La paz


Hoy un día de “buen rollito”, de paz por todos lados. Asistimos a una época de buenismo. Los viejos europeos, escarmentados por tanta guerra que aparentemente no ha servido para nada -quizá habría que medir la correlación entre guerras y sentido común- son los maestros en el arte de la política del apaciguamiento. La vieja Europa de la religión del Estado -el nuevo pontífice, monopolizador del laicismo y, dado que no puede adquirir naturaleza divina, firme destructor de todo lo que pueda recordar a religión, religión que no es más que práctica institucionalizada de la fe, fe que es percepción de algo diferente a lo mundano- quiere la paz. La lleva queriendo desde allá por Hobbes, con su Estado Leviatán garantizador de esa paz frente a los lobos de los hombres, malos, malos. El Estado Minotauro de ahora -en palabras de Dalmacio Negro- hace de esa pretendida paz su bandera, su religión. Pacifismo a costa de lo que sea.

La paz entendida como, simplemente, la no-guerra. Que no haya tiros, que no haya muertos. Justicia… bueno, ya lo arreglaremos. Valores… bueno, son opinables. Verdad… bueno, es relativa.

La paz, esta paz, no es más que silencio cómplice o culpable. Paz de este tipo es la que hay en Somalia tras el rescate del Alakrana. O la que hay en El Salvador tras la muerte de Ellacuría. Es la paz que hay ahora en el País Vasco.

Y resuenan ciertas palabras hoy del sacerdote en la festividad de Cristo Rey. Todo el énfasis va hacia un mensaje “pacifista” del Evangelio. Que si Cristo no tenía tanques ni soldados; que si en la guerra no está nunca Jesús; que si demos todos gracias porque los marineros del Alakrana están en casa…

Me atrevo a contradecirle. Cristo no decía paz a cualquier precio. Él traía el mensaje del Amor, que no tiene nada que ver con la paz. Cuando hay amor, entendido como caridad, se hace lo que se considera que hay que hacer, aunque a veces nos cueste una bofetada, o nos suponga darla. El amor, la realización de la voluntad divina en nosotros y en los demás, siempre tiene como condición la justicia -no esa justicia humana de circo- sino la justicia divina: esa que es misericorde, pero también esa que, en el terrible Antiguo Testamento, ponía muchas cosas en orden -en un orden incomprensible para nosotros- costase lo que costase. Es esa misma justicia del amor la que lleva a Cristo a manifestar la verdad ante quien haga falta, en ese caso ante Pilato, porque es lo que Él ha venido a hacer. Con dos cojones. Y aunque eso le cueste la poca vida física que le queda en ese momento.

Así pues, no es eso. Paz no es buen rollo, al estilo hippy. Paz no es pasar por el aro. Paz no es achantarse. Paz no es contener la rabia. Lástima que un sacerdote redentorista vaya dando estos mensajes en la liturgia. Si así quieren tener más público, probablemente lo consigan. Pero será público del buen rollito. No crítico. Y recordemos que el cristianismo, si por algo se ha caracterizado, es por ser crítico. Tan crítico que el progresismo, también objeto de su crítica, necesita machacarlo para que no acabe con sus frágiles pilares. Lástima que intente hacerlo propugnando el laicismo: el cristianismo ha sido el paladín del laicismo, al desacralizar la naturaleza y localizar la divinidad, lo sacro, allí arriba, tan arriba que todo lo de abajo queda como criatura laica y libre. Laicismo y libertad, los dos mensajes del progresismo que, paradójicamente, ¡son tan cristianos…!

Paz es verdad, paz es conciencia tranquila, paz es defensa del bien frente al mal -si no hay bien ni mal, entonces no hay paz, hay nada: y aunque el silencio de la nada parezca pacifico, no lo es. No hacen falta tiros para lograr la paz. Lo que sí es necesario es luchar, porque el mal -esa palabra tan lejana en las mentes de muchos- siempre actúa.

Sócrates luchó contra el mal, en forma de nihilismo. Y se dejó la vida en ello. Cristo hizo lo propio. No con ejércitos -que son el grado más básico de la lucha- sino con el ejemplo. Con la nuda vida. Lo demás son estómagos ahítos. Por ello, no puedo compartir la oración Tu Reino de Casiano Floristán. Su vinculación es sintomática.

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