En España no se confiesa ni Dios


Sencillo titular, muy impactante por lo vulgar.

Tiene su parte de razón y nos ofrece una nueva oportunidad de decir: “No es eso”.

Dice el artículo de El Mundo que “(…) La confesión está de capa caída. Clínicamente muerta. El 80% de los católicos españoles ha dejado de confesarse.”

O: “(…) Los confesionarios se quedan desiertos mientras se pueblan las consultas de psicólogos, psiquiatras y todo tipo de consejeros espirituales. Hasta el Papa Ratzinger acaba de advertir a los curas desde Roma: “No os resignéis jamás a ver vacíos los confesionarios”.

Continua: “(…) Don Ángel, superior del padre Carrión en esta iglesia del extrarradio madrileño, achaca la falta de penitentes a otro motivo. “Los psicólogos nos hacen la competencia», dice en tono jocoso. Ya más en serio añade: “Lo que ocurre es que la gente ya no nos ve como intermediarios ante Dios, sino como personas normales. Y da corte acudir a contar determinados problemas o sentimientos a alguien que es como tú”.

El análisis empieza a afinar sus observaciones: “(…) Hasta el Penitenciario Apostólico de la Santa Sede, Gianfranco Girotti, una especie de confesor mayor de la Iglesia, reconocía que el 50% de los católicos no considera necesario confesarse. Y se quedó corto. “La gente acude a comulgar sin confesarse”, se quejan los curas. “Y los que se confiesan parece que no tienen de qué acusarse. No hay conciencia de pecado”, advierten los obispos.”

Aprieta un poco más: “(…) Los 10 mandamientos siguen en pie, pero la mayoría de los católicos se saltan unos cuantos sin conciencia de culpa. Para muchos, incluso los otrora famosos siete pecados capitales (soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza) ya no son vicios, sino, en ocasiones, “virtudes”. O, si acaso, pecadillos veniales de poca monta. Se van los pecados clásicos y llegan otros nuevos: el genocidio, el terrorismo, el tráfico de armas o de drogas, la corrupción, la especulación, la evasión fiscal o los atentados contra el medio ambiente.”

Atornilla: “(…) Y es que, como decía hace unos años el cardenal Rouco, “en Madrid se peca masivamente”. Pero tanto en Madrid como en el resto de España se confiesa poco. “Es normal”, dice el párroco José Pérez, mirando la iglesia de Santiago A Nova (Lugo) vacía. “Durante la semana no suelen pedir confesión más de seis o siete personas”. Las causas de esta alergia al confesionario son de lo más variado. Algunos católicos creen que el pecado es algo superado, una expresión de culturas premodernas y poco avanzadas. Otros lo consideran un tabú inventado por las iglesias para seguir dominando las conciencias de la gente.

Incluso los católicos más comprometidos tienden a confesarse de los pecados sociales -“los que hacen daño a los demás”-, pero no de los personales. “Surge una tipología de creyente, cada vez más abundante y difícil de cambiar, que no ve pecado en casi nada, salvo en lo estructural y, en consecuencia, no siente necesidad alguna de confesarse”, admiten los obispos.”

Y empieza a decir lo que quería decir: “(…) Culpa de los curas: Muchos católicos huyeron de los confesionarios por culpa de los propios curas, que enfatizaban el temor y el castigo de Dios, veían pecado en todo y generaban culpabilización morbosa. Y eso que, desde el Concilio, se hicieron muchos cambios en la administración del sacramento y en la actitud de los confesores. Los curas dejaron de preguntar aquello de “¿cuántas veces y con quién?”. Hasta el tradicional y, en muchos casos, tétrico confesionario fue sustituido por otro tipo de habitáculo más cómodo. En ocasiones se han habilitado pequeñas salas donde tener una conversación tranquila.”

Prosigue: “(…) Durante los años 70 y 80, otra vía de escape del confesionario fue la celebración comunitaria de la penitencia. Hoy, incluso eso se ha perdido. Entre otras cosas, porque la jerarquía ha prohibido casi por completo esa fórmula. Y eso que los curas saben que el abandono de la confesión es el primer paso para dejar la práctica religiosa. También ha cambiado mucho el rol del confesor, que ha dejado de ser un inquisidor-juez, para convertirse en un paño de lágrimas. Incluso a la hora de preguntar, Roma les aconseja que lo hagan “con tacto y con respeto a la intimidad”. Y les pide que no impongan “excesivas penitencias”.

