La memoria histórica… porque me sale de los cojones.


Democracia, desde 1978. Partidos, todos contra el radical del terrorista…

No me lo creo, cambio de escenario. No hay en España una cultura del
diálogo arraigada, ni nunca la hubo.

El español medio no dialoga ni  siquiera consigo mismo. Se jalea, se
euforiza, se deprime, se envalentona, sueña con que le toque la lotería
–única forma de hacerse rico-, crítico feroz en el fútbol  y en los toros,
experto en líos del corazón, festejador infatigable… pero eso de ir
avanzando a la verdad no es su fuerte.

Ahí no hay pasión, no hay gesta, no hay explosión de aplausos ni
heroicidad. Eso para los alemanes, que no tienen más que lluvia. El
español tiene la cara tostada por el sol o blanca por el queso del norte,
pero siempre fuera de sí.

No entrenado para obedecer ni para interiorizar la ley, como decía el
ruso, el español tampoco está entrenado para mandar. Ello deriva en una
obediencia ciudadana escasa –con incumplimiento sistemático de normas no
interiorizadas ni sentidas como propias- y ejercicio arbitrario del poder,
con humillación del gobernado, cuando se alcanza la poltrona. Incivismo,
básicamente. Absoluta ausencia de libertad en el obrar individual
–errático y caprichoso- y amorfo comportamiento colectivo, a bandazos, más
orientado a la apariencia estética del acto que a su utilidad final.

Filósofos, gente dentro de sí, y desde sí, aquí se cuenta con los dedos de
una mano y se mueren de hambre. Aquí  somos todos jefes de todo y maestros
de la acción, sin rumbo, pero acción.

Leer a vuelapluma la historia de España confirma este escenario, que no es
el que nos cuentan.

No es recorrer el camino de una nación que desde un origen oscuro e
indefinido ha caminado ilusionada hacia un proyecto definido y unitario,
contrastando puntos de vista, meditando sus principios fundantes y
eligiendo posiciones y desechando otras, apropiándose de su destino,
eligiendo quien quiere ser… No es que hace unos años un señor gallego
montara una guerra que ganó y que, a causa de esta victoria, nos hayamos
chupado 40 años de dictadura. Eso que para unos fue una chulería y para
otros una gesta, y la represión previa por parte de los otros, llamada
limpia por ellos y violación por los otros, eso lleva sucediendo siglos
en España. Eso es el tono y el ritmo de la historia nuestra. Y creo que
lo volverá a ser.

La historia de España es, me atrevería a afirmar, la historia de una
chulería, de una arbitrariedad que, con ser estéticamente bella, ya piensa
que tiene justificación y que no necesita someterse al juicio ajeno. Una
chulería marcada por el destino o salida de lo más genuino del español: de
los cojones. Impresionante expresión justificadora de muchos
acontecimientos históricos: “porque me sale de los cojones”.

A nivel macro encontramos las gestas transoceánicas, los proyectos
imperiales, los ejércitos sometiendo los diestros y a los siniestros, la
cristianización de América y la recristianización de Europa… Todo
procedente de la voluntad… de uno sólo.

Y a nivel micro de todo: el cacique que chulea a sus lugareños
–antecedente del alcalde actual. O el virrey que planta sus reales en
territorios de magnitud entonces incalculable y monta un haén con las
indígenas; o el rey que tanto depone un régimen con un puñetazo en la
mesa, Constitución incluida, como monta un golpe de Estado y lo desmonta
sobre la marcha, o el militar que toma el Congreso y pone a todos de
rodillas…

Creo que por un extraño sentido de lo transcendental, el diálogo, los
procesos constituyentes, el gobierno del otro, el vivir bajo los conceptos
políticos del otro, son aspectos intolerables para la mayoría de los
españoles. Para el español medio, sólo él y los suyos deberían gobernar,
estando los demás destinados a acatar lo dispuesto. O viceversa. Mejor
humillado y odiando durante 4 años, esperando el cambio en las urnas para
darle la vuelta a la tortilla. Eso de sentarse a dialogar, eso de que un
día un partido le diga a otro: tienen ustedes razón… Eso es imposible.
Quitando la figura del Parlamento no notaríamos gran diferencia los
españoles.

