Sesos nórdicos – Juurikkala


Un post hoy que no necesita mucho comentario, pues está centrado en reseñar pensamientos de otros que son suficientemente explícitos como para requerir de explicación adicional. Pensamientos que cambian nuestro escenario, nos hacen revisar nuestros supuestos de partida y nos desmontan el sombrajo.

Este dedicado a Oskari Juurikkala. Él es investigador en el Institute of International Economic Law de Finlandia. Educado como economista y abogado, Oskari Juurikkala trabaja en investigación, finanzas, y minería. Su consultoría, Ansgar Economics, asesora sobre estrategias macroeconómicas y de inversión. Juurikkala es editor y fundador de Kultainfo.com, la web líder en metales preciosos en Finlandia y autor de Pensions, Population, and Prosperity (Acton Institute, 2007).

Son extraordinarios los trabajos que se publican en los países nórdicos sobre temas diversos que allí están en la agenda y que aquí, al sur, llegarán a estar en la agenda en una década. Recuerdo un bonito viaje a Estocolmo donde me reuní con varios think tanks suecos -de todos los colores y adscripciones políticas, sin acritud, con deportividad, como si se fuera una persona madura- y su apertura a analizar temas importantes y a dedicar recursos a ello.

Gente joven y bien preparada pone a trabajar sus cerebros en sitios como Acton, Timbro o Tallberg y aporta ideas de utilidad social -no panfletos- que luego los ciudadanos aprovechan. Incluso gastan el dinero en organizar foros como el de Tallberg, un pueblo donde se reúnen a pensar acerca de cosas como “How on Earth can we live together”… están locos estos nórdicos, en lugar de reunirse en ese pueblo a beber hasta morir. Bueno, lo hacían también, pero ahora han decidido que eso hay que empezar a cambiarlo, porque la neurona se ha convertido en especie en extinción en otros lugares del globo, y ellos le tienen aprecio.

Por ejemplo, en referencia a un tema como el agua, el trabajo de un joven investigador cristalizó en una obra muy interesante titulada “Agua privada para todos. Cómo la empresa y el mercado pueden solucionar la crisis mundial del agua” o “Water for sale: How business and the market can solve the World´s water crisis” (curiosa la traducción), del joven Fredrik Segerfeldt, traducido y editado en español por la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (!).

Es importante también el trabajo del chileno Mauricio Rojas en Timbro, cuyo libro “Reinventar el Estado del bienestar – La experiencia de Suecia”, editado por los locos de Gota a Gota, me pareció interesante.

Pues bien, este Oskari Juurikkala ha escrito algunas cosas interesantes. Esta por ejemplo:

La primera reforma.

La globalización financiera ha dado origen a numerosas llamadas a la regulación de algunas áreas como la banca, los hedge funds, la innovación financiera o los salarios de los directivos. Puede que sean necesarias ciertas reformas, pero el cambio más fundamental debe tener lugar en el cerebro humano.

Es precisamente en estos momentos en que las reformas institucionales parecen más urgentes cuando hay que ser más prudentes. Las grandes crisis como la actual tienen unas raíces profundas que no son ni visibles ni obvias. Fijarse en lo superficial no es sólo inútil, sino que haciéndolo se corre el riesgo de enmascarar las verdaderas causas que así podrán seguir propagando sus semillas de destrucción.

El auténtico problema es de moralidad, si bien esto no se dice demasiado.Un exceso de habladuría sobre valores y principios enseguida se convierte en retórica vacía a menos que alcance los corazones de las personas. Así pues, la auténtica cuestión es comprender qué constituye nuestro auténtico bien. No podemos dejar de buscar la felicidad, pero sí podemos –y normalmente lo hacemos– en qué se plasma y cómo conseguirla.

Esta es la idea fundamental de la teoría clásica de la virtud: la virtud es la base necesaria de los logros humanos como un ser racional, de modo que en el núcleo de todos y cada uno de nuestros actos inmorales es el error intelectual. Para dejarlo claro, esos errores normalmente son la consecuencia de una afección irracional a los productos materiales, a los que se les equipara como el bien en sí mismos.