Y termina: “(…) Porque la confesión siempre mantuvo una “dimensión terapéutica”. Muchas veces, el confesor es el psicólogo de la gente más sencilla y más pobre. Entre los pudientes, vuelve a hacerse común la concepción del pecado como una enfermedad y una incapacidad para relacionarse con uno mismo, con los demás y con Dios. De ahí que interpreten el arrepentimiento como medicina y la confesión como curación. Es lo que los expertos llaman «teología terapéutica». El regreso a la atención personalizada y la dirección espiritual.

¿Volverá por sus fueros la confesión? No lo tiene fácil. A diferencia de algunos otros sacramentos, como la primera comunión, el bautismo o el matrimonio, la confesión no es un rito social y, por lo tanto, no se mantiene al socaire de las presiones sociales y comerciales. Además, los curas también escapan del confesionario, al que algunos llaman “quiosco”. La deserción de los fieles viene precedida, a veces, de la de los propios curas.

No es fácil ser un buen confesor. Exige disciplina, paciencia y una profunda vida espiritual. Y pasar, como dice el teólogo jesuita, Juan Masiá, “del confesionario al pacificatorio”. Es decir, “recuperar la riqueza pacificadora y terapéutica del confiteor, porque sólo así, la muerte del confesionario prefigurará la resurrección de la confesión»”.

Algo puedo aportar a este asunto. Es cierto que las causas que el periodista menciona parecen, a simple vista, las generadoras del abandono de un sacramento como la confesión. En todo el artículo se responsabiliza de la desaparición del sacramento y su práctica a factores externos: los curas, la visión que se tiene de los curas, la falta de noción de pecado, la antropología del creyente, los roles de los curas…

En mi opinión, las raíces de la cuestión no son esas. La confesión no es un producto que haya caído en desuso porque los hábitos de consumo sacramental estén cambiando -“ahora se lleva más la comunión” o “está de moda la unción de enfermos”.

No se trata tampoco de que la Iglesia, “esa carca institución”, no haya sabido adaptarse a los tiempos. Quizá la confesión puede modificar su formato y con ello tener más penitentes. No es eso. No es esa la cuestión.

No era una cuestión de formatos o de cambios antropológicos en mí mismo lo que hizo que, tras quince años de lucha por mantener aquello que había heredado llamado la fe, tirara la toalla y pasara al equipo de los agnósticos. Así me mantuve 14 años, con una extraña sensación de ser extranjero en cualquier lugar: en la iglesia, ante unos gestos que no vivía; y fuera de la iglesia, ante una carencia de significados que tenía por ramplona, excesivamente plana.

El 2 de abril de 2005, catorce años después de mi “éxito”, de mi salida de la casa del Padre, muere Juan Pablo II en medio del fervor de la comunidad cristiana. Son unos días impactantes también, con miles de fieles rezando en la Plaza de San Pedro.

El 3 de abril, un día después, cumplo 29 años. Empiezo a leer los Evangelios a diario, comienzo a releer los libros de religión del colegio. Abro el catecismo sobre temas concretos y leo lo que está ahí escrito.

Meses después retomo mis estudios de Filosofía y escucho que a Dios se llega por la filosofía también. Inicio estudios de Teología junto con muchos seminaristas y aspirantes a hermanas de distintas órdenes. Se produce en mi un ensanchamiento mental.

Puedo decir que en ese año comienzo el regreso a casa del Padre. Comienzo a entender todo lo que me explicaron, la mayor parte mal explicado. Comienzo a interiorizar lo que antes era sólo imposición o formalidad. Empiezo a navegar impulsado por una suave brisa, la del que no tiene nada que perder y sí mucho que ganar.

Empiezo a frecuentar el templo, a leer sobre los sacramentos. Leo también sobre las interpretaciones de los evangelios y converso con profesores de la Facultad de Teología y la de Filosofía. Soy extranjero en ambas, pues vengo del neg-ocio. Ellos son puros, estudian lo que les prepara para ejercer de filósofos o teólogos. Yo no. Yo vengo aquí buscando respuestas: mi ocupación profesional ya la tengo cubierta. En los descansos de las clases respondo a mis clientes y atiendo el negocio.

En octubre conozco a una mexicana que tiene otros colores en la mente, que vive esto del divino de otra forma. Empiezo a escuchar sobre comunidad, sobre misiones, voluntarios. Escucho cantar en las iglesias, incluso dar palmas y veo comulgar con pan normal. Son formatos.

