Ejército de Honduras golea a ejército de España


Cambio de formato, por sugerencia de mi lectora más fiel, ya que el anterior era poco legible.

Se está escribiendo mucho últimamente a causa del enésimo golpe de Estado en un país hispanoamericano y propongo un cambio de escenario que afecta a la misma formulación de los términos. Como este blog va sobre la espuma, pretendo quitar la espuma del tema de Honduras.

Nada más tentador para el pensamiento único que llevarse las manos a la cabeza al ver a los soldados de caqui correteando por las calles de Tegucigalpa. ¡Golpe de Estado! ¡Peligra de Democracia! ¡Que vuelva la legitimidad! ¡Golpistas! Ya tenemos la cantinela en los periódicos, las fotos, las declaraciones más o menos fatuas… Parece increíble que hasta la ONU haya podido equivocarse, y por unanimidad, pero así son las cosas.

No es un golpe de Estado.Es que el ejército está, por una vez, cumpliendo su misión, ya que los Tribunales no lo han hecho. Está velando por el orden constitucional, libremente aceptado por los hondureños, que incluye al propio ejército e impide la perpetuación del gobernante en la poltrona.

Presa de una inquina colérica hacia todo lo que lleve uniforme -nos recuerda que, a veces, alguien tiene que poner orden cuando el que manda se desmanda- en España corremos a condenar el “golpe”. Encima es en Honduras, luego seguro que es un golpe como los demás. Pues no. No es golpe, mire usted. Es garantía constitucional por parte del ejército, que puso al déspota en un avión y lo mandó lejos, para que nadie disparara un sólo tiro. Incidiendo en la idea de que democracia y legitimidad no son lo mismo y que un déspota puede llegar a serlo democráticamente. Hacen falta, claro, muchos años, siglos quizá, de democracia para darse cuenta de que no necesariamente son lo mismo. O cierto sentido común: algo en lo que los soldaditos hondureños han goleado a los españoles. Claro, los de aquí andan bien escondiditos no vaya a ser que les acusen de otro 23-F…

Artículo 8 de la Constitución Española:
1. Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen
como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el
ordenamiento constitucional.

Creo que, de momento, ningún general lee este blog. Pero creo que todos tienen el deber de conocer la Constitución que deben defender. Ocasiones para salir en su defensa ha habido. Algunas decenas desde 1978. Así pues, no es eso. No señor. Golpe de Estado no. Cumplimiento del deber.

Copio por su interés las palabras de Schumacher Matos en diferentes medios. No tienen desperdicio: han sido una gran lección para mi:

Democracia, legitimidad y humildad en Honduras
Edward Schumacher Matos
Honduras es culpable de dos pecados: impaciencia y tamaño. El resto del mundo está cometiendo dos más: arrogancia e hipocresía. Está claro a estas alturas que si el Tribunal Supremo hondureño o el Congreso hubieran utilizado medios legales como la degradación presidencial antes de solicitar al ejército que depusiera al Presidente Manuel Zelaya, estaríamos llamando a los acontecimientos de Honduras crisis constitucional en lugar de golpe de estado.

Este sería especialmente el caso si Honduras fuera un país mayor como Brasil o Pakistán, y los tribunales, el Congreso, el fiscal general, el defensor de los derechos humanos y la comisión electoral estuvieran diciendo al unísono, como hicieron en Tegucigalpa, que el ejército maniobró legalmente en concierto con ellos. El ejército hondureño no se ha hecho con el control político en ningún momento.Puede que los líderes hondureños sean constitucionalmente “vagos,” como reflexionaba el politólogo chileno Patricio Navia. Ciertamente se vieron obligados a actuar con rapidez por un presidente que sacó adelante un referendo ilegal en desafío a esas instituciones constitucionales y su propio partido.