No es tampoco casual que Hispanoamérica funcione al ritmo de golpes de
Estado, sea vivero de corrupción y muy católica. Es la hipérbole de lo
hispano, el español expandido en la inmensidad americana sintiéndose a sus
anchas… la chulería elevada al cuadrado, la arbitrariedad como muestra de
valor. Militares obedeciendo órdenes. Esa es la sustancia de lo hispano. Y
la bendición divina en la frente.

Late además, en todos nuestros actos, un desprecio absoluto a los demás.
Una negación de su condición de personas como punto de partida para tratar
cualquier asunto. Desprecio que late en las dos Españas.

La España religiosa, poseedora de la verdad suprema, tranquila en su
eternidad, dispuesta a perderlo todo por la vida eterna. Sujetando siempre
su ira –caridad cristiana- ante las provocaciones de la otra España. Eso
sí, cuando la ira se desata, la mano de Yahvé guía la del castigador como
hizo con el ángel en Egipto. Sin odio, simplemente haciendo la voluntad
del Padre: que en España reine Cristo.

La otra España, antirreligiosa, tras siglos de mirar a la primera –personificada en
la Iglesia- con ojos sumisos, colérica cambia los cirios de las procesiones por las
estacas del linchamiento, con su propio clericalismo que combina fervor
ético, confesionalismo laico y odio a la jerarquía. Todo lo que suene a
creyente es, simplemente odiado, por si, acaso, llegase a tener razón.
No hablemos de Hispanoamérica. Allí la violencia ha logrado rodear el
asunto religioso y se ha centrado en la base económica de las diferencias.
Ricos y pobres, unos contra otros, y todo el mundo tratando de chingar al
otro en cada ocasión.

¡Viva la religión! ¡Viva el Rey! ¡Abajo la Nación! Gritaban los unos,
reaccionarios o tradicionalistas. Lo contrario gritaban los otros,
liberales. Carlistas fusilados, un pueblo que no escucha las teorías
Constitucionales de Torrijos, un rey que depone la Constitución e instaura
el absolutismo…

Siempre dos bandos, siempre un odio radical, irreconciliable. Y, por
encima de los bandos, siempre una figura oportunista, rey, caudillo,
presidente de la República… que hace que cohonesta a los españoles pero
que, en realidad, y como el más perro de todos, el perrum inter paris,
saca el oro de los resquicios del odio fratricida. Él tiene que decidir
por nosotros, porque nosotros no somos capaces. Nos odiamos tanto… Un
árbitro que siempre decide sabiamente –porque el Altísimo le ilumina, o
porque los dorador principios de la República le guían, etc.

A España esto de decidir su destino siempre le vino grande. Sólo los
países de tenderos son capaces de entender las consecuencias de sus actos
del día a día y crecen sobre bases sólidas. Los países en los que la
muchedumbre no trabajaría si pudiera no hacerlo no acabaron nunca de tener
claro de dónde venían y hacia donde iban. Capaces de las mayores gestas
–concebidas en las cabezas de sus déspotas gobernantes, que no tenían por
sus súbditos ninguna consideración- por decreto, sin decreto no han sido
nunca capaces de casi nada.

Por eso, como Jekyll y Hyde, si somos propensos a matarnos a palos, en
lugar de enterrar los restos de la última guerra y vivir como si no
hubiera pasado nada, ¿no sería mejor un cambio de escenario? ¿No sería
mejor, como en Alemania con los nazis, poner plaquitas en cada esquina
recordando los muertos de unos y otros, para que la siguiente vez tarde
más en llegar? 

Eso de la memoria histórica, pero bien montado. No como un
ajuste de cuentas, sino como un dejar descubierta la herida para que
supure eternamente. Si se tapa, se infecta… hasta el hueso.