Aparece Cristo como líder de los pobres, la expulsión de algunos jesuitas por heterodoxos -cómo no-. Aparecen en mi temario las comunidades de vida cristiana y la tesis de esa mexicana que acabará siendo mi mujer, titulada “El voluntariado bajo sospecha”. Van cayendo algunos libros de teología, y Platón, y Filón, y lecturas sobre mi tocayo San Bruno. Y paso unos días en Silos. Y a veces comienzo a bendecir la mesa.

Me empiezo a preparar para el Matrimonio, ya que eso de la confesión o la comunión nunca lo entendí muy bien. Voy trabajando, voy esforzándome por mi fe. Por tratar de vivir aquello que se me ha transmitido. Voy intentando apropiarme, de manera madura, de lo que se me transmitió cuando era niño, con más o menos fortuna.

Y no me quejo. Sin ser un creyente espectacular, he llegado a situarme en una cierta fe que entiende, y en un cierto entendimiento que cree. Y, sobre todo, sé que lo he trabajado. Sé que, a medida que leía y reflexionaba, mi no sé qué creía. Como cuando la visión nublada se aclara, las cosas empezaban a tener sentido, las palabras oídas desde hace tres décadas adquirían profundidad. Y el Padrenuestro se convertía en un universo de sentido. Y los sacramentos, mecánicamente consumidos por el creyente light, se convertían en algo incluso emocionante.

No hay que hablar de la misma misa. Sucesión de gestos inaudibles y casi fabriles, ahora la misa se convertía, en mi alma, celebración, incluso emocionante. La cara de rutina de mis compañeros y del celebrante me llamaban, ahora la atención.

Y empezaba a aparecer lo sacro en el cine, en la literatura, en los momentos del día. ¿Porque yo lo buscaba? Apertura, dicen los teólogos. Ser ocasión. Disposición del alma… la idea de providencia, tan mexicana, empieza a revolotear.

El verano de 2006 piso Israel, o Palestina, como quiera llamarlo el periódico. Mientras los creyentes ponen papelitos en el muro de las Lamentaciones, mi alma se conmueve. Hago un recorrido netamente judío por Tierra Santa, y esa religión greco-latina inentendible va tomando forma. Era eso. Era ese calor, eran esos caminos en ese desierto, y ese pozo, y ese mar. Dejando de lado un sepulcro venerado como un dios -casi souvenir- las piedras de Jerusalén machacan mi cerebro empapelado de mandamientos y ritos no sentidos. Los fusiles de asalto de los civiles en los bares y la vegetación mediterránea terminan por desenfocarme. No era nada de aquello. Era esto.

Ratzinger el odiado y la explanada de las mezquitas, Tel Aviv y sus paseos marítimos, los controles de soldados en los autobuses. El centro del mundo, la sensación de que un despiste tonto en esa baldosa de ahí provocaría un enfrentamiento automático entre civilizaciones. Comienzan a caer cohetes, dice la televisión. Porque, por más que miro por la ventana a lo lejos, en este país del tamaño de la provincia de Burgos no se ve nada.

El Libro empieza a entenderse, pues la parte judía del mismo era en mi cabeza tres películas de Hollywood y algún dibujo de tebeo. Y vuelta a Madrid, al pueblito, con sus tapitas y su cerveza. Vuelta al automatismo al que, ya, nunca se podrá volver. Y pasan los años, y siguen las lecturas, y las conversaciones de la televisión o la radio no son suficientes. Unos y otros siguen discutiendo si Cristo existió o no. Mientras, en casa, tras una boda vivida como unión ante Dios, las velas comienzan a encenderse por las noches, la mesa se bendice cada día de una forma distinta y recorremos Madrid asistiendo los domingos a misas de muy diverso estilo. Las hermanas que conocimos en filosofía nos cuidan, unas dejando la orden, otras llegando, en Vallecas. Y nace nuestra primera hija, y uno de sus nombres alude a la providencia…

Y antesdeayer, domingo, me confesé, como hago con cierta regularidad. Y me senté en una silla en lugar de ponerme de rodillas, aunque suelo ponerme de rodillas. Por una cuestión de comodidad. Se me quedaron con la forma del suelo desde pequeño en el colegio, y no me cuesta arrodillarme. Y veo saludable hincarse de vez en cuando, al igual que veía muy saludable hacer las inclinaciones de cabeza que hacen los hermanos judíos ante el muro: era casi catártico.

