Fenomenología del pedigüeño


En estos días de la llamada crisis, en la que familiares de desaparecidos, secuestrados y humillados piden ayuda al señor Presidente -recuerda esto a los villanos haciendo cola para recibir la protección debida a cambio de las contribuciones- me llama la atención los distintos pedigüeños que me encuentro en mis recorridos diarios. Y cómo mi reacción varía en función de su actividad.

La gente no se apiada del pedigüeño pasivo: el que está sentado en el suelo con un cestillo a las piernas. Un cartel con faltas de ortografía ayuda a captar la atención, pero suele ser poco eficaz. Si al cartel le acompaña alguna tara física -real o figurada, como la ausencia de un brazo, etc.- entonces la gente tiende a apiadarse más: tendemos a pensar que la falta de un brazo justifica el pedir. Asimismo, una localización estratégica ayuda: a la salida de un restaurante, o de un hipermercado… su presencia a la puerta de estos lugares nos hace sentir culpa por comprar más de lo que necesitamos o por cenar fuera de casa.

Si la postura es llamativa tendemos a incrementar nuestra caridad. En la esquina hay un pobre de Moldavia que se arrodilla a la salida de la iglesia, cada hora, los sábados por la tarde y los domingos. Incrementa la probabilidad de recibir limosna la actividad. Desde la amenaza o el chantaje -léase los que limpian en parabrisas del coche o los que piden, arrebolados por el torbellino de la droga, en los intercambiadores de autobuses o en el metro.

Y llega el premio: la diversión. El público agradece especialmente… que le diviertan. Los músicos de los túneles del metro hacen así un capital. Otros, más móviles, van de vagón en vagón, en solitario o en grupo. Siempre alguien hecha.

La jefa es, sin duda, la malabarista del semáforo en Cuzco. Vestuario impecable, propio de un auténtico actor de teatro. Sonrisa. Tiempo perfectamente calculado. Bolas arriba y hop. Cestillo-sombrero y sonrisa. Monedas al cesto. Los conductores agradecen, adoran darle una moneda a la chiquilla que ameniza la espera del semáforo. Si repartiera un escrito sobre sus reflexiones o un poema compuesto por ella le darían menos. La gente no lo leería -el pedigüeño poeta ingresa menos: invierte en fotocopias y en escribir a máquina, reparte a la carrera el poema y casi no recibe monedas.

Hay que ser más eficaz. Número breve, sonrisa, y un 60% del tiempo a recoger monedas. El público lo agradece. Es lo que hay. Los nuevos tiempos, la cultura del ocio, requieren nuevos formatos. Que aprendan los otros pedigüeños: renovarse o morir.

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