Buenismo y malismo


Conversación con unos buenos amigos, soleada tarde del domingo, sobre el “veneno” de la educación jesuítica. Ideas de la llamada “izquierda” (el reino de los pobres, la justicia, revolución desde abajo, ser ocasión, providencia…) transmitidas a muchachos (varones y mujeres, aclaro, para los que sólo sepan distinguir el género añadiendo “aes” u “oes”, lo cual suele conducir a cierta fungibilización del género, quitando o poniendo aquí o allá, yo me entiendo) de “derechas”: de familias” bien, con dinero de toda la vida, de colegios privados y dirigiendo empresas…

¿Eso cómo se come? ¿Qué hace uno cuando viene de familia pudiente, al estilo calvinista y benedictino -ora et labora- y le enseñan que hay que dejarlo todo y dedicarse a los pobres? Que uno se queda como el del Evangelio: melancólico. Los que dieron el paso le llaman cobarde. Los que no lo dieron no se les pasó por la cabeza, le llaman resentido.

En esta nación de extremos y dicotomías, unos somos buenos y los otros siempre serán los malos. Ya sean los “rojos” o los “fascistas”, el otro siempre es el malo.

No es bueno ni lógico que cada cuatro años, dependiendo del bando que gobierne en el cuatrienio, el país cambie sus planteamientos fundamentales: política económica, política exterior… Es insano, en el sentido del insane inglés. No puede ser que no tengamos nada en común unos y otros. ¿Para qué vivimos en la misma tierra, en las mismas calles? No, si la alternancia es buena, es democrática… No, no tiene nada que ver: un país donde el partido que gane las elecciones sea el mismo durante 30 años no es poco democrático. Lo mismo es que es menos demagogo. ¿Qué diríamos de una familia en la que el padre y la madre dicen a sus hijos cosas tan opuestas que los hijos eligen interlocutor en función de las respuestas que quiera oir? Que los padres no están capacitados y el niño abusa. España.

Pero cambios de escenario, por subida de nivel, le suben a uno la moral. Así, escribe McCoy en El Confidencial acerca de Vicente Ferrer (uno que seguro que a todos gusta):

El capitalismo según Vicente Ferrer

@S. McCoy

Muere Vicente Ferrer, una persona que, a base de dotar de dignidad a aquellos a los que la sociedad se la negaba, dignificó la condición humana, a la que reconcilió con su propio destino. Y, coincide su fallecimiento con un informe demoledor de la FAO, la Agencia de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación en la que se señala que, por primera vez en la Historia, más de mil millones de ciudadanos de nuestro planeta sufren desnutrición, uno de cada siete, debido a los cien millones adicionales que se han incorporado a tan poca honrosa categoría en el último año, como consecuencia de la crisis. Una cifra que equivale al 125% del aumento de la población mundial en estos doce meses. Parece como si el español quisiera dejar como epitafio la evidencia burocrática de la inmensidad de lo que queda por hacer. Algo que, paradójicamente, entra de lleno en esa redefinición del capitalismo que tantas páginas ha llenado en tiempos recientes.

Un  modelo económico caracterizado por la primacía de la libertad y la iniciativa del individuo, y su derecho a la propiedad de los bienes y factores de producción, sobre la planificación dirigida y la titularidad colectiva. Y que, según los más entendidos, está condenado a reinventarse, resultado de desmanes pasados que ahora padecemos, en una doble dirección: mediante la incorporación de un concepto social a su desarrollo, impacto de los actos sobre la colectividad, por una parte, y ajuste de su dimensión financiera a la real, por otro. Un esquema, de acuerdo, excesivamente sintético pero que se aproxima de modo certero a la realidad de lo que se pretende, en mi modesta opinión.

Se trata, en cualquier caso, de un deseo de difícil ejecución, al menos en su primera vertiente: la conciliación entre el  bien colectivo y la búsqueda del beneficio individual requerirá de la actuación de unos terceros interesados, la clase política, que en su gran mayoría es incapaz de distinguir, aún en sus propias actuaciones, lo uno de lo otro, llámese corrupción o dejación. Unos gobernantes que, sin embargo, tienen más fácil operar sobre el segundo elemento de necesaria modificación: el redimensionamiento de las finanzas, en tamaño e influencia. ¿Se atreverán? Nunca hay que minusvalorar el poder real de los lobbies, especialmente en el mundo anglosajón.

La desazón ante la posibilidad más que cierta de que el cambio en el modo en que se ejerce el capitalismo no se pueda construir de arriba abajo, tutelado por el gobierno, pone de manifiesto la necesidad de una revolución tranquila en la raíz de la sociedad, a través del compromiso de una parte sustancial de la ciudadanía que haga suyo el doble proceso tanto de toma de conciencia, el Tengo Sed de la Madre Teresa de Calcuta, como de puesta en acción a continuación, Los milagros no hay que esperarlos, sino que hay que salir a buscarlos del propio Vicente Ferrer. Humanizar el capitalismo es película de un solo actor: el hombre como origen, fuerza motora del cambio; el hombre como finalidad, beneficiario último de tal transformación tanto de forma directa, propias condiciones de vida, como indirecta, construcción de una mejor sociedad.

