global requiere de respuestas globales y no los viejos mecanismos nacionales de poder y de gobierno. Los partidos políticos tendrán que acostumbrarse a colaborar más con los movimientos sociales, y si quieren ver crecer su veracidad deberán abrirse a los mismos y fomentar su actuación, dada su capacidad de vivir la vanguardia de los problemas.

La democratización de la democracia depende del fomento de una cultura cívica sólida, que no puede ser aventurada a las decisiones e intereses de los mercados. Esta cultura cívica exige la asunción de ciertos valores fundamentales, de una ética mínima, de unas bases morales que no cimienten todo el edificio social y político.

Entre el Estado y mercado, la esfera de la sociedad civil, con la familia y las instituciones al frente, está llamada a construir una democracia de las emociones como parte de una cultura cívica progresista. La esfera cívica puede ser fomentada por el sistema, pero es, al mismo tiempo, su base cultural. Economía, gobierno y sociedad civil deben marchar equilibradas y deben sobre todo, promover la democracia por encima del Estado-nación.

En lugar de pensar la democracia como una flor frágil que se pisotea fácilmente, quizás debiéramos verla como sugiere Anthony Giddens, como una planta robusta, capaz de crecer incluso en terreno baldío. La expansión de la democracia está ligada a cambios estructurales de la sociedad mundial. Nada se consigue sin esfuerzo, tenacidad, constancia y dedicación. Por la promoción de la democracia a todos los niveles, merece la pena luchar.

Nuestro mundo desbocado no necesita menos autoridad, sino más autoridad y esto sólo se puede conseguir con instituciones democráticas.

Y el link: http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/noticia.php?id_noticia=13499&id_seccion=5

Coincido en esa visión de una desilusión social por los principios constitutivos de la democracia. Según el autor, eso se manifiesta en que la gente vota menos y que no confían en la clase política. Por tanto habría que entender que son principios de la democracia el voto y el confiar en los politicos.

Dice también -y casi me alegra la lectura- que la democracia debe tomar la altura moral que los tiempos requieren… Ahí creía yo que estábamos de acuerdo… Pero no. Según el autor la democracia debe volverse transnacional porque las ONGs y las compañías se mueven a ese nivel, y la democracia, eso de votar a unos señores, debe ahora contar con esa nueva altura moral que consiste en elegirlo todo a nivel mundial, casi interplanetario, porque ahora parece que nos afecta a muchos más, con esto de la globalización. Entra en lo de la era global y derriba, con elegancia, la nación, con su Poder y su Gobierno.

Parece que recuperamos la sintonía cuando habla del fomento de la cultura cívica, aludiendo a tópicos como la ética mínima -siempre a la mediocridad, y no la aúrea de Aristóteles precisamente. Pero luego ya acude al glosario tradicional: no a los mercados, democracia de las emociones,…

Y un último comentario, que de nuevo me hace conectar: el mundo necesita más autoridad… Y esta sólo se puede conseguir mediante instituciones democráticas.

Creo que el artículo está bien por el acicate a la discusión que es -al menos para mi, que discuto conmigo mismo, como los locos- pero que yerra en muchos puntos.

Sugerir que la democracia -representativa, entiendo- consiste en que voten muvhos y que lo hagan por políticos, creo que es como tomar el semáforo de ejempo para escribir el funcionamiento de la ciudad. Votos y políticos no son principios, sino herramientas, articulaciones de unos principios fundamentales que laten -o deberían latir- tras cualquier sociedad o colectivo que ha decidido hacer algo como colectivo. Ahí ya hay principios importantes -esto de ser aficionado a la sofía es lo que tiene: te quedas en la primera frase y se te pasa la vida analizándola.

Hay un principio que va en la línea de admitir que el colectivo es preferible al no-colectivo. Eso Aristóteles lo decía muy claro, pues asimilaba lo no-colectivo a dioses o bestias, quedando el ciudadano entre medias.

Otro principio es que ese colectivo se mantiene unido para algo, para hacer algo: en las clases de constitucional lo llamaba mi admirado profesor Vivancos, citando a algunos politólogos, “Unidad de Destino”. Espectacular. Desde Obama a Hitler, pasando por Jomeini, esta expresión les viene como un traje a medida. Fijémonos que algunos de estos principios ya están fallando, o han desaparecido, de algunos países “democráticos”, como España.

Echo de menos, entre paréntesis, en las polémicas sobre negociaciones con terroristas, etc. una mención al concepto democracia. Lo mismo es que no estamos todos en lo mismo, y hay que desmontar el asunto, en vez de seguir tratando de que no se pongan bombas. Digo yo. Lo mismo lo de las bombas no hay forma de pararlo, en este escenario tan democrático en el que estamos desde hace unos años. Recuerdo el libro “25 años sin Constitución”, del juez Joaquín Navarro Estevan. No se callaba ese hombre.

Así pues, atribuir el desánimo de los votantes en la falta de confianza hacia los políticos y pensar que eso se soluciona ampliando el escenario, me parece osado. Al menos por estas tierras la gente vota más cuanto más pequeño es el terruño que está en juego: a eso de Europa no va a votar casi nadie. Y mira que, inversamente proporcional, cuanto más pequeño es el terruño más ruin es el político que lo representa… Pues nada: para elegir al golfo del Ayuntamiento van todos a votar. Pero, ¿cuántos irían a votar un gobierno multinacional que gobernase desde Tiflis, o desde Yakarta?

No, el autor dice que lo de gobernar ya no. Sistemas más participativos de gobierno, probablemente: votando todo online o con el mando de la TDT. Mientras comes, entre el fútbol del telediario y los programas del corazón, pulse tres o cuatro veces para elegir unas cosillas que estamos aquí debatiendo en el Parlamento Universal.

¿Recuperaríamos así la ilusión democrática? Lo dudo. Porque esto no se trata de creerse lo de los votos o lo de los políticos. No se trata de creerse los medios -que no justifican los fines, aunque sí conducen a ellos: una mayoría absoluta puede aprobar un genocidio con toda paz. Mecánicamente y democráticamente, ilusionantemente diría yo. En éxtasis democrático, en una fiesta de la democracia.

No. Cambio de escenario. No es eso. No es votar al cándido político que desde su despacho hace todo lo que digo yo desde mi casa y encima no roba. No, no es eso. Democracia es moral. Ahí se le adivinaba un brote verde al filósofo Torralba. Pero moral no es globalización. No es extender el asunto a los archipiélagos del Pacífico Sur para que todos a una digamos qué es bueno o malo, y votemos como hermanos.

Al revés. Corrigiendo un error generalizado, en mi opinión, democracia no es la suma de muchos. Eso puede llegar a ser un error masivo, un virus incontenible. Sumar por sumar no tiene sentido. Democracia, la Democracia con mayúsculas por la que merecería la pena incluso morir, es selección. Es un proceso de educación y formación del individuo hacia la excelencia, de acuerdo a unos valores morales, constituyéndolo en sujeto. Sujeto democrático, es decir, aquél capaz, ojo, capaz, de elegir entre el bien y el mal para dar satisfacción a esos valores, que le trascienden para configurar al colectivo. Sujeto que es sujeto de derechos -porque os merece como sujeto y porque hay alguien a quien puede exigírselos: el sistema democrático- y de obligaciones -dando cumplimiento a la exigencia recíproca del resto de sujetos democráticos.

Sujetos que deben compartir un destino, el que sea, y una convicción de que el bien del colectivo es el bien de cada uno, pero no al revés. Esto es el llamado Bien Común.

Amigo. Cuando esto está vigente, cuando los sujetos son Sujetos, Personas, entonces esto de la democracia puede funcionar. Y, eventualmente cuando sea necesario, el sujeto votará y elegirá a políticos, los hombre de la polis: los hombres del Bien Común.

Esto requiere un gran trabajo sobre la Persona, mucha educación, mucho diálogo y reflexión, de modo que lo de votar no se convierta en una excrecencia más o menos pintoresca de un simulacro de Democracia, sino en un acto soberano (del sujeto soberano) y moral (del sujeto para consigo mismo y para con los demás).

Sin una base moral (educativa, científica, histórica, etc.) eso de extender lo de votar a nivel planetario para que las transnacionales encuentren una ley que las contenga allá donde vayan a cometer sus fechorías o para que Greenpeace sea el partido más votado es, probablemente, osado. Optimista. Kitsch, diría yo.

Para ser demócrata y ejercer de tal, diría yo, no hace falta que vote uno hasta el precio de la electricidad. Para ser demócrata, a lo socrático, y suponiendo que la Democracia sea algo bueno, hay que saber que es la democracia. Y una vez que se sabe lo que es, no queda más remedio que serlo. Suponiendo que sea algo bueno, repito.

Cierro con Platón, precisamente, y para mantener viva la llama de la discusión, pues rebate todo lo que digo. Dice en El Politico, 303:

“(…) Por lo tanto, de todos los regímenes políticos que son legales, éste es el peor, pero de todos los que no observan las leyes es, por el contrario, el mejor.”

Se refiere a la democracia. El mejor de todos los regímenes que no observan las leyes. Aviso a navegantes.

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