Mi hermano es un héroe, no una víctima.


Han matado, quemándolo vivo, al agente Eduardo Puelles en Vizcaya. Nada nuevo después de 40 años de “lucha armada”, “atentados terroristas”, “violentos” y demás categorías a las que nos hemos acostumbrado. Sofismas. Digamos también que el de hoy es un asesinato especialmente certero, pues este señor se dedicaba a cazar terroristas desde hace 30 años. La banda “estará más debilitada que nunca” o “próxima a su fin”, como nos han dicho desde hace décadas (wishful thinking, tal vez), pero como la perdiz herida de muerte en la cabeza, que hace su vuelo más majestuoso, “la torre”, la banda está haciendo sus movimientos más brillantes.

Eso aparte, sucede que, quizá, asistimos a un cambio de escenario. Puede que todo sean sólo gestos para la televisión, con lagrimitas y corbatas negras. Pero en los funerales del asesinado se pudo ver al gobierno nacional del PSOE –Rubalcaba- al gobierno autonómico del PSOE –el Lehendakari-, a la oposición –PP- y a las diferentes fuerzas del orden –Policía Nacional, Guardia Civil y Ertzaintza. Es decir, menos ETA -que lo mismo también asistió sin pasamontañas- estaban todos los que algo tienen que ver y han tenido que ver en este asunto, un asunto gris, sin buenos ni malos, con muchas cosas en las cloacas aún por descomponerse. Faltaban Felipe y Juan Carlos, pero su espíritu siempre está con nosotros, pues de esto siempre han sabido los que más.

Y el hermano del asesinado sale diciendo que su hermano no es una víctima, sino un héroe, un gudari. Y los ertzaintzas aprovechan para retirar un cartel de apología terrorista en la plaza en la que se celebraba el luctuoso evento. Todo son símbolos, señales… Si es que queremos entenderlos como tales: lo mismo no significan nada.

Esto parece –aparece, porque casi es un milagro, una aparición divina- un cambio de escenario. Esto parece un movimiento hacia algo muy sencillo y que podría haber ahorrado 40 años de sufrimiento a muchos, a todos los implicados –porque los que matan también sufren: ahí dentro hay almas que sufren lo indecible, lo que pasa es que llegados a un punto no cabe vuelta atrás.

Parece un movimiento hacia algo muy sencillo pero difícil de lograr: ese algo es “llamar a las cosas por su nombre”.

En estos 40 años hemos tenido muchos muertos y muchas reacciones de condena, pero lo que más hemos tenido ha sido ambigüedad. Hemos tenido ambigüedad por parte de los partidos nacionalistas, por parte de ETA, por parte de los gobiernos nacionales, por parte de la Iglesia, por parte de los medios de comunicación, por parte de todos los españoles… Tanta ambigüedad que en las pancartas que “los buenos” portaban hoy se decía, también, “askatasuna”, que significa libertad. ¿Libertad para quien? Oiga, si a este señor lo ha matado Euskadi Ta Askatasuna, lo ha matado también un movimiento que lucha por la libertad… Parece que las palabras se usan sin muchos miramientos, pues.

ETA es la bisagra que decide quien gobierna en España, la que impulsa (o provoca, porque los impulsores a veces están muy a la vista y no nos hemos percatado) los golpes de Estado desde el 23-F, quien decide la política autonómica… Es la herramienta de los gobiernos para tener entretenida a la población ante la “amenaza terrorista” y la justificación para que la ambigüedad reine en todos los órdenes.

Con ETA no se va a acabar nunca porque ETA es un movimiento social basado en la ambigüedad que, precisamente por su ambigüedad y adaptabilidad se pliega a los resquicios de oxígeno que el sistema político –torpe y poco madurado por los ciudadanos, que consideran que el valor supremo es la democracia, y consecuentemente tienen partidos terroristas votando democráticamente en el Parlamento y percibiendo miles de millones en subvenciones- le deja y sirve tanto para un roto como para un descosido. ETA da mayorías absolutas en el Gobierno de España –tan caras a los dos partidos dominantes, PSOE y PP- y transferencias autonómicas al País Vasco como si esto fuera un buffet libre desde hace décadas.

ETA es la responsable de la posición de reclamación perpetua del País Vasco al “Estado Central” y quien ha conseguido muchos miles de millones de euros para esa bonita tierra montañosa, millones que nunca hubieran llegado allí en condiciones normales. ETA ayuda a Barcelona sin tapujos y ETA es la responsable de que centenas de empresas vascas poco competitivas disfruten de situaciones de monopolio en un mercado hermético de 5 millones de consumidores, a cambio tan sólo de pequeñas contribuciones a la causa –el llamado impuesto revolucionario.