Un ejercicio para el que sólo se requiere un arma, la más poderosa de la que el ser humano dispone en esta vida terrena: su fuerza de voluntad, que convierte el destino no en el resultado del azar sino en fruto del esfuerzo. No es vano el dicho cuanto más trabajo, más suerte tengo. Godot nunca vendrá para sacarnos las castañas del fuego o darnos un empujoncito. Podemos esperarle eternamente. Será en vano. Es momento de pasar a la acción, de conocer primero la materia prima con la que contamos, virtudes o defectos, recursos físicos e intelectuales, condicionantes laborales o familiares con el fin de evitar la frustración; de delimitar nuestro ámbito de actuación, sin buscar lo excepcional, sino sabiendo llenar de trascendencia nuestra actividad corriente, nuestro trabajo, nuestro descanso, nuestras relaciones: el océano de la humanidad no estaría completo sin la gota que suponemos cada uno de nosotros y, por tanto, nuestra apuesta por un mundo mejor es tanto o más importante que la de cualquiera de los demás; de ponerse manos a la obra aún sabiendo que la tarea nos sobrepasa en tiempo e importancia.

Puede que suene a tremendista pero, si cada uno de los que hacemos el día a día de este mundo no nos armamos del valor que da la convicción, de la fuerza que proporcionan los ideales, del espíritu de lucha que se deriva de la toma de conciencia del papel que tenemos asignado, no será el futuro del capitalismo lo que esté en juego, hemos vivido siglos sin él y la evolución ha seguido su curso, sino el de la propia Humanidad. O nos ponemos manos a la obra y tratamos de construir entre todos una sociedad mejor donde lo que prime sea el ser sobre el tener, la sociedad sobre el individuo, o vamos directitos hacia conflictos sociales de escala planetaria que amenazarán la estabilidad de importantes áreas geográficas y cuyo resultado más previsible es un aumento sustancial del totalitarismo y la represión. Un trabajo que, en ningún caso, puede depender de los demás ni excusarse en que lo que haga hoy aquí no afecta a lo que haga cualquier otro en cualquier otra parte del mundo. La conciencia colectiva es la suma de una pléyade de inquietudes individuales. El cambio no admite demora: remánguense y pónganse manos a la obra. Yo, con este Valor Añadido, aporto mi granito de arena. En homenaje a los millones de Vicentes Ferrer que se levantan cada mañana con el único objetivo de que el futuro sea, para todos, un poquito mejor.

Esto ya no es esa apelación a la Justicia Universal y al buenismo de las grandes instituciones -el tamaño, en este caso, no importa. Esta es una propuesta de movimiento responsable universal basado en la suma de mucho. Poco puedo añadir: humanizar el capitalismo no es demonizarlo. No es negar sus dinámicas, que tanto bien han hecho a tanta gente. Es reconocer que el capitalismo comete errores -no el capitalismo abstracto, sino el homo capitalista, el capitalista que todos llevamos dentro cuando sentimos apego a nuestras cosas o nos esforzamos por prosperar y vivir de forma más… humana.

Tener casa, poder beber agua limpia, poder salir a cenar, ahorrar en el presente para poder acceder a algo en el futuro, disciplinar el gasto y ceñirlo sólo a lo que responde a nuestros fines personales más fundamentales, poder darle una educación alternativa a los hijos si la oferta pública es pobre, y todo ello partiendo del esfuerzo propio y en la medida de sus propias fuerzas… eso es bueno y el capitalismo lo defiende.

Capitalismo es el sistema económico en el que el control teórico de los medios de producción corresponde al dueño del capital, por oposición al comunismo, en el que la manija la lleva el trabajo. Bonita teoría que asume que tras el capital no hay trabajo. Que le pregunten a los panaderos que a las 4 de la madrugada ya están haciendo pan, o a los dueños de un bar que abren a las 10.00 y cierran a las 12,00 de la noche.

De sus aberraciones hemos oído siempre. Conozco muchos capitalistas que no caen en ellas. De las aberraciones de los trabajadores hemos oído menos -probablemente porque España es proletaria en el siglo XXI- pero conozco a muchos golfos entre ellos.

Busquemos ese equilibrio que ya se da en otros países que no caen en el penoso debate bipolar. Cambiemos de escenario, nos irá mejor. Al principio sentiremos la misma melancolía que pueden sentir los productos de la educación jesuítica. Luego nos acostumbraremos a la lucha y no miraremos atrás. Ad maiorem hominum servitium.

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