Y le comento al sacerdote, ejemplo de ser en extinción, que se escurre entre las sombras de la iglesia pidiendo perdón por serlo, mis faltas, o errores, o pecados. Y no sé quien es ni me importa. Y tampoco me importa lo que me dice, aunque a veces es sabio: no tiene por qué, pues es uno de los nuestros, uno normal. Y no lo veo como intermediario de Dios, porque probablemente Dios no usa representantes ni asesores. Mucho menos porteros que permiten o prohíben el paso. Y no le guardo rencor como representante de una entidad vinculada a los poderes dominantes durante cierto tiempo, como no se lo guardo a los poetas ni a los actores. Hace lo que puede.

Y tampoco me marcho de la confesión sintiendo un alivio espectacular, porque no era ni tan malo al entrar ni tan bueno al salir. Cuido especialmente el Padrenuestro (de 1 a 3) de la Penitencia que me pone el sacerdote, no porque con cada uno que rece se me redima condena, sino porque valoro mucho que un hombre me haya pedido que ore un rato pensando que ello me hará bien y me reconciliará, anímicamente, con Dios, al que él cree firmemente representar.

Salgo del confesionario como el que corre en la cinta, cansado pero con la satisfacción del deber de cuidar la salud -del alma- cumplido. Salgo satisfecho de haberme atrevido a ponerme ante un don nadie -que está para ayudar- saliendo de mi y diciendo, en voz más o menos alta, lo que yo creo que hago mal, según mi entender de lo que está bien o mal. Y feliz de que haya allí un señor que me susurra al oído con buena fe, cumpliendo su trabajo con denuedo, en invierno o en verano, oyendo basura de la gente y queriéndoles mucho, tanto como un hombre puede querer a otro. Tanto como una criatura puede querer a otra, y sintiendo que queriéndola él la está queriendo el Dios en el que ambos, con más o menos esfuerzo, tienden a creer en la salud y en la enfermedad.

Salgo de confesar como el que llega a puerto tras una travesía sencilla pero esforzada, o como el que regresa de un día de caza: con respeto por la vida y sus tiempos, con perspectiva sobre todo lo que nos constituye, con confianza en que se hace lo que se puede y que, precisamente, la vida consiste en tratar de poder hacer y en que, por uno, no va quedando nada sin intentar, aunque el intento no llegue a su objetivo. Esa actitud, religiosa -o espiritual, que en este caso es lo mismo, cuando se entiende la religión como la obra esforzada del espíritu por, simplemente, ser lo que es o tratar, acaso previamente, de saber qué se es antes de serlo- que han compartido gentes de muchos tiempos y lugares, esa actitud es la base del cristiano, y, en general, de toda buena persona, sea de donde sea y crea lo que crea.

Una actitud de búsqueda y de apertura al encuentro, que la confesión refuerza como ejercicio ascético, de limpieza, como se lo quiera llamar. Por eso digo que no es eso. Por eso digo que la cuestión aquí no es el hacer más o menos atractivo el sacramento de la confesión, como tampoco lo es el hacer más o menos llamativo el neón del club de carretera: el que lo busca lo encuentra, a fin de cuentas. Y el que no lo busca, ya puede pasar por delante e incluso empotrarse en su fachada, que volverá a la carretera en cuanto pueda.

La confesión está ahí, como los ejercicios de musculación, los ejercicios espirituales, los paseos por el campo, las reuniones comunitarias… todo son medios.

Lo que falta, en el cristiano, es la actitud cristiana, la comprensión de lo que hace todos los días, una visión juiciosa de sí mismo y su instalación vital y un espíritu, sin adjetivos. Simplemente un espíritu. Un espíritu que cultivar, con las herramientas que los santos, los malignos y la historia le han puesto a disposición.

Sin ese espíritu, por muchas hostias que se meta en la boca y cantos que haga, seguirá perdiéndose lo realmente bonito de Cristo, lo que realmente nos hizo, posiblemente, unos seres muy queridos: la caída, la capacidad de caer y la capacidad de mirar arriba para intentar levantarse tras la caída. Ese caer, ese abajarse y sentirse abajo, no hay nada que lo pueda imitar. Ni nada más delicioso que levantarse, que levantar las rodillas del suelo, tras un rato de abatimiento. Son los ritmos de la vida, como el sol que sube y cae en el horizonte, o los objetos que se caen y se recogen.

Siendo demasiado humanos, nos perdemos lo que de más humano tenemos. Pero bueno, de esta caída también nos levantaremos, seguro. Deo volente.

En definitiva, no es eso.

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