La mentalidad reformista concentra sus energías en las instituciones: leyes, regulaciones, políticas y organizaciones sociales. Desde luego, las instituciones son importantes, pero incidir demasiado en ellas es otro error y además peligroso. Se basa en una premisa falsa y oculta: que la persona es un ser humano moralmente estático. La naturaleza humana es la que es –quizá no totalmente corrupta, pero sí avariciosa y egoísta– y la única solución a las enfermedades sociales es alterar el contexto institucional.

La mentalidad reformista se olvida de asuntos más esenciales y al hacerlo distorsiona el contenido de la necesaria reforma. Si se encuentra con algunos estafadores, el reformista tiende a asumir que todos los hombres son estafadores –o al menos que las leyes deberían tratarlos como si lo fueran–, de modo que lo que puede comenzar como una valoración parcial y sectaria puede terminar convirtiéndose en una profecía autocumplida: la gente honrada puede reaccionar a las políticas injustas oponiéndose al espíritu de la ley o incluso a su letra.

Las instituciones son algo secundario, la moral personal es lo principal. Pero esta última es algo más que una recopilación abstracta de valores y principios. Éstos también se subordinan a la cuestión real: ¿Quién soy? ¿Cuál es el propósito de mi existencia? ¿Quién me creó y para qué? Aunque no pensemos a menudo sobre estas cuestiones, las ponemos de manifiesto en todas nuestras elecciones.

Como decía, las instituciones importan, pero de un modo que difiere de la visión reformista. De acuerdo con Santo Tomás de Aquino, las leyes humanas tienen dos funciones básicas: coordinar y educar. Y no la de coordinar la maximización del PIB ni educar en marketing y finanzas. Las leyes –todas las leyes– deberían colocarse al servicio del auténtico bien, ayudándonos a saber, amar y servir al Señor y a amar al prójimo como a nosotros mismos.

Esto equivale a educar en la virtud. Las normas penales, por ejemplo, tienen el cometido de incentivar el buen comportamiento. No pretenden únicamente reparar los daños pasados, sino también impulsar los buenos hábitos en la convivencia social.

Sin embargo, el Estado no es la institución más importante a la hora de educar en la virtud. Esta tarea compete a las familias, las iglesias y otras asociaciones privadas. Más importante que el estatus de los hedge funds es el papel de la familia en sociedad y en la educación de los hijos.

Definir el curso de acción adecuado siempre es un asunto delicado que requiere de un juicio prudencial. No es aconsejable prohibir todo el vicio, no sea que el vicio se incremente y derrote a las autoridades. Se han cometido grandes injusticias porque la gente buena ha sido demasiado cobarde como para enfrentarse a las turbas violentas.

Escribía también, hace más de un año, esta otra:

LA INMORALIDAD DEL SISTEMA FINANCIERO

Imprimir dinero para Wall Street


El sistema financiero global está en una crisis que está intensificándose en gran parte debido a codiciosos juegos con complejos derivados financieros. El rescate urgente de Bear Stearns Cos., para el que la Fed concedió el préstamo de 30.000 millones de dólares a JP Morgan Chase para adquirir el banco de inversión, es sólo la más reciente –y probablemente no la última– misión de rescate del banco central. En general, la respuesta de la Reserva Federal liderada por Bernanke a la debacle financiera global ha sido excesivamente simple: tipos de interés más bajos.

Es discutible si ésa es una solución efectiva al problema. Se arriesga con ella a destruir la demanda internacional de dólares, además de que un tipo de cambio a la baja implicaría una rápida inflación de los precios en el país al igual que una creciente presión sobre los inversores extranjeros para sacar su dinero. Ambos efectos exacerbarían la crisis.

Pero eso es un asunto técnico. La estrategia de la Reserva Federal plantea problemas más fundamentales. Cuando un banco central baja los tipos de interés, incurre en una actividad que va llena de significado moral. El argot del macroeconomista puede llevar a conclusiones erróneas. Los tipos de interés más bajos se alcanzan aumentando la oferta del dinero, lo que básicamente equivale a “imprimir dinero de la nada” y a venderlo barato a la comunidad bancaria (aunque técnicamente ahora se hace creando asientos contables ficticios).

