A 6 pasos de distancia – Metafísica y antropología de internet (I)


La teoría de los seis grados de separación postula que tan sólo 6 pasos, 6 personas, son las que median entre un yo cualquiera y otro yo, ambos ubicados en cualquier parte del mundo.

Hoy tuvimos jornada en Barcelona y el AVE -porque lo del avión, aun con la flamante nueva T1, mientras el cachondeo de los aeropuertos y la media horita de retraso habitual sigan vigentes, lo trataré de evitar siempre que pueda- se quedó parado un rato a la entrada de Madrid, lo suficiente como para que nos devuelvan el billete completo: 30 minutos de retraso.

Estar parado en mitad del campo, sentado en un tren que suele viajar a 300 km/h, es algo surrealista pero se agradece, porque casi es un cambio de escenario en sí mismo. Aquilata uno las distancias cuando, sentado dentro de esa mole de metal que rasga España de lado a lado como una bala, le da tiempo a mirar las encinas de una finca que linda con la vía. “Así que aquí los minutos también transcurren”, piensa uno. ¡Y que silencio! Y luego se imagina uno el ruido que debe de hacer el tren al pasar por ese paraje tan tranquilo…

El AVE conecta ciudades con éxito y en poco tiempo, y la red conecta personas con éxito y en poco tiempo… Esa es la teoría. La práctica supone un cambio en esa creencia generalizada. Un dibujo que explica esa teoría es el siguiente:

Seis grados de separación

Seis grados de separación

Ahí están esos seis vínculos que conectan a dos inviduos cualesquiera. Y surgen interpretaciones de todo tipo: desde la fraternidad universal hasta la universal soledad del individuo, en su célula, conectada a todas las demás por lo deforme del tejido social actual, globalizado y conectado.

Copio un link interesante:

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/futuro/13-2119-2009-04-04.html

Asimismo, algunos links que ofrece Wikipedia sobre el tema son:

http://www.microsiervos.com/archivo/leyendas-urbanas/seis-grados-separacion.html

http://news.bbc.co.uk/2/hi/programmes/more_or_less/5176698.stm

Veo que, independientemente de aspectos emocionales, late un análisis y unos valores tras la pregunta: How well are you connected?

Se asume como un valor positivo el estar conectado. Ello confiere realidad a la persona. Se es más real si, aparte de portar un nombre y una historia personal, se tiene presencia online: se es alguien allí, en ese mundo. Ello supone tener un blog, ofrecer resultados al ser googleado (mi “nombre primer apellido” ofrece hoy 254 entradas), tener un nick, chatear, pertenecer a una red social. No lo discuto: al contrario, he defendido la conectividad como modo de trabajo y como mecanismo generador de frecuentes oportunidades vitales: probablemente si mi esposa no hubiera tenido presencia online no hubiera conocido la universidad española donde cursó estudios en un programa de intercambio, y donde nos encontramos por primera vez.

Y del estar conectado creo que se obtiene otro valor: la fiabilidad. Internet como herramienta nos conecta a todo, de forma rápida y eficaz. Normalmente la vía de conexión son los buscadores. Hasta aquí, todos de acuerdo. Pero, ¿a qué nos conecta? Intuimos que a todo. Intuimos que nos conecta a lo que estamos buscando, en un ejercicio del llamado “wishful thinking”. Como es rápido, instantáneo, no cuesta esfuerzo ni apenas dinero, lo damos como válido.

Usando ese gran lema de “los 6 grados de separación”, nos pensamos que estamos a 6 grados de separación de todo. Pensamos que ese mundo de antes, esa tierra ignota conocida sólo por unos pocos, que se dedicaban (físicos, matemáticos, historiadores, filólogos…) en cuerpo y alma a la investigación y al saber, a la sabiduría, pensamos que ese mundo se ha abierto a nosotros. Late la peligrosa complacencia de que internet democratizó el conocimiento, lo cual nos hace a todos artistas, nos pone cualquier tema a nuestro alcance, nos permite cocinas cualquier plato, nos acerca todas las noticias del momento y nos conecta con cualquier persona que queramos conocer -no sé si computaron como personas a las del continente africano, algunos de cuyos pueblos aún no hemos descubierto: ¿regirá esta ley para ellos?

Nos sumerge en un mundo feliz en el que, finalmente, el saber no es patrimonio de unos pocos. ¡Por fin!

Surgen ahora las preguntas que motivan mi opción por un cambio de escenario:

1.- ¿Por qué medir cuanto nos separa de Kevin Bacon? ¿Acaso nos preguntamos cuánto hace que no llamamos a nuestro padre por teléfono?

2.- ¿Por qué miras el significado de Hitler en Wikipedia? ¿No recuerdas que correspondía a un tema del colegio?

3.- Estás en muchas redes sociales y tu perfil ronda por internet. ¿Cuándo fue la última vez que dedicaste 10 minutos a meditar sobre ti, sujeto de ese perfil?

Así pues, cambio de escenario: no santifiquemos algo por sí mismo, sino por que sus fines sean buenos. Usemos las herramientas que el mundo super conectado nos ofrece, pero antes definamos quiénes somos lo que conectamos y para qué lo hacemos. ¿Quién soy yo? ¿Para que vivo? Es necesario contestarse preguntas com estas antes de entrar en la macro carpa de internet, donde se ofrecen, en un mismo mostrador y a ciegos visitantes, diamantes junto con trozos de piedra pómez.

De otro modo, internet corre el peligro de convertirse en un gran depósito de ociosos que abdican de su responsabilidad de enriquecer su propia vida y prefieren verter su identidad en un lugar donde la liviandad les permite asumir una identidad mucho más superficial y despreocupada, empleando el tiempo en ver quien sale con quien, lo que le escriben en su muro unos a otros, jugar a medir su “inteligencia” cada día, etc.

Se convertiría en el asilo de mentes vaciadas más barato del mundo, pues sólo cobraría por la electricidad gastada. Es importante estar conectado, pero lo es mucho más ser alguien y saber para qué se es lo que se es.

Luego ya se decidirá cómo se es: si online o quizás offline. Adjunto el artículo de Daniel. No tiene desperdicio:

http://www.estrelladigital.es/ED/diario/167601.asp

El peligro de lo digital

Daniel Martín

Estamos como locos por los adelantos tecnológicos y digitales. Los Premios Príncipe de Asturias, demasiado atentos a las modas -por ejemplo, ¿por qué premiar a Fernando Alonso y no a Ángel Nieto si no es por oportunidad y afán de popularidad barata?-, acaban de otorgar un galardón a los inventores de los móviles y el correo electrónico. Evidentemente, dos grandes inventos. Pero, como con Internet, es hora de pensar si realmente todo son beneficios.

El móvil, por ejemplo, ha servido para empequeñecer el mundo y mantener contactos antes impensables. Además, es un instrumento idóneo para las emergencias, pues gracias a este aparatejo estamos conectados al mundo de manera constante. Pero esto también significa cierta pérdida de libertad, la posibilidad de estar permanentemente controlados y, sobre todo, cierta tendencia a la adicción. Si no, pensemos en cómo nos sentimos cuando nos quedamos sin batería o sin cobertura. O imaginemos a todas esas personas que, indefectiblemente, parecen no poder caminar si no van hablando con alguien por el manos libres para así adquirir aspecto de orates hablando consigo mismos.

El correo electrónico es seguramente el instrumento internáutico que más ha favorecido el trabajo instantáneo y la inmediatez espaciotemporal. Lo que yo escribo en este instante puede ser leído inmediatamente en, por ejemplo, Indonesia. El correo electrónico, como expresión de Internet, es algo sin duda beneficioso.

Gracias a la web, por ejemplo, servidor puede escribir sin presiones en un medio de comunicación independiente que da una información diferente a los grandes medios de comunicación, siempre sometidos o sometedores. En Irán, Internet ha permitido a la rebelión antifundamentalista evitar la censura que, con los medios antiguos, era mucho más fácil de aplicarse. Asimismo, la red ha permitido abrir campos de información insospechados hasta hace un par de lustros. Pero todo esto no significa que lo digital sea necesariamente bueno. Hay muchos peligros evidentes que, no obstante, son sistemáticamente ignorados. Entre las muchas dudas que me surgen, destaco las siguientes:

– Hace unos meses asistí a una mesa redonda sobre la blogosfera. Todos los presentes, menos yo, afirmaban que no había nada más democrático que los blogs, pues permitían opinar a todo el mundo. Por supuesto, defiendo la libertad de opinión. Pero esta no sirve de nada si no hay una prelación de opinadores y una disposición a leer y escuchar lo que opina el otro. En Internet, actualmente, da la impresión de que todo el mundo opina pero nadie se detiene a pensar y meditar la opinión ajena.

– Internet da mucha información. Y no hay ningún cauce que nos sirva para distinguir lo que está bien de lo que está mal. En Wikipedia, por ejemplo, hay errores de bulto cada dos por tres, sobre todo en su versión en español. Por otro lado, no sabemos quién da la información y así es imposible saber cuál es su sesgo político o ideológico. Quiero decir que si yo me compro un libro de Ian Gibson o Ricardo de la Cierva sé a qué atenerme, pero desconozco qué hay detrás de los contenidos internáuticos. Cuando se trata de opinión, perfecto, pero cuando se trata de documentación… Y la gente cree en lo que dice Internet sin plantearse su veracidad.

– La web y el correo digital han servido para crear grandes comunidades virtuales. Cada internauta pertenece a un par de grupos de personas de lo más variopinto. Esto es bueno mientras esas comunidades no sustituyan a la sociedad “de carne y hueso”, aquella en la que vivimos y a la que realmente pertenecemos.

– El asunto de la realidad virtual es aún más preocupante cuando hablamos de jóvenes, muchas veces aislados de un mundo más sano y auténtico por sus ansias de estar conectados al Tuenti o al Facebook. Internet engancha tanto o más que cualquier droga, y es realmente preocupante que sustituya las tradicionales maneras de relacionarse. A mi entender, no hay nada como una conversación cara a cara, con los ojos del otro en los nuestros.

– Aparte de dar rienda suelta a actitudes inmorales o directamente delictivas -descargas de todo tipo, cuelgue de vídeos y fotos que violan la intimidad personal…-, Internet atrae hacia sí nuestros principales medios de ocio. El miércoles escuché a Álex de la Iglesia afirmar que el futuro del cine está en Internet. ¿Significa eso que pronto ni siquiera iremos al cine para mezclarnos con nuestros semejantes? ¿Hay alguien que piense en serio que es mejor quedarse en casa frente a una pantalla que salir a vivir la sociedad de una manera pura?

En Wall-e, la película de animación que triunfó el verano pasado, los seres humanos del futuro vivían aislados de sus semejantes gracias a unos cascos y una pantalla. Reveladora alegoría de nuestra realidad. El correo digital, el móvil, Internet son grandes herramientas, recursos muy útiles. El problema es que nuestra entrega a ellos es absoluta, y nadie ha pensado de qué modo nos estamos dejando llevar por la moda. Nunca deben ser modos de vida. Y no solo porque enganchen, que lo hacen, sino porque no pueden ni deben sustituir a la realidad real, valga la redundancia.

Tal es el desconcierto imperante, que el tema principal sobre el que se discute cuando se habla del sistema educativo es de la alfabetización digital cuando sólo se puede hablar de alfabetización tradicional de un modo precario. Todos estos instrumentos digitales tienen su utilidad. Evidentemente. Pero no olvidemos que el ser humano es sociable por naturaleza y debe ser ético por esencia. El arrollador triunfo de lo tecnológico olvida esto. Y no sé muy bien dónde va a terminar la cosa. Lo que sí sé es que no es esto, no puede ser esto, no debe ser esto si realmente queremos seguir considerándonos humanos.

dmago2003@yahoo.es

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