No, we cannot


Esta mañana camino por la ciudad hacia el dentista. Sábado por la mañana, para no quitarle horas al trabajo de la semana. Se nota que soy autónomo.

Hubo una pequeña bronca en el consultorio, pues ahora las sociedades médicas te obligan a rellenar largos formularios con datos personales -incluso la profesión- y a autorizarles a cederlos a otras sociedades, para darte un mejor servicio, etc., y para “prevenir el fraude”. Es decir: para que no digas que estás sano, suscribas una póliza y luego tengan que darte todos los tratamientos que comprende esa póliza. Hacen una especie de auditoría previa y ceden los datos a las sociedades vinculadas. Lo mismo tu banco acaba sabiendo que tienes una dolencia cardíaca o tu empleador…

Curiosa forma de cuidarte. No te hacen un chequeo gratuito, porque eso vale mucho dinero. Pero te hacen responder cuestiones para ir afinando la puntería de las pólizas en el cálculo actuarial. Como le he dicho a la señorita, eso en otros países es delito. Aquí vamos años retrasados.

Aparte de esto, me llamó la atención el anuncio de una marquesina: “Sí podemos” rezaba. Y debajo, unos modelos de teléfonos móviles a la venta. Similar a otro, aún más trabajado, que ofrece vacaciones de fin de semana con el lema: “Yes, weekend“.

Y siento, de nuevo, cierto asco. No es esto, hombre. No es esto.

No tomen una frase más o menos popular de un Presidente de los EE.UU. que está intentando regenerar el país y sacarlo -al país y al resto del mundo, pues de él depende- de una crisis moral -y, por tanto, financiera: donde no hay moral no hay confianza, no hay fianza, nadie se fía ni se presta el dinero- para sus tristes campañas publicitarias que buscan vender móviles o viajes.

El “Yes, we can” ha sido el motto que ha movido a muchas clases sociales y grupos a elegir a un presidente -negro, en un país esclavista hasta hace unos días- que venía a proponer un proyecto a su pueblo: un proyecto que es unitario, que requiere sacrificios y que promete resultados. Eso es, ni más ni menos, la libertad. Quieren, quieren algo, luego pueden. Me atrevo a recomendar, al margen, la lectura de un par de libros sobre Obama y sus discursos, para entender también algo de esa nueva capacidad retórica de ciertos políticos americanos que, inspirados en los griegos, están siendo tomados ahora por nuestros políticos como ejemplo de oratoria. 300 años y ya están también a la altura en esto. Dentro de poco nos quedará casi nada para presumir. Los libros son “Hablar como Obama”, de Shel Leanne y “El secreto de Obama”, de Mónica Pérez de las Heras.

Volviendo al asunto. Aquí sería: No, we cannot. We cannot porque nosotros no tenemos libertad. Porque no estamos dispuestos a mirar hacia un punto, no queremos nada, y por tanto no podemos dar los pasos hacia ese punto.

Parece que al laborioso mecanismo de resucitación americano -gente en la calle, quiebras de empresas, incluso suicidios, ciudades hechas a base de tiendas de campaña y sufrimiento-sacrificio individual que genera optimismo- aquí oponemos hedonismo y narcotización. Usted compre móviles y váyase de vacaciones, que como esto no lo arregla nadie, más vale no verlo. Sálvese quien pueda y a lo colectivo que le den… Total, eso de Europa cada día está menos claro… Que lo arreglen ellos, los que lo trajeron, los de las sb-prime.

Habla hoy Dominique Moisi en El País de que habría que americanizar Europa en sentido político y europeizar América en sentido social. Importar su esperanza colectiva y exportar nuestro “bienestar” individual. Copio debajo el artículo.

Me parece un análisis erróneo. Llama bienestar individual el autor a poder ir al médico cuando se necesite y a que no le vengan a uno a sacar de su casa porque no tiene con qué pagarla. Aquí tenemos bienstar, allí no. Pero, ¿hay algo que más bienestar produzca que ser responsable de tu propio destino?

Y respondo: EE.UU. tiene optimismo colectivo porque entiende que el sacrificio individual tiene un sentido. Tiene un fin y cada uno es responsable de perseguir ese fin: la felicidad propia, incluso a tiros. Entiende que una nación se hace a base de las voluntades individuales, y tiene claro qué nación es y qué es lo que quiere como nación. Los americanos individualmente sufren porque viven en un lugar donde, como dice el autor, se vive para trabajar y el puesto de trabajo propio es el pilar fundamental de la identidad propia. El individuo vive para una labor que, siempre, redunda en el engrandecimiento de su país. Si no se tiene trabajo, allí se es un fracasado. Porque una nación se construye trabajando.Recomiendo ver la película “Revolutionary road”. Desmonta muchos mitos y moralina light. Ser americano es muy duro, por su puesto. En sentido individual, probablemente es insoportable. Quizá en sentido colectivo es algo de lo que sentirse orgulloso.

