Falacia de dirección incorrecta. Caso especial de cum hoc, ergo propter hoc


Leo en El País la interesante explicación que da Javier Moreno sobre la crisis esta que nos corroe, la que yo llamo “cruda”.

Copio su texto:

De cómo arruinar el mundo dos veces

La crisis de 1929 y la actual comparten una característica: ambas fueron causadas por los errores de políticos y banqueros centrales. Para salir se necesita liderazgo. Pero la socialdemocracia europea no logra encontrarlo

POR JAVIER MORENO 21/06/2009

“Pocos líderes de la socialdemocracia europea, y aun de entre los conservadores del Viejo Continente, discreparán del análisis que Barack Obama ofreció el miércoles pasado en Washington. La crisis que azota el mundo desde el verano de 2007 no es resultado de un fallo del capitalismo en sí, según explicó el presidente norteamericano, sino el producto de una cascada de errores humanos, de oportunidades perdidas y de una cierta cultura de la irresponsabilidad que resulta ahora de todo punto inaceptable.

Pero también pocos de entre ellos, por no decir ninguno, aceptarían el corolario que se deriva de sus palabras: que la notable derrota que los socialistas de todo el continente hubieron de encajar en las recientes elecciones al Parlamento Europeo, y que amenaza con su extinción política como alternativa a corto plazo, no es sólo el fruto de su manifiesta impotencia para articular un programa ante la crisis; también, ciertamente, de la percepción de los ciudadanos de que la izquierda asumió durante los años de boom y excesos, en parte por molicie y en parte por conveniencia, el discurso que viene ahora en denunciar Obama.

Las palabras del presidente norteamericano enmarcaron la presentación de la mayor reforma del sistema financiero de EE UU desde la Gran Depresión. Y cuando, sin citar a nadie por su nombre, Obama atribuyó las culpas del desastre a personas concretas antes que a entes abstractos o la fatalidad del destino, cuyos vagos perfiles suelen convenir a los gobernantes más desvergonzados con la historia, nadie en Washington dejó de pensar en dos hombres: el anterior presidente, George W. Bush, y el antiguo jefe del banco central, Alan Greenspan.

Conviene quizá por tanto recordar ahora que también en 1929 cinco hombres, cuyas decisiones fueron clave entre 1920 y 1933, contribuyeron probablemente más que nadie a arruinar el mundo en aquella ocasión: los banqueros centrales de Estados Unidos (Benjamin Strong), Reino Unido (Montagu Norman), Francia (Émile Moreau) y Alemania (Hjalmar Schacht) a los que hay que sumar el presidente Herbert Hoo-ver, que elevó la inactividad a la categoría de arte en política. Debo esta idea a un libro de reciente aparición en EE UU (Lords of Finance. The bankers that broke the World, de Liaquat Ahamed) cuya tesis central, sin ser estrictamente una novedad, resulta lo suficientemente interesante para merecer cierta atención precisamente este año que tantos paralelismos, atinados o exagerados, está dibujando con 1929.

El libro relata con detalle la fe en el dogma del patrón-oro de todos ellos, sus desvaríos sobre el funcionamiento real de la economía (que hoy provocarían hilaridad entre los estudiantes de primer curso de cualquier universidad), su triste falibilidad, que es la del ser humano, y finalmente las terribles consecuencias que sus erradas decisiones infligieron a la mayoría de sus conciudadanos.

Más allá de las disquisiciones sobre si la crisis actual es o será igual, menor o mayor que la que asoló el mundo a partir de 1929, creo que ése constituye el principal paralelismo que con seguridad se puede trazar ya entre ambos eventos, y que Obama vino a subrayar el otro día: un grupo reducido de altos cargos y sus políticas ocasionaron y eventualmente agravaron dos cataclismos como los de 1929 y 2007-2008.

La mayoría de especialistas coincide ahora, efectivamente, en que el derrumbe de Lehman Brothers en septiembre del año pasado puso durante unas semanas al sistema financiero mundial al borde del colapso. La caída del venerable banco de inversión fue en realidad el último, o fue el penúltimo como se verá luego, de una serie de errores que los responsables políticos y monetarios de Estados Unidos habían comenzado a cometer a partir del año 2000 y que se multiplicaron tras los atentados del 11 de septiembre del año siguiente. Algunos de ellos fueron técnicos, o al menos fueron técnicos para la generalidad de los ciudadanos, como la decisión de situar el precio del dinero a un nivel extraordinariamente bajo durante un periodo extraordinariamente prolongado. Otros, sin embargo, fueron políticos. Y entre ellos destaca la decisión de no mirar a fondo (o no mirar en absoluto) a qué se dedicaban los bancos de inversión.

El responsable de la política monetaria durante aquellos años fue Alan Greenspan. El de todo lo demás, George Bush. Naturalmente, Bush nunca decidió qué normas de contabilidad había que aprobar, cuáles derogar o cuáles otras modificar. Bush, como he escrito en un artículo reciente, simplemente encarnó la figura política necesaria, como presidente de la primera potencia mundial, que otorgó legitimidad y discurso a todas aquellas prácticas. Bush, en breve, las bendijo.

La mayoría de economistas coincide pues en que las causas del desastre actual se reducen a dos: demasiados años de desregulación interesada de los mercados por parte de los hombres de Bush y especulación alimentada por el crédito barato de Greenspan. Muchos de esos economistas creen, por tanto, que Bush, Greenspan y los neocon, por tomar prestado el título del libro de Ahamed, arruinaron el mundo a finales de 2008. Para mayor escarnio, es probable que cuando acabó su mandato, el presidente Bush no supiese mucha más economía que cuando llegó a la Casa Blanca ocho años antes. Y es muy probable también que cuando llegó a la Casa Blanca ocho antes no supiese nada en absoluto.

El último gran error (de momento) de esta desgraciada sucesión de acontecimientos se produjo en las semanas posteriores al derrumbe de Lehman, cuando las vacilaciones, la indecisión y, de nuevo, el desconocimiento profundo de lo que estaba sucediendo llevó a lo que quedaba de la Administración Bush a agravar aún más si cabe la situación, según establece convincentemente otro librito aparecido hace apenas dos meses (Getting off track, de John B. Taylor, Hoover Institution Press). Taylor retrotrae esta incomprensión profunda al momento del primer fogonazo de la crisis en agosto de 2007, lo que provocó que durante más de un año se ensayasen una tras otra recetas perfectamente inútiles que no hicieron más que agravar el estado de los mercados y la economía en general. Otro tanto podría predicarse con similar certidumbre del Banco Central Europeo.

¿Cabe extrañarse pues de que la desconfianza de los ciudadanos de todo el mundo en sus gobernantes haya sufrido un grave retroceso? El último Eurobarómetro muestra un desplome de la confianza en todas las instituciones, especialmente la del Banco Central Europeo, pero también en otras, como la Comisión Europea, lo que demuestra que los ciudadanos esperan de sus gobernantes lo que éstos no han sabido proporcionales desde el estallido de esta crisis: esencialmente, protección frente a la inmensa destrucción de riqueza que ha golpeado a los europeos de todos los niveles sociales y a las terribles consecuencias de una exclusión social creciente que amenaza con diezmar a las clases medias y abocar a la miseria a las más modestas; y esencialmente también, confianza. La socialdemocracia europea necesita por ello repensar con urgencia su tarea y las herramientas con las que culminarla con éxito, so pena de ver el continente arrastrado por una deriva populista que la excluya del mapa político.

Siendo general en toda Europa la pérdida de confianza en los Gobiernos, en ningún otro país resulta esta afirmación más evidente que en España, cuyo Ejecutivo ha hecho ciertamente esfuerzos por arruinar la mucha o poca que los españoles pudieran haber tenido en sus capacidades; desde negar durante meses las evidencias de una crisis cuyas consecuencias amenazan con ser devastadoras para la mayoría, hasta el empecinamiento del ministro de Trabajo en desmentir que el paro alcanzaría los cuatro millones de trabajadores quince minutos antes de que se anunciase oficialmente tan triste récord, o los continuos retrasos del plan de salvamento de cajas y bancos, que a fecha de hoy sigue sin estar listo.

El resultado está a la vista. El 65% de la población, según una encuesta del CIS de mayo, confía poco o nada de las capacidades de gobernación del presidente del Gobierno, especialmente en el terreno económico. Y pese a ello, los socialistas perdieron las elecciones europeas frente a un partido de cuyo líder desconfía ni más ni menos que el 80% de los ciudadanos, según la misma encuesta. Rajoy y el PP, por cierto, formaron parte con entusiasmo de la avanzadilla ideológica de Bush en todas sus variantes, desde la guerra de Irak hasta la milagrería económica que ahora se ha revelado falsa, sin que hayamos escuchado de momento el menor propósito de enmienda y sin que sus propuestas económicas pasen de meros balbuceos inconsistentes.

