Lo gratis total


Es conocida una campaña de publicidad de una eléctrica que dice: “No sabemos qué tiene la palabra GRATIS que a todos nos gusta – Ahora, si contratas la luz y el gas con XXX, el 15% del gas que consumas te sale GRATIS”. Es un anuncio donde aparecen las hojas de un árbol (verdes pero cayéndose, curioso), una loma de pasto verde y unos árboles al fondo, verdes. Y el cielo azul. Y la palabra gratis resaltada en verde.

Me ha parecido una buena síntesis del momento en que vivimos. Una serie de reflexiones:

“No sabemos qué tiene (…) que a todos nos gusta”. Apelación al rebaño emotivo. A todos nos gusta. Siéntete tranquilo porque a todos nos gusta lo mismo. Algo de verdad ha de haber en tus gusto, porque a todos nos pasa lo mismo. Tranquilo que como esto nos gusta a todos, estás con el grupo. Y el grupo se caracteriza por el… “gustar”. No sale un anuncio que diga: “a todos nos repugna, así que no estafes”, o “a todos nos ahorras un poco, así que no vivas del subsidio”… A todos nos gusta. Todos gozamos. Todos nos emocionamos, todos lloramos. Todos sentimo placer… Gustar: el gran verbo posmoderno. Incluso un poco sensual, como en aquella canción: “mami que será lo que tiene el negro…”.

“No sabemos (…)”. No tenemos certezas, adolescentes en eso de la claridad, estamos todos un poco perdidos, como las chicas de Sexo en Nueva York o los quinceañeros de las series de la tele, esos que lo único que saben hacer bien es follar, así como suena. No sabemos qué nos pasa; tenemos dudas; no estamos preparados para responder. Somos una especie de enanitos cartesianos, sumidos en nuestra inseguridad. “Yo opino…”, “todas las opiniones son respetable”, “yo creo”… Un día, en nuestro temor a hablar de verdades, diremos mientras una bota nos aplasta los sesos contra el suelo: “Perdone, señor de la bota: yo opinio que me está matando y creo que las patadas que su bota -que no usted- está propinando a mi cráneo me van a abrir este de un momento a otro: ¿le parece que iniciemos un período de reflexión acerca del asunto, tratando de crear los canales de entendimiento adecuados para que mi masa encefálica permanezca más o menos donde estaba algún tiempo adicional?”

– Y la palabra clave, resaltada, es GRATIS. Sí. Dice el mensaje que a todos nos gusta. Pues mire usted, no. A mi lo gratis no me gusta, en general. Y le voy a decir por qué: porque lo que parece gratis y es bueno, no es realmente gratis. El amor divino o paterno no es gratis, porque pertenece a otra categoría a la que la condición de gratis no aplica. Quizá sí la de gratuidad -que es dar sin esperar recibir a cambio-, pero no la de “no oneroso”. Un periódico “gratuito” no es tal. Usted lo recibe en mano sin dar una moneda, pero lo pagan los anunciantes, que han decidido que llegan mejor a su retina si en su bolsillo sigue dentro la moneda. Lo gratis de verdad, lo que a nadie le cuesta… es lo que no vale nada, lo que nadie quiere. Aquello en lo que nadie ha aportado valor: tiempo, trabajo, pensamiento… Un niño abandonado en la miseria es gratis. Un excremento es gratis. Son aquellos lugares de la creación donde parece que no está el soplo divino, donde no se adivina el amor, ese amor que hace “caro”, por caridad, aquello que toca. Lo gratis es la comida que para unos es negocio sin amor y para otros no es más que comida, calorías que ingerir. Gratis es el amasijo de frases que excretan algunos en la web y otros leen con desinterés, sin preocuparse de que tenga alguna base. Gratis es el agua en los países que no la valoran y la desperdician sin amor -recomiendo una visita a Oriente Medio para comprender el amor al agua. Gratis es la civilización cuyos días pasan sin pena ni gloria, buscando la sensación aún más intensa que la antecedente. Gratis es la ausencia de esfuerzo y el hacer lo que me apetece, que me atrapa en un torbellino de de-sazón, de falta de sabor o insipidez. ¿A todos nos gusta lo gratis? A mi no. A mi me gusta que las cosas cuesten. Que el que me las proporcione gane con ello, y que se establezca entre nosotros una relación en la que él gana justamente y yo gano justamente, y que si no es así el perjudicado pueda reclamar al otro. Como dice Bergson, el deseo -entendido como él lo entiende: la lucha por la consecución de algo que no se es pero que se quiere ser- es la dinámica de la identidad. Es ese esfuerzo -paradigmático en el místico, en el artista y en el héroe- el que nos saca del aburrimiento y el tedio, el que nos hace luchar por lo valioso -en la duración- y el que nos acaba llevando a ser quienes debemos ser. Lo gratis se obtiene sin esfuerzo. Pero la dialéctica del deseo de lo valioso nos hace ser, mediante la tragedia que supone el riesgo del desear. Es la voluntad de poder que espera llegar a lo que tiene que ser. Ese gratis acaba con el “frenesí” del que quiere ser y lo ubica en la apatía. El apático vive en el desinterés, algo que el homo faber, el hombre creador, no puede permitirse.

– Y el último punto es el color -tan importante también para Bergson. El color es… verde. Por supuesto. Todo muy verde. Ese pacifismo emocional buenista -y atormentado por haber desarrollado gran parte de los ingenios que hoy son cotidianos contaminando, con las minas, el ferrocarril o el coche- elige como color preferido el verde. El verde del que respeta el entorno, del que no contamina. Puede ser un cateto, un ignorante del lugar en que nació, de su historia o de cómo respetar a la gente con la que convive. Su ignorancia le puede convertir en un ser impertinente, ruidoso, una máquina de consumir muebles de IKEA o un neurótico de la reclamación de sus mil euros mensuales, que le pagan por haberse pasado cinco años fumado en una cafetería de una universidad que pagan los compatriotas capitalistas y a los que tiene derecho por una especie de derecho divino al trabajo -algo que se ha confundido en nuestro Estado Minotauro, con el derecho al empleo: tengo derecho a que un sucio capitalista me contrate para posar mi bien alimentado cuerpo en una silla durante ocho horas diarias muy mal contadas haciendo como que hago, con el messenger, el email e internet echando chispas y sin saber escribir mi nombre sin faltas de ortografía.

Ese es el verde que no sabe lo que le pasa pero al que le gusta mucho la palabra “gratis”. Ese, el consumidor medio español que se esconde de la crisis como si esta fuera algo animado, algo distinto de su propia falta de sentido vital elevada a la enésima potencia que ofrecen las transacciones financieras realizadas por un inepto que mete el dinero en un banco pensando que el banco es una caja fuerte, ese es el que se siente apelado por lo gratuito, es el que siempre trata de que nada le cueste -que le cueste a otros, que para eso son los ricos- y vivir gratis total él y los seres que su inanidad genere, seres ventosa entrenados -eso sí que lo hacen esforzadamente- para chupar la sangre de lo que les rodea.

La descripción que Giorgio Agamben hace de la vida de la garrapata es especialmente conmovedora. Quizá el mejor ejercicio de antropología contemporánea hasta la fecha.

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