PD: ante la petición de un lector, integraré mi Symposyon, el blog
sobre la belleza en las pequeñas cosas, en este. Así no es tan denso,
como me dice mi esposa. Cordialmente.
Democracia, desde 1978. Partidos, todos contra el radical del terrorista…
No me lo creo, cambio de escenario. No hay en España una cultura del
diálogo arraigada, ni nunca la hubo.
El español medio no dialoga ni  siquiera consigo mismo. Se jalea, se
euforiza, se deprime, se envalentona, sueña con que le toque la lotería
–única forma de hacerse rico-, crítico feroz en el fútbol  y en los toros,
experto en líos del corazón, festejador infatigable… pero eso de ir
avanzando a la verdad no es su fuerte.
Ahí no hay pasión, no hay gesta, no hay explosión de aplausos ni
heroicidad. Eso para los alemanes, que no tienen más que lluvia. El
español tiene la cara tostada por el sol o blanca por el queso del norte,
pero siempre fuera de sí.
No entrenado para obedecer ni para interiorizar la ley, como decía el
ruso, el español tampoco está entrenado para mandar. Ello deriva en una
obediencia ciudadana escasa –con incumplimiento sistemático de normas no
interiorizadas ni sentidas como propias- y ejercicio arbitrario del poder,
con humillación del gobernado, cuando se alcanza la poltrona. Incivismo,
básicamente. Absoluta ausencia de libertad en el obrar individual
–errático y caprichoso- y amorfo comportamiento colectivo, a bandazos, más
orientado a la apariencia estética del acto que a su utilidad final.
Filósofos, gente dentro de sí, y desde sí, aquí se cuenta con los dedos de
una mano y se mueren de hambre. Aquí  somos todos jefes de todo y maestros
de la acción, sin rumbo, pero acción.
Leer a vuelapluma la historia de España confirma este escenario, que no es
el que nos cuentan.
 No es recorrer el camino de una nación que desde un origen oscuro e
indefinido ha caminado ilusionada hacia un proyecto definido y unitario,
contrastando puntos de vista, meditando sus principios fundantes y
eligiendo posiciones y desechando otras, apropiándose de su destino,
eligiendo quien quiere ser… No es que hace unos años un señor gallego
montara una guerra que ganó y que, a causa de esta victoria, nos hayamos
chupado 40 años de dictadura. Eso que para unos fue una chulería y para
otros una gesta, y la represión previa por parte de los otros, llamada
limpia por ellos y violación por los otros, eso lleva sucediendo siglos
en España. Eso es el tono y el ritmo de la historia nuestra. Y creo que
lo volverá a ser.
La historia de España es, me atrevería a afirmar, la historia de una
chulería, de una arbitrariedad que, con ser estéticamente bella, ya piensa
que tiene justificación y que no necesita someterse al juicio ajeno. Una
chulería marcada por el destino o salida de lo más genuino del español: de
los cojones. Impresionante expresión justificadora de muchos
acontecimientos históricos: “porque me sale de los cojones”.
 A nivel macro encontramos las gestas transoceánicas, los proyectos
imperiales, los ejércitos sometiendo los diestros y a los siniestros, la
cristianización de América y la recristianización de Europa… Todo
procedente de la voluntad… de uno sólo.
Y a nivel micro de todo: el cacique que chulea a sus lugareños
–antecedente del alcalde actual. O el virrey que planta sus reales en
territorios de magnitud entonces incalculable y monta un haén con las
indígenas; o el rey que tanto depone un régimen con un puñetazo en la
mesa, Constitución incluida, como monta un golpe de Estado y lo desmonta
sobre la marcha, o el militar que toma el Congreso y pone a todos de
rodillas…
Creo que por un extraño sentido de lo transcendental, el diálogo, los
procesos constituyentes, el gobierno del otro, el vivir bajo los conceptos
políticos del otro, son aspectos intolerables para la mayoría de los
españoles. Para el español medio, sólo él y los suyos deberían gobernar,
estando los demás destinados a acatar lo dispuesto. O viceversa. Mejor
humillado y odiando durante 4 años, esperando el cambio en las urnas para
darle la vuelta a la tortilla. Eso de sentarse a dialogar, eso de que un
día un partido le diga a otro: tienen ustedes razón… Eso es imposible.
Quitando la figura del Parlamento no notaríamos gran diferencia los
españoles.

