No somos iguales


Lo lamento. Llevarle la contraria al igualitarismo radicalizado, a ese fanático principio igualador -totalmente ajeno a la igualdad que, como criaturas, nos corresponde- es duro, pero hay que hacerlo.

Los “demócratas”, esos que, como se te ocurra cuestionar los fundamentos de la democracia, te rompen los fundamentos de la boca, se llenan la boca de decir que somos todos iguales. Eso tiene muchas implicaciones, una de ellas realmente grave: que no hay buenos ni malos. Que no hay verdades o falsedades. Que, como somos todos iguales, la opinión de un mandril con apariencia de político y la opinión de un humilde maestro de escuela que aguanta día a día las impertinencias del hijo del mandril valen exactamente lo mismo. Ello da lugar a muchas situaciones que, un día, acaban cobrándose su precio.

Una de ellas es el falseamiento continuado de la realidad que se ha producido en España durante, ahora 34 años. Falseada la historia del país durante muchos siglos, se falseó una vez más a partir de la muerte del señor Francisco Franco -porque le dio por morirse entonces, que si llega a vivir 110 años aquí lo tenemos aún.

Bajó a iluminarnos el Espíritu Santo democrático -porque aquí lo de la democracia es místico: tenemos raptos democráticos pero nuestro estado habitual es más bien dictatorial: al español le das espacio y sus “santos cojones” se expanden al máximo, ocupándolo todo y fundamentando su acción- y todos, unos más y otros menos, nos montamos la ficción adecuada: el pasado fue terrible, se nos fue la cabeza, y para que no vuelva a pasar vamos a montar un engendro que  a todos satisfaga un poco y que sea tan flexible y amorfo que, le hagan lo que le hagan, no se note efecto alguno. Esa nación de naciones, llena de demócratas que lucharon contra la tiranía -la que murió de vieja-, estado autonómico o lo que sea echó a andar… muerto. Lo dije en un trabajo en 1994, me llamaron radical y ahora lo reafirmo.

Se estrujan las meninges en las tertulias de la radio buscando el nuevo modelo constitucional mientras los gobiernos nacionales matan terroristas o alcanzan el gobierno con ellos; mientras los gobiernos nacionalistas favorecen la gobernabilidad de un Estado que quieren ver morir; mientras mientras los cuerpos de seguridad del Estado actúan contra el mal en algunos lugares mientras en otros no les dejan hacerlo; mientras el mismo hecho es resaltado por algunos periódicos mientras otros lo silencian…

Todos estos hecho manifiestan por sí mismos que el problema acuciante que hay que acometer aquí, antes de montar otro Estado fallido -como Somalia pero de verdad- no es un problema político. En una tertulia volvían a comparar a España con el estado federal alemán o con el modelo de estados unidos de EE.UU. No entendían por qué esos países avanzaban y nosotros cada día estamos más enfrentados, más envenenados o sintiendo más violencia alrededor -mi desagradable pronóstico es que algo muy violento va a suceder en España, 70 años después.

Un contertulio mencionó el término “lealtad” haciendo referencia a la falta de recaudación de las administraciones locales para el presupuesto general. Siguieron hablando, pero ese término resonó con eco en mi cabeza. Por ahí van los tiros.

El problema de España, el problema por el que aquí se come bien pero no hay manera de sentir que se vive en calma y de que las cosas “están bien”, es un problema moral. Es un problema que atañe a la moral, al bien y al mal. Un problema tan grave que hace que unos no se fíen de otros. Que hace que lo que en un lugar es verdad, en otro no lo sea. O que lo que dicen en un lugar que fue, en otro digan que nunca fue. Como en el librito de Orwell 1984.

Sin moral, las formas políticas, que dan por supuesto un código compartido de valores básicos -el de la confianza sobre todo- no hay manera factible de vivir. Los países que avanzan y que tienen futuro -me atrevo a decir hoy, y lo ligo con el post sobre el índice de robos de bicicletas- son aquellos que confían en la vida, aquellos que consideran que el bien común, el amor al prójimo como reflejo del amor de Dios, repleto de responsabilidad, es más importante que el amor sui. Parten de la individualidad, pero hacia el otro.

España, un país desmoralizado, en el que el fundamentalismo igualitario ha barrido con el concepto de bien y mal y se ha posicionado, él mismo, como el único bien, está paralizado. Siendo la igualdad el bien supremo, no hay aspiraciones a lo mejor: no hay amor, no hay deseo configurador de la propia identidad. Como el conejo por la noche, cegado por el foco “igualizador”, queda paralizado esperando el palo mortal. Nos enzarzamos en reyertas barriobajeras sobre temas insustanciales -cuando no ocupa el centro de actualidad los gustos sexuales de la famosa de turno o el nuevo ligue del futbolista galáctico o el partido del domingo- y se nos escapa el tiempo como agua entre las manos.

Cualquier forma de estado es gestionable por personas morales; cualquier forma de estado será trampilla para el abuso para personas inmorales. Claro, hoy día es imposible decirle a un magistrado, a un presidente autonómico o a un policía que es un inmoral, porque eso siginifica automáticamente recibir la etiqueta de católico recalcitrante.