La dimensión moral se ve más clara si en su lugar imaginamos a una persona haciendo lo mismo. Se llama fraude. El dinero falsificado enriquece al defraudador a expensas del resto de la sociedad. Crear más billetes de papel no da como resultado más recursos económicos (producción o artículos de consumo), sólo sirve para redistribuirlos. El falsificador adquiere dinero extra inmediatamente a su disposición, mientras que el poder adquisitivo de nuestro saldo bancario se ve lentamente erosionado.

La actividad de los bancos centrales modernos afirma estar al servicio de nobles fines: una alta tasa de empleo, estabilidad de precios y desarrollo económico. En realidad sólo enriquece a los que operan el sistema. A veces es el Gobierno nacional. Por ejemplo, considere el Zimbabwe de Robert Mugabe y su inflación de más del 1.000 por ciento (y subiendo).

En otros casos, el banco central es una entidad privada que sirve a los intereses de la élite financiera. Históricamente éste era el caso en la mayoría de bancos centrales, incluyendo al Banco de Inglaterra (fundado en 1694), que fue nacionalizó en una fecha tan reciente como 1946.

Lo que muchos no saben es que el sistema de la Reserva Federal de Estados Unidos, fundado en 1913, también pertenece a esta categoría. Es una corporación privada, propiedad de bancos afiliados, sobre cuyos dueños se sabe poco. Como privilegio especial, la Reserva Federal nunca ha sido completamente auditada por órganos independientes y se afirma que algunos de sus archivos son secretos.

Uno puede también poner en duda los nobles fines de los bancos centrales. La inflación es causada en gran parte por aumentar la oferta del dinero. En consecuencia, la inflación promueve el vivir endeudado y desmotiva la prudencia y el ahorro.

Por otra parte, al crear tipos de interés artificialmente bajos, los bancos centrales propician los perjudiciales ciclos de auges y depresiones, como los economistas Ludwig von Mises y F.A. Hayek demostraron. La burbuja de las “punto com” que reventó en el año 2000 y las burbujas inmobiliaria y de consumo excesivo, que ahora están llegando a su fin, son los ejemplos más recientes. Tanto peor para la estabilidad, el crecimiento económico o unas altas tasas de empleo.

El Antiguo Testamento presenta algunos principios sobre la gestión responsable del dinero. Quejándose de los pecados de Judá y de Jerusalén, el profeta Isaías denunciaba la devaluación monetaria: “Tu plata se ha vuelto escoria, tu vino está mezclado con agua” (Isaías 1:22). Asimismo exhortaba el Señor al pueblo judío: “No seáis deshonestos con las medidas de longitud, de peso o de capacidad. Tened balanza justa, peso justo, medida justa y sextario justo…” (Lev. 19:35-36)

La devaluación y la manipulación de pesos y medidas han supuesto una gran tentación durante toda la historia del dinero y del sistema bancario. Son la base de los métodos más complejos de inflación monetaria que se practican hoy.

También existe la banca con reserva fraccionaria, el uso del dinero de los depósitos a la vista en el sector de préstamos. Muchos economistas, incluyendo a Milton Friedman y otros en la universidad de Chicago en décadas anteriores, la han identificado como la fuente de la inestabilidad de las actividades bancarias durante los tiempos modernos. La banca con reserva fraccionaria ya fue condenada por los juristas romanos que la encontraban fraudulenta y legalmente insegura. No obstante, la ciencia moderna demuestra que justamente esta inestabilidad es la que justificó las actividades inflacionistas de los bancos centrales.

Los fundadores de Estados Unidos lo entendían. En sus cartas, Thomas Jefferson escribió profusamente sobre el problema del dinero poco fiable. En una carta a Josephus B. Stuart que data de 1817, Jefferson hacía hincapié en las consecuencias del papel moneda: “Hay que admitir que los billetes tienen algunas ventajas. Pero tampoco se puede negar que sus abusos son igualmente inevitables y, al romper la medida de valor, toda la propiedad privada se convierte en una lotería.”