No es tampoco casual que Hispanoamérica funcione al ritmo de golpes de
Estado, sea vivero de corrupción y muy católica. Es la hipérbole de lo
hispano, el español expandido en la inmensidad americana sintiéndose a sus
anchas… la chulería elevada al cuadrado, la arbitrariedad como muestra de
valor. Militares obedeciendo órdenes. Esa es la sustancia de lo hispano. Y
la bendición divina en la frente.
Late además, en todos nuestros actos, un desprecio absoluto a los demás.
Una negación de su condición de personas como punto de partida para tratar
cualquier asunto. Desprecio que late en las dos Españas.
La España religiosa, poseedora de la verdad suprema, tranquila en su
eternidad, dispuesta a perderlo todo por la vida eterna. Sujetando siempre
su ira –caridad cristiana- ante las provocaciones de la otra España. Eso
sí, cuando la ira se desata, la mano de Yahvé guía la del castigador como
hizo con el ángel en Egipto. Sin odio, simplemente haciendo la voluntad
del Padre: que en España reine Cristo.
La otra España, colérica, tras siglos de mirar a la otra –personificada en
la Iglesia- con ojos sumisos, cambia los cirios de las procesiones por las
estacas del linchamiento, con su propio clericalismo que combina fervor
ético, confesionalismo laico y odio a la jerarquía. Todo lo que suene a
creyente es, simplemente odiado, por si, acaso, llegase a tener razón.
No hablemos de Hispanoamérica. Allí la violencia ha logrado rodear el
asunto religioso y se ha centrado en la base económica de las diferencias.
Ricos y pobres, unos contra otros, y todo el mundo tratando de chingar al
otro en cada ocasión.
¡Viva la religión! ¡Viva el Rey! ¡Abajo la Nación! Gritaban los unos,
reaccionarios o tradicionalistas. Lo contrario gritaban los otros,
liberales. Carlistas fusilados, un pueblo que no escucha las teorías
Constitucionales de Torrijos, un rey que depone la Constitución e instaura
el absolutismo…
Siempre dos bandos, siempre un odio radical, irreconciliable. Y, por
encima de los bandos, siempre una figura oportunista, rey, caudillo,
presidente de la República… que hace que cohonesta a los españoles pero
que, en realidad, y como el más perro de todos, el perrum inter paris,
saca el oro de los resquicios del odio fratricida. Él tiene que decidir
por nosotros, porque nosotros no somos capaces. Nos odiamos tanto… Un
árbitro que siempre decide sabiamente –porque el Altísimo le ilumina, o
porque los dorador principios de la República le guían, etc.
A España esto de decidir su destino siempre le vino grande. Sólo los
países de tenderos son capaces de entender las consecuencias de sus actos
del día a día y crecen sobre bases sólidas. Los países en los que la
muchedumbre no trabajaría si pudiera no hacerlo no acabaron nunca de tener
claro de dónde venían y hacia donde iban. Capaces de las mayores gestas
–concebidas en las cabezas de sus déspotas gobernantes, que no tenían por
sus súbditos ninguna consideración- por decreto, sin decreto no han sido
nunca capaces de casi nada.
Por eso, como Jekyll y Hide, si somos propensos a matarnos a palos, en
lugar de enterrar los restos de la última guerra y vivir como si no
hubiera pasado nada, ¿no sería mejor un cambio de escenario? ¿No sería
mejor, como en Alemania con los nazis, plaquitas en cada esquina
recordando los muertos de unos y otros, para que la siguiente vez tarde
más en llegar? Eso de la memoria histórica, pero bien montado. No como un
ajuste de cuentas, sino como un dejar descubierta la herida para que
supure eternamente. Si se tapa, se infecta… hasta el hueso.
Delete & PrevDelete & Next
Anuncios
Esta entrada fue publicada en Historia. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s