El nihilismo igualitario tiene otra expresión en uno de los campos de batalla más sangrientos que existen: en los campus. En la educación. Paseando por la Complutense el otro día pueden contemplarse los efectos devastadores de este tirano contemporáneo llamado igualitarismo.

Todo sucio, destartalado, lleno de pintadas y pintadas sobre las anteriores -qué afán por taparle la boca a la gente: ¡tan jóvenes y tan represores!. Los pasillos, llenos de cursos anunciados, vacíos de sustancia. Profesores que son estudiantes de medio pelo, analfabetos… Programas de asignaturas absurdos. Derroche de recursos, nutriendo la fábrica de vagos y maleantes. Ni romanticismo queda ya.

Un paseo por la universidad alemana o americana -los comparables políticos según los tertulianos citados- da una impresión diferente. Esas naciones cuidan sus raíces y la savia que transmite el alimento a cada esquina: la educación. Cuidan a sus intelectuales, les dotan de un marco adecuado de trabajo, cuidan sus instalaciones, seleccionan a sus mejores alumnos, editan materiales que luego se usan en otros países, investigan y fomentan la investigación…}

Un país con la cochambre de universidad que tenemos aquí no puede ir muy lejos: le falta el combustible. Se me dirá que es muy difícil gestionar una universidad tan masificada. Doy la razón. Sólo un país analfabeto como el nuestro considera que a la universidad tiene que ir toda la gente que va. Un país sin ningún amor por el trabajo y donde el igualitarismo tiraniza, mete a todos los muchachos que salen del colegio en un lugar sin hacer distinción de méritos. En lugar de permitir que los que quieran esforzarse triunfen en lo que quieran y los que no, se hundan como quieran, nuestro Estado Minotauro engulle a todos, sin hacer distinciones, y los enchufa a la máquina de la mediocridad, que les da la nuda vida de la garrapata.

Y tenemos ahí dentro de todo. A costa del presupuesto de todos. Y luego salen de ahí para que les metan en otro sitio -la sociedad y el mercado del empleo- donde tampoco deberían entrar sin selección. De tal modo que, por el prejuicio igualitario, la nación vive en medio de un plancton de detritus humanos y personas meritorias, esclerotizado y sujeto a tensiones continuas.

Ese es el panorama. Por eso somos país tercermundista colgando de los Pirineos y por eso volveremos a matarnos unos a otros. Porque no somos iguales y, sin embargo, somos tratados como iguales. Hay principios del derecho como el Summum ius summa iniuria, o el suum cuique tribuere, que aquí los hemos olvidado por un prejuicio igualitarista. Es sumamente inmoral e injusto no dar a cada uno lo suyo. Lo pagaremos. Adjunto un link curioso.

http://www.cotizalia.com/valor-anadido/sociedad-entretenimiento-drama-educacion-espana-20091127.html

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2 respuestas a No somos iguales

  1. Rafael dijo:

    REQUIEM POR UNA CARTULINA…

    Era alumno en una Universidad privada (3 años) y ahora soy alumno de una universidad pública. Estudiaba filosofía y ahora estudio filología inglesa. Me disponía a empezar a estudiar una mal-dada asignatura cuando me he topado con este lúcido artículo. El exámen es mañana -Sábado- y no he empezado a estudiar, o mejor dicho, a intentar colgar del ala más superficial del encéfalo, los inconexos datos que me exijen regurgitar sobre un papel en blanco.

    Y si yo elevo a la décima potencia el número de papeles manchados por mi bilis, y los entrego en esquemáticos plazos, a la par que dóno un fajo de poderosos papeles de colorines, entonces y solo entonces, me recompensa el Estado con lo acordado: un acartulinado papel mágico, codiciado y depositario de inenarrables fuerzas y potencias de lo desconocido, pues abre puertas a su antojo y protege de los malos espíritus, bla.. bla . bla…

    La cuestión ya no es la grotesca enseñanza académica, ya no es el nulo cultivo intelectual de la juventud, ya no se trata de la calidad de un sistema muerto en estado de descomposición.

    No es eso. Porque todo el mundo ya lo sabe, todo el mundo se ha acostumbrado al olor de cadáver, ya para nadie es una sopresa el presenciar el terrible rostro de un sistema educativo que ha perdido hasta el pudor de intentar ocultar su indecencia, su pútrida carne. La gente ya sabe lo que hay y sabe a lo que va cuando firma y paga la matrícula universitaria.
    Y ahí es donde se halla el pecado, en esa libre decisión (pues ya eres mayor de edad) de vender tu alma (tu tiempo y tus talentos) por un papel que lo único que promete, vagamente, es el frío regazo de un saturado estercolero desdeñoso. ¿Tan bájo hémos caído? ¿A tán bájo precio tasamos nuestro ser? ¿Nos prostituimos con tan poca cosa?
    Porque la prostituta que hace la calle vende sólo su cuerpo. ¿Pero qué estámos vendiendo nosotros, los miles de españoles frustrados y con un mínimo de conciencia? Vendemos nuestro espíritu: aquél “valioso” recipiente que se ha de nutrir de significado, de música y de color, y que se ha de ensanchár y enriquecer hasta su máxima plenitud posible. Vendemos ese deber, ese divíno obrar en uno mismo, a una masa que lo adocena y lo embota esterilizándolo delante de nuestras narices; y para colmo, se mofa, al final de la historia, esputándonos a la cara un acartulