En la calle los conocereis…


En una ciudad, en una nación, hay muchas formas de sacar conclusiones. A menudo he comentado con amigos cómo la forma de conducir dice mucho de la moral, del carácter de unas gentes. Es fácil de comprobar. Yo conozco sólo algunos países: varios de Europa Occidental (España, Francia, Alemania, Inglaterra, Bélgica, Holanda, Suiza, Suecia, Noruega, Irlanda, Italia, Austria, Andorra, Dinamarca y Chequia), México, Estados Unidos, Israel, Vietnam y Tailandia. Se conduce de forma muy diferente en ellos.

Me han llevado a 260 km/h en Alemania y a 160 km/h en México, por una autopista en dirección contraria en Bangkok y en una comitiva presidencial en Roma, también por dirección prohibida.

Siendo yo conductor, procuraba llevar una conducción seria y he conducido por varios países. Reconozco que lo que hace la mayoría al final te determina gravemente: intentar conducir en México DF como se conduce en Londres es, sencillamente, imbécil.

Y siempre he sido consciente de que, con las señales que se emiten al conducir, se está diciendo mucho de uno mismo y del lugar en que vive. Ello me ha hecho observar una progresiva degradación del conductor español que, a medida que ha ido incrementando la cilindrada de su coche -que, paradójicamente como oí una vez, ha dejado de ser utilitario- ha ido perdiendo la educación que nos caracterizaba. España se incorporó tarde al coche y aquello se recibió con ilusión, con ingenuidad. Los cacharros aquellos, frágiles e incómodos, que transmitían por su ruido y vibraciones que ir a 140 km/h era algo peligroso, quizá mantenían a raya la prepotencia del conductor: se sentía frágil y llevaba cierto ciudado. El miedo funcionaba. Nos llegó luego el dinero de Europa antes que la educación y, a la proliferación de Audis, Mercedes y BMWs, acompañó un surgimiento de gestos, chulerías, temeridades, acelerones y desprecios. Da asco conducir en muchos lugares y en muchos momentos. Desde el asesino frustrado que se te pega a un centímetro del coche tratando de sacarte de la carretera, porque él lleva bajo las piernas mucha potencia -suelen ser varones- hasta el que circula a más de 90 km/h en calles estrechas de dos sentidos, motoristas que ponen en cada quiebro su vida en tus manos… Cada día España conduce de forma más agresiva y más cutre, más hortera y más abusiva. Ni las campañas del Estado Minotauro -“no podemos conducir por ti”: gracias, no hace falta, con que meta en la cárcel al cretino que casi me mata es suficiente-, no la persecución policial -ya sólo falta que pidan mordida- ni los radares en lugares cada vez más insospechados -y el mercado de gadgets detectores correspondiente- sirven para nada.

Esto de la conducción es cuestión de educación moral. De compartir la idea de que el propio placer -la sensación intensa, la velocidad, etc.- no justifica el mal a los demás. De ser capaz de considerar que uno es una persona y los demás también, y que la vida tiene valor. Tanto, que merece la pena esperar a un semáforo o no jugársela al adelantar. Pero no por perder la propia vida biológica -que en el caso de tanto cretino no es mucha pérdida, ni siquiera para ellos mismos- sino por respeto a la Vida, al orden natural del universo, a una Belleza natural que reside en la tranquilidad, en el equilibrio, en el Bien, en hacer las cosas bien, en respetar las normas comunes que todos nos hemos dado, aunque no nos vigilen con radares…

Hablé de los conductores, pero ahora soy también muy peatón. Vivo ya en Madrid y camino, viajo en Metro y en autobús. Y la misma vergüenza ajena que siento al conducir la siento al caminar. Falto de educación moral, cívica y de sentido común, con eso de la democracia vistiéndole como un pantalón mal arreglado, el peatón abusa también. El peatón tiene el mismo resentimiento que el conductor, y quizá alguno más por tener que caminar a la fuerza.

Les han enseñado que tienen la preferencia y eso es mucho. Ante el salvajismo del conductor, que con el disco en naranja pisa a fondo y pasa sobre el paso de cebra acelerando, el peatón salta al paso de peatones e impone su ley: “Cuidado, que tengo la preferencia”. “Cuidado, que como me atropelles se te cae el pelo”. El peatón salta a su territorio, al lugar donde su soberanía y la del conductor se cruzan, casi siempre a su favor, y abusa. Hace frenar a un armatoste de mil kilos, pasa ante él con gesto chulesco, demorado, como un torero. Mira al conductor a veces a los ojos, retándole y haciéndole rabiar, y siente, probablemente, un pequeño placer cotidiano e impagable.

Se agradecen los peatones respetuosos, que animan al coche a seguir cuando lo encuentran llegando al paso, así como los conductores finos, que se detienen tranquilamente en el paso, sin que parezca que acuden a apagar un fuego.

Es una cuestión de educación y, cuando no se tiene, su ausencia es especialmente obscena en la calle. Trabajen las madres y los padres en educar a sus hijos. Nos ahorraremos muchos radares, atropellos y accidentes.

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