Pero los países pequeños son fáciles de castigar con el fin de enviar mensajes, como dice Peter Hakim, del Diálogo Interamericano. La Asamblea General de Naciones Unidas votó de manera unánime para condenar el derrocamiento del presidente elegido democráticamente de Honduras. Por supuesto, el hecho de que apenas 90 de las casi 200 naciones del mundo sean consideradas totalmente democráticas por la Freedom House sugiere que muchos de los votos estaban más relacionados con cubrir el rastro dejado por los titulares que con la democracia.

Muchos presidentes latinoamericanos como la argentina Cristina Kirchner o el ecuatoriano Rafael Correa han ido más allá, retirando embajadores y prometiendo acompañar personalmente a Zelaya de vuelta a Honduras. Aun así, muchos han sido igual de rápidos en presionar a favor de la entrada de Cuba, una dictadura, en la Organización de Estados Americanos.

Pero la hipocresía siempre ha formado parte de la política y la diplomacia, en ocasiones hasta por buenas razones.

El error más profundo y más problemático en la presente precipitación por juzgar a la pobre Honduras tiene que ver con la naturaleza filosófica de la propia democracia. Los fundamentalistas de la democracia — exigiendo la intervención en Irán desde la derecha, por ejemplo, y exigiendo la intervención en Honduras desde la izquierda — se han vuelto tan fanáticos en su moralismo que han perdido de vista el hecho de que democracia no es lo mismo que legitimidad.

Las distinciones son cruciales. La amenaza incipiente en Latinoamérica, Asia y África, según Freedom House, no es la dictadura sino lo que los teóricos políticos llaman la democracia antiliberal. Venezuela es el icono en el que un presidente, Hugo Chávez, es elegido democráticamente y después revela su verdadera cara, a través de referendos democráticos y el Congreso, limitando libertades a base de alterar leyes e instituciones. Chávez y otros como él crean “la tiranía de la mayoría” de la que los teóricos detrás de la Constitución norteamericana advirtieron era la debilidad de la democracia en sí misma, sin que el liberalismo constitucional proteja los derechos del individuo.

El verdadero problema de la mayoría de los golpes de estado militares anteriores en la región ha sido el fracaso del sistema político que condujo a ellos. El oscuro secreto en torno a la historia de la región desde la Segunda Guerra Mundial por lo menos es que la mayor parte de los golpes de estado fueron populares, llevados a cabo no por militares codiciosos sedientos de poder sino por civiles que aporreando las puertas de las instancias militares exigen la intervención para detener el caos político o económico.

Kirchner, por ejemplo, omite convenientemente que los golpes que derrocaron a Juan Perón en la década de los 50 y a Isabel Perón en 1976 fueron recibidos con alegría por millones de argentinos en plena calle. Lo que da mala fama a un golpe de estado es el abuso que normalmente se presenta una vez que el ejército está en el poder.

Lo que nos lleva de vuelta a Honduras. Como dice Brodi Kemp, un investigador del Centro Ético de la Fundación Safra en Harvard: “Se puede decir que Zelaya perdió su aspiración de legitimidad moral en el momento en que abandonó el marco de la constitución. Si se acepta eso, entonces ¿qué hacen los demás actores políticos?… A veces un acto es legítimo incluso si se desarrolló de manera ilegítima.”

Las encuestas y las manifestaciones poco concurridas en su favor indican que Zelaya cuenta con escaso apoyo popular. No es suficiente motivo para un golpe de estado, pero muchos factores sugieren que mientras que su retirada debió haberse gestionado de mejor forma, es necesaria cierta humildad para ayudar a Honduras a salir de una crisis constitucional.

El Presidente Obama acertó al llamar ilegal a la expulsión de Zelaya, mientras la Secretario de Estado Hillary Rodham Clinton se negaba a llamar golpe de estado a la situación — con la esperanza de devolver a Zelaya al gobierno pero con las alas cortadas. En este caso, el gobierno estadounidense jugó la mano moralmente adecuada.

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