El individualismo extremo que constituye un ingrediente fundamental del optimismo americano se plasma en un inaceptable escándalo social“. Dice al autor. ¿Inaceptable para quien? Escándalo para quien. Escándalo es lo que incita al mal que muestra el objeto del escándalo. Es al revés. En EE.UU. no hay ningún escándalo, sino una férrea voluntad individual de no caer en la pobreza o indigencia. Escándalo para Europa quien, contemplando los documentales de los indigentes haciendo cola para recibir tratamiento médico dental el día que una caravana humanitaria llega a su pueblo, se asusta de que eso le pueda llegar a pasar.

¡Que va! Aquí no. Aquí a mi como autónomo me fríen a impuestos para subvencionar una seguridad que nunca he usado, mientras mis amigos los “parados” consumen lo que yo y las empresas que algún día les contrararon financiamos con nuestro trabajo. Sabiendo que el día que me jubile -moriré matando, seguro- me quedará una pensión cochambrosa porque mis “sociales” gobernantes se han pulido todo en subsidios, PERes, ineficientes sanidades públicas, cambios de sexo, etc.

¿No es más escandaloso esto que lo de allí? Porque, al fin y al cabo, allí tanto trabajas, tanto tienes, y tanto tienes, tanto puedes hacer. Aquí no hay ligazón. Aquí puedes trabajar mucho y no tener nada, o no dar un palo al agua y tener subsidios toda tu vida. Hacer chapuzas, tener dos casas y cobrar el paro…

Ellos son claros, se metieron en la “cruda” de cabeza y van a salir reforzados. Nosotros llevamos siglos de ambigüedad, sin esperanza colectiva y sin proyecto ni de nación ni de continente ni de nada. Somos insoportablemente leves como seres. Nuestros políticos son casi invisibles: hombres grises que parecen un producto similar a los hombres grises del Momo de Michael Ende. Hechos para no molestar. Estamos en crisis: tocan corbatas negras u oscuras…

Fuente de inspiración mutua, para que EE.UU. reduzca la consecuencia humanas de la desigualdad y aquí vuelva a reinar la esperanza… Es una contradicción en sí. Aquí no hay esperanza porque el individuo sabe que, haga lo que haga, como en los regímenes comunistas, alguien se ocupa de que sus actos no tengan consecuencias. Y el coste de esta política es tan alto que es imposible salir adelante “en solitario” para montarse su propio destino: el sistema te arrastra hacia la masa, hacia la vida fácil… A viajar, a solazarse

El existencialismo y el modernismo europeo sí son individualistas. Interesa uno mismo, trabajar lo mínimo posible y gozar al máximo. La obra individual no trasciende, no repercute en el colectivo, se agota en uno mismo. Y hay una ingenua fe en que la suma de individuos de este porte dará lugar a una gran organización como la Unión Europea, que vele por todos, que cuide de nuestra salud, de que tengamos una casa bonita, de que no nos ataque nadie y de que podamos leer y asistir a museos.

Tenemos derecho a esto porque… somos europeos. Nos lo merecemos. Que gire el mundo como sea para que esto sea realidad. Cueste lo que cueste. Ya están los horteras de los americanos pegando tiros por ahí para que esto se mantenga. Nosotros les enseñamos todo lo que saben ahora les toca a ellos trabajar. Nosotros vayamos a semanas laborales de 30 horas, los mayores costes salariales del mundo, ausencia de competitividad, cierre de fábricas -eso de fabricar es muy burdo, que fabriquen los chinos y maquilen los mexicanos. Nosotros somos lo más avanzado: trabajamos para vivir, y el día que vivir sea “gratis” no trabajaremos más.

Así pues, no es “yes, weekend” o “sí, podemos comprarnos más teléfonos“, sino, “no, we cannot, because we don´t want anything at all“.

Ahí va el artículo de El País:

La batalla por la esperanza.

Desde la llegada del presidente Barack Obama a la Casa Blanca, ha habido un innegable acercamiento entre Europa y Estados Unidos. Ahora bien, ¿es posible que, en el más profundo y fundamental nivel de las emociones y los valores, la distancia entre las dos riberas del Atlántico haya aumentado en realidad?