De la misma forma, Jefferson entendía el problema de un sistema bancario poco fiable. En una carta a John Taylor decía. “Creo sinceramente […] que las entidades bancarias son más peligrosas que los ejércitos permanentes y que el principio de gastar dinero para pagarlo en años venideros bajo el nombre de financiación es estafar al futuro a gran escala.” (1816)

Estas valientes palabras suenan increíblemente relevantes en la actualidad. Las raíces de la crisis actual yacen en la manipulación del dinero de los ciudadanos americanos. Más dinero no solucionará el problema. ¿Tendremos el valor de ir al meollo del asunto?


Hoy al mediodía me tomaba una Coca-Cola con un nuevo amigo con quien estamos pensando en montar una actividad bastante novedosa por lo clásica. Terminada la bebida, nos marchábamos muy satisfechos de la reunión e ilusionados con el proyecto que estábamos echando a andar. Y llegó la hora de pagar.

Dos Coca-Colas a las 14,00h de la tarde del viernes 26 de junio en Madrid, España, nos han costado… 5,29 euros, es decir, 880 pesetas o 440 cada una. Aquí viene mi pequeña contribución al post (que tampoco es mía, sino sabiduría popular heredada): mientras el café siga valiendo 200 pesetas o la Coca-Cola 440 pesetas, la crisis no desaparecerá. Dixi.

Mi amigo filósofo, de Murcia, me lo corroboraba: sus amigos restauradores le dicen que a Aznar siempre le agradecerán una cosa: la entrada en el euro. Porque esa pérfida asimilación mental de la moneda de 100 pesetas al euro (100 igual a 166,386) les hizo ganar un 66% por ciento más, en todo, de la noche del 31 de diciembre a la del 1 de enero del año en que se adoptó oficialmente.

El entrecot, pasó de valer 1.800 pesetas a 18 euros, que son 2.994 pesetas. El primer plato, de 900 pesetas a 9 euros (1.497 pesetas) y así con todo.

Para mi, en España, la causa de la crisis es moral: una simple operación matemática que nos negamos a hacer y una ficción en la que embarcamos toda nuestra vida económica -por tanto, y siendo muy marxista en ciertas cosas, la infraestructura que soporta todo lo demás- y que ha llevado a que los señores que vendían café hayan ganado más dinero del que podían imaginar. Al igual que los peluqueros o los promotores. Y ese dinero no fue al ahorro, sino que siguió comprando inflación. Sabedor el dueño del restaurante que había sacado por el entrecot de 18 euros 1.194 pesetas de más (7 euros) se sentía cómodo gastando tranquilamente esos 7 euros de “redondeo” en otras cosas que, a su vez, llevaban su propio redondeo.

Esta ficción funcionó. Como el acelerador de partículas del CERN: nos volvió locos. Los carniceros se han comprado fincas de caza a base de servir a restaurantes que tenían los miércoles por la noche cuádruple fila de coches en la puerta, a 100 euros el cubierto.

Ahora eso se acabó. Ahora lo de imprimir dinero y lo de redondear -pecado de todos, mea culpa- nos ha llevado al abismo. Y, ahora, el que tiene un euro es el rey. Los euros “falsos” o sin valor detrás se han acabado usando para comprar e invertir en… negocios falsos o sin valor detrás, engordados con euros de “mentira”… de cartón piedra. Ahora cash is king y los negocios falsos, las inversiones rápidas que multiplicaban lo invertido en una carrera frenética, han tocado a su fin. Como en el juego de las sillas, cesó la musiquilla del redondeo y el imprimir billetes y… nos hemos quedado todos de pie, menos el que tiene cash, que está sentado en la silla partiéndose de risa.

A ese ahora no hay quien lo levante de la silla, porque no suena música en ningún sitio. Así pues, pienso que ese es el escenario. La crisis no es una conspiración de poderosos. Es una merienda de cerdos. Que siempre acaba mal.

Bien por Juurikkala, que ya anticipaba algo de esto. Ahora todos de pie, castigados.

Otros links referidos a Juurikala

http://www.mercatornet.com/articles/poor_countries_need_freedom_and_children/

http://www.mises.org/articles.aspx?AuthorId=309

http://papers.ssrn.com/sol3/papers.cfm?abstract_id=1044351

http://thefilter.blogs.com/thefilter/2008/02/an-interview-wi.html



La primera reforma

Por Oskari Juurikkala

La globalización financiera ha dado origen a numerosas llamadas a la regulación de algunas áreas como la banca, los hedge funds, la innovación financiera o los salarios de los directivos. Puede que sean necesarias ciertas reformas, pero el cambio más fundamental debe tener lugar en el cerebro humano.

Es precisamente en estos momentos en que las reformas institucionales parecen más urgentes cuando hay que ser más prudentes. Las grandes crisis como la actual tienen unas raíces profundas que no son ni visibles ni obvias. Fijarse en lo superficial no es sólo inútil, sino que haciéndolo se corre el riesgo de enmascarar las verdaderas causas que así podrán seguir propagando sus semillas de destrucción.

El auténtico problema es de moralidad, si bien esto no se dice demasiado.Un exceso de habladuría sobre valores y principios enseguida se convierte en retórica vacía a menos que alcance los corazones de las personas. Así pues, la auténtica cuestión es comprender qué constituye nuestro auténtico bien. No podemos dejar de buscar la felicidad, pero sí podemos –y normalmente lo hacemos– en qué se plasma y cómo conseguirla.

Esta es la idea fundamental de la teoría clásica de la virtud: la virtud es la base necesaria de los logros humanos como un ser racional, de modo que en el núcleo de todos y cada uno de nuestros actos inmorales es el error intelectual. Para dejarlo claro, esos errores normalmente son la consecuencia de una afección irracional a los productos materiales, a los que se les equipara como el bien en sí mismos.

La mentalidad reformista concentra sus energías en las instituciones: leyes, regulaciones, políticas y organizaciones sociales. Desde luego, las instituciones son importantes, pero incidir demasiado en ellas es otro error y además peligroso. Se basa en una premisa falsa y oculta: que la persona es un ser humano moralmente estático. La naturaleza humana es la que es –quizá no totalmente corrupta, pero sí avariciosa y egoísta– y la única solución a las enfermedades sociales es alterar el contexto institucional.

La mentalidad reformista se olvida de asuntos más esenciales y al hacerlo distorsiona el contenido de la necesaria reforma. Si se encuentra con algunos estafadores, el reformista tiende a asumir que todos los hombres son estafadores –o al menos que las leyes deberían tratarlos como si lo fueran–, de modo que lo que puede comenzar como una valoración parcial y sectaria puede terminar convirtiéndose en una profecía autocumplida: la gente honrada puede reaccionar a las políticas injustas oponiéndose al espíritu de la ley o incluso a su letra.

Las instituciones son algo secundario, la moral personal es lo principal. Pero esta última es algo más que una recopilación abstracta de valores y principios. Éstos también se subordinan a la cuestión real: ¿Quién soy? ¿Cuál es el propósito de mi existencia? ¿Quién me creó y para qué? Aunque no pensemos a menudo sobre estas cuestiones, las ponemos de manifiesto en todas nuestras elecciones.

Como decía, las instituciones importan, pero de un modo que difiere de la visión reformista. De acuerdo con Santo Tomás de Aquino, las leyes humanas tienen dos funciones básicas: coordinar y educar. Y no la de coordinar la maximización del PIB ni educar en marketing y finanzas. Las leyes –todas las leyes– deberían colocarse al servicio del auténtico bien, ayudándonos a saber, amar y servir al Señor y a amar al prójimo como a nosotros mismos.

Esto equivale a educar en la virtud. Las normas penales, por ejemplo, tienen el cometido de incentivar el buen comportamiento. No pretenden únicamente reparar los daños pasados, sino también impulsar los buenos hábitos en la convivencia social.

Sin embargo, el Estado no es la institución más importante a la hora de educar en la virtud. Esta tarea compete a las familias, las iglesias y otras asociaciones privadas. Más importante que el estatus de los hedge funds es el papel de la familia en sociedad y en la educación de los hijos.

Definir el curso de acción adecuado siempre es un asunto delicado que requiere de un juicio prudencial. No es aconsejable prohibir todo el vicio, no sea que el vicio se incremente y derrote a las autoridades. Se han cometido grandes injusticias porque la gente buena ha sido demasiado cobarde como para enfrentarse a las turbas violentas.

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