¿Y quien es ETA? Como la asíntota en matemáticas, ETA tiende a infinito: ETA somos todos. ETA empieza en el color negro y se va diluyendo en el espectro de las ambigüedades y va pasando a ser gris y acaba siendo muy parecida al blanco. La separación entre buenos y malos no es tal: mucha gente ha ganado mucho dinero gracias a los muertos de ETA, mucha gente necesita que esto continúe y mucha gente, no sólo de ETA, va a hacer que esto continúe. Cada vez que en un bar uno se calla cuando chillan “puta España”, cada vez que la Ertzaintza no retira una bandera española tachada de algún balcón, cada vez que alguien evita pasar por una calle de Bilbao porque “ahí hay follón”, cada una de esas veces, quizá, se ganan algunos euros o se libra uno de un puñetazo, pero de cava más honda la fosa del deshonor y la vergüenza. Cada una de esas veces se acerca uno un poco más en la asíntota al negro, sin llegar nunca a ser negro, por supuesto. Porque negros, malos de verdad, en esto no hay muchos, y casi nadie los conoce. Eso sí, quien mantiene a los negros en su extremo y se permite criticarles e insultarles, ese gris en esencia, ese es tan cómplice como los que ponen bombas. Sólo que ese gris nunca arriesgará nada, nunca irá a la cárcel. Esa es ETA, esa es la banda. Esa es la asíntota de la ambigüedad que puede hacer que algo aparentemente tan definido como una banda terrorista dure ya 40 años y goce de tan buena salud. Nos digan lo que nos digan. Porque con miles de millones de euros de las subvenciones del sistema dubitativo y de los secuestros realizados, aparte de las contribuciones empresariales, hay para dar mucha guerra.

Pero ahora parece que otros han decidido –misterios sin resolver, será que ahora conviene- llamar a las cosas por su nombre, quitar banderas “independentistas”, llamar héroe al muerto, asesino al que lo mató y aparecer todos en la foto, sin taparse la cara. Probablemente ya han concluido que por todas las demás vías el beneficio es menor. Han hecho falta varios miles de muertos y 40 años de bombas, torturas en cuarteles, choteo con los jueces, casas cuartel por los aires, etc.

Al final, lo que nos caracteriza aquí es que damos grandes rodeos para llegar adonde los demás países llegan en poco tiempo.

¿Por qué pasa esto? Por indolencia moral, por falta de cultura política y por cobardía ante las pruebas del día a día.

Por indolencia moral, porque esto empezó como un movimiento romántico, prosigió como una lucha armada y se ha convertido en un esquema mafioso, pero nunca ha sido analizado en detalle para encontrar sus causas y ponerle un fin.

Por falta de cultura política porque el fenómeno terrorista tiene una causa social que nunca hemos analizado, contentándonos con tomar el efecto y regodearnos en él: porque es lo más fácil. Mezclando mecanismos que atañen a la base -el diálogo- con mecanismos que atañen al efecto -la represión del delito. Por confundir, probablemente por prejuicios y complejos de culpa, lo que es una democracia con lo que es previo a la democracia, que son los valores. Por querer aplicar mecanismos democráticos a situaciones donde los mecanismos son otros.

Y por cobardía, porque muchos de los que ahora se llenan la boca de valentías han consentido, en medio de la cobardía y el deshonor, cosas que ahora no consienten. Es muy fácil crecerse cuando todo alrededor empieza a arroparle a uno. Lo difícil es luchar en solitario, como algunos, pocos, han hecho.

El hermano de este señor es un héroe siempre que la sociedad lo califique como tal. Y lo será no porque lo hayan quemado en un coche, que la muerte no añade ni quita nada. Lo será porque antes de ayer ya lo era. Lo será porque lo que hacía, antes de morir, era heroico. No como su muerte, que fue sencillamente horrorosa, pero nada más.

Y si los que luchan contra ETA son héroes, entonces quiere decir que son admirables por su valor o méritos. Y si son dignos de admirar, entonces quiere decir que los fines para los que muestran valor o méritos no son malos -un terrorista también tiene valor, pero para un fin malo, luego no es un héroe para nosotros, sólo para sus simpatizantes- sino buenos. Quiere decir que estos hombres son héroes porque con valor luchan por el bien. Luego hay un bien. Luego lo demás que lucha contra este bien es un mal. Luego hay que acabar con el mal. Luego se está planteando, de modo sutil, una lucha. Se está reaccionando al ataque, tras 40 años, con la lucha.

Esto es un gran avance. Es un cambio de escenario. Es, posiblemente, el comienzo de un camino en el que se acabarán dilucidando las cosas mediante una lucha, de igual a igual. Es el camino en el que las cosas van a ser situadas en el único ámbito en el que se pueden resolver: la fuerza se resuelve con la fuerza; la divergencia de opiniones, con diálogo. Aplicar la fuerza a las opiniones o las opiniones a la fuerza no da ningún resultado. Es una pérdida de tiempo y de vidas, en nuestro caso literalmente hablando.

Así pues, posible cambio de escenario.

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