Ante la crisis, EE UU tiene optimismo y desigualdad; Europa, pesimismo y Estado de bienestar

Hoy hay mucha más esperanza colectiva y mucho más miedo individual en Estados Unidos como consecuencia de la crisis económica mundial, pero lo opuesto es aplicable a Europa. Aquí vemos menos esperanza colectiva y menos miedo individual. La razón para ese contraste es sencilla: Estados Unidos tiene a Obama y Europa tiene el Estado de bienestar.

¿Qué se puede hacer para fomentar una “americanización” de Europa desde el punto de vista político y una “europeización” de Estados Unidos desde el punto de vista social? Los americanos, consolados por un presidente que encarna una vuelta a la esperanza, que inspira y tranquiliza a un tiempo, están empezando a creer que lo peor de la crisis económica ya ha pasado.

Lo que a comienzos de esta primavera era tan sólo un “atisbo de esperanza”, por usar la expresión de Obama, ha pasado a ser una tendencia más seria y positiva. Los americanos, animados colectivamente por una combinación de optimismo natural y nacionalismo profundo, han hecho suyo el lema de la campaña del presidente: “Sí, podemos”.

En cambio, cuando se examinan con ojos europeos las situaciones personales de muchos americanos concretos, el individualismo extremo que constituye un ingrediente fundamental del optimismo americano se plasma en un inaceptable escándalo social. “Se están creando ciudades enteras de tiendas de campaña con las víctimas de la crisis económica”, se leía hace poco en la primera plana de un periódico americano de gran circulación. Los periodistas cuentan historias trágicas de americanos de clase media que han perdido su empleo y su casa y carecen de protección social alguna.

¿Quién pagará tu costoso tratamiento contra el cáncer, si pierdes la póliza de seguro de enfermedad que iba unida a tu empleo? No es correcto suponer, como hacen algunos partidarios del libre mercado a ultranza, que la falta de protección social te fortalece. La ambición de un país y una sociedad nacidos de los principios de la Ilustración no puede ser crear un pueblo armado hasta los dientes con pistolas y, sin embargo, totalmente desarmado ante la enfermedad.

Además, en una sociedad que “vive para trabajar”, en la que el puesto de trabajo propio es un componente fundamental de la identidad propia, la pérdida del trabajo es más desestabilizadora que en una cultura en la que se “trabaja para vivir”, como en Europa. La perspectiva de los americanos ante la jubilación es muy reveladora: le tienen miedo. ¿Qué harán?

Esa perspectiva no está simplemente arraigada en la economía, aun cuando hoy una gran proporción de americanos mayores corran de regreso al mercado de trabajo, tras hundirse sus planes de pensiones privados como consecuencia de la contracción económica. La separación geográfica de las familias, debida al tamaño de Estados Unidos y a la movilidad de los americanos, hace que la asociación entre la jubilación y el hecho de ser abuelo resulte menos viable en EE UU que en Europa.

Entretanto, en Europa hay -resulta innegable- menos esperanza colectiva y probablemente un poco menos de miedo individual. Tal vez por ser más antiguas y más cínicas, las sociedades europeas parecen complacerse en una “hosquedad colectiva” de la que les cuesta salir.

El nivel sin precedentes de abstención en las recientes elecciones al Parlamento Europeo es una prueba más de ese cinismo y alienación en aumento. Naturalmente, no es posible ni deseable “clonar” a Obama en cada uno de los Estados miembros de la Unión Europea. Sin embargo, ¿qué hace falta para reducir el déficit de esperanza que aflige a la Europa de hoy?

La respuesta no resulta evidente. Europa padece una escasez de dirigentes que puedan hablar en su nombre y una escasez de ambición (al fin y al cabo, ¿cuál es la ambición colectiva de los europeos, ahora que se ve a la UE más como parte del problema que de la solución?). Pero, por encima de todo, Europa padece un déficit de identidad, pues nadie parece saber qué significa ser europeo en la actualidad. En cambio, Estados Unidos tiene una abundancia de todo aquello de lo que carece Europa.

Formulado así, el problema europeo parece incluso más tremendo que el americano. No obstante, no está claro precisamente que a Estados Unidos le resulte más fácil reformar su sistema de salud y de seguridad social y, con ello, aliviar los temores individuales de sus ciudadanos que a Europa inspirar en sus ciudadanos un sentido de esperanza colectiva.

En realidad, Europa y Estados Unidos deberían representar una fuente de inspiración mutua que redujera las consecuencias humanas de la desigualdad en el lado americano y restableciese un sentido de esperanza en el Viejo Continente.

© Project Syndicate, 2009.

Traducido por Carlos Manzano.

Dominique Moisi es profesor visitante de Administración Pública en Harvard.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Economía, Pensamiento. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s