Entretanto, ninguno de los dos partidos ha sido capaz, ni ha querido tampoco, elevar el debate sobre la crisis por encima del nivel sonrojante en el que está entrando de un tiempo acá la política española, como demuestra que el asunto estrella de la pasada campaña consistiese en averiguar si el presidente puede o no desplazarse a los mítines en un avión oficial. España no se merece la clase política que la gobierna, y harán mal los partidos en ignorar los signos crecientes de hartazgo y de desafección de los ciudadanos en un momento en el que el país se dispone a atravesar uno de los periodos de mayor tensión social de su historia reciente por el aumento del desempleo y el desplome de la actividad económica. De nuevo, es a la izquierda a quién más perjudica esta deriva. Como se ha visto, cinco hombres arruinaron el mundo en 1929. Dos, más un puñado de ideólogos neocon, fueron los responsables principales del desastre en 2008. Así que nada indica que no baste con otros dos para arruinar un país. Y aun uno solo.”

Ahí está todo. Tenemos aquí la costumbre de buscar culpables de lo que nos pasa muy lejos, y de traer soluciones para lo que nos pasa, también desde muy lejos. Es curioso por ejemplo cómo hemos tenido que ir importando reyes de otros países para que pongan un poco de concordia entre nosotros, antes de que nos matemos unos a otros. Y cómo cuando nos disponemos a matarnos el Rey de turno coge su maleta y vuelve a su refugio apoltronado hasta que escampe la tormenta.

Pues bien, según este señor, ahí está todo. Esto de la crisis:

– Primero, es una crisis. Admitiendo esto ya estamos admitiendo muchas cosas: que es mala, que sufrimos inmerecidamente por lo coyuntural de su comportamiento, que no podemos hacer mucho por salir de ella, etc. Asi pues, fatalismo hispano.

– Y segundo, es una crisis causada por, ¡cómo no! los malos. El malo del 33 era Hitler -él solito, que un día se levantó y decidió acabar con Europa… El malo del 29, lo dice el autor, eran en realidad cinco: “(…) los banqueros centrales de Estados Unidos (Benjamin Strong), Reino Unido (Montagu Norman), Francia (Émile Moreau) y Alemania (Hjalmar Schacht) a los que hay que sumar el presidente Herbert Hoover, que elevó la inactividad a la categoría de arte en política.” Los malos de ahora son los mismos cargos, con otros nombres.

Ya está. Nosotros, los de la calle, como los del 29, siempre somos las víctimas: conspiradores ubicados en despachos lujosos en rascacielos de ciudades poderosas son los que nos hacen la existencia difícil. Los que nos abocan a las “crisis” son siempre los poderosos -que suelen coincidir con los “capitalistas”, los “neoconservadores”, etc.- y nosotros, los humildes, somos arrastrados a las crisis por la fuerza.

Ese es el discurso. Con eso ya estamos tranquilos. Podemos dedicarnos un tiempo a lamentarnos, pedir algún subsidio al Papá y esperar a que lleguen tiempos mejores. Tiempos en los que, de nuevo, podamos comprarnos ese apartamento -segunda residencia- que hemos tenido que vender por su hipoteca, cuando lo habíamos comprado para aguantarlo unos años mientras íbamos a Marbella y luego venderlo por el doble de lo que nos costó: ya se sabe, economía española. O tiempos en los que podamos de nuevo cenar en restaurantes de 60 euros el cubierto los miércoles, jueves, viernes y sábados (un dia con la parienta, los otros con los compañeros de trabajo y, a veces, con alguna chica algo más joven que suele acompañarnos a las juergas). O tiempos en los que nos podamos comprar otro Audi o BMW de 90 mil euros, que el de ahora está un poco anticuado. O tiempos en los que podamos volver a poner en la empresa un servicio de chófer con coche oscuro, que eso viste mucho. O tiempos en los que volver a ir de montería los viernes, pagando la Caja de la zona, a cambio de ciertos favores en relación a hipotecas para unas promociones maravillosas en un paraje que, seguro, acabarán recalificando de rústico a urbano por un módico precio.

Esos tiempos en los que hacíamos estas y otras honestas cosas para ganarnos honestamente la vida volverán, y los cabrones que nos han metido en esta crisis lo pagarán caro. Esto no se hace, hombre. Ahora que, tras la de los 90´s estábamos en una segunda ola de forre y especulación a espuertas, con los dueños de los restaurantes comprándose fincas y los mandos medios obteniendo hipotecas a 40 años basándose en tasaciones infladas para darse el capricho del Cayenne o algún arreglillo en casa… vienen estos, el Bush y el Aznar, y nos joden la fiesta.Y la conclusión es esa: han (ellos) arruinado el mundo dos veces.

Poderosos deben de ser para arruinar el mundo. Regular debería de estar el mundo para que unos señores lo arruinen. El mundo es la suma de hogares. ¿Está su hogar de Valladolid arruinado? Si la respuesta es positiva… ¿piensa realmente usted que la quiebra de Lehmann ha sido la causa de su ruina, y que si Lehman no hubiera caído su hogar de Brihuega ahora mismo gozaría de salud financiera? ¿Como el precio del dinero estaba bajo, eso creó una burbuja de deuda, y por eso usted de Sant Boi está arruinado? ¿Si se hubiera sometido a mayor escrutinio a los bancos de inversión y sus normas contables, ahora usted, habitante de El Grove, estaría en buena posición financiera? Claro que sí. Cerramos el círculo de la explicación con el corolario: con la economía globalizada y el efecto mariposa, las subprime de EE.UU. han hecho caer a CCM, entidad ejemplar en sus créditos y préstamos hasta que algún sinvergüenza en Florida decidió que lo de las subprime no daba para más.

Ya está explicada la crisis. Con unos malos malísimos en su origen, un tornado inevitable como propagador del mal alrededor del mundo y una solución muy fuera de nuestro alcance. Tranquilas, conciencias, que nosotros no tuvimos nada que ver.

Pues bien, esto es simplemente una falacia, un sofisma. Si yo digo:

La gente fuma para aliviar los dolores del cáncer de pulmón.

Se me contestaría que el orden es el inverso. Que, porque la gente fuma, tiene cáncer. Lo mismo podemos decir aquí. La crisis, originada en la irresponsabilidad de cada hogar, en la exhuberancia irracional y la impresvisión más inmoral, activó los mecanismos políticos y las medidas económicas que el buen juicio dio a entender a unos señores a cargo del asunto. Acertaron, imagino, en algo, y fallaron, también, en algo. Son humanos. Pero suponer en ellos el omnímodo poder como para crear una crisis y arruinar el mundo, twice, es mucho suponer. Es suponer obscenamente tanto por lo burdo de la suposición como por la burla a que se le somete al ciudadano.

No es eso. Cambio de escenario. Aparecerá un día un político que, quizá, se atreva a hacer ese cambio de escenario. Que mire a la gente a los ojos y que no descargue ni un gramo de responsabilidad no de sí mismo ni de sus votantes. Les mirará y les dirá: “Señores, se nos ha ido la mano. Nos hemos pasado. Todos, ustedes y nosotros. Nos lo hemos gastado todo. Hemos querido enriquecernos especulando. Hemos trabajado poco y hablado demasiado. Y la fiesta ha concluido. Ha concluido para los bancos, que deben rehacer sus cuentas falsas y ampliar capital o quebrar. Ha concluido para las empresas, que deben restablecer sus patrimonio y cerrar si no son capaces de sobrevivir a varios años sin vender nada. Y ha terminado para los hogares, que deben mucho más de la riqueza que generan, y que ya no producen confianza en los bancos que les prestan dinero. Abandonen sus casas quienes no puedan pagarlas y busquen otros lugar donde vivir. Vendan sus coches a quienes se los puedan comprar y desplacense en transporte público. Saquen a sus hijos de esos caros colegios y busquen plaza en los colegios públicos. Porque se nos ha ido la mano y de la resaca hay que salir, primero, no bebiendo más; luego vomitando lo bebido de más que el hígado no puede asimilar y finalmente recuperando las capacidad fisicas y mentales necesarias para vivir.

No, no es eso. La crisis no viene de lejos, como el tsunami. La crisis de generó aquí, allí, en todos lados. En cada café consumido a 1 euro -166,386 pesetas- se estaba generando una burbuja de tamaño descomunal. Cuente los cafés tomados en estos años e imagine cuanto hay que recorrer hacia abajo hasta llegar al momento en el que el café vuelva a ser un café, tomado por un trabajador y servido por otro, y no tomado por un especulador y servido por otro. Un café de 3 euros no puede hacer bien ni a quien lo toma ni a quien lo sirve. Los ciega, los vuelve borrachos de la ostentación.

Cambio de escenario. Llegó el momento de los cafés a 0,35 euros. Propongo abrir un bar para este tipo nuevo de ciudadano. Pero seguir señalando con dedo acusador a las caras del periódico mientras se toma el café a 2 euros es, cuando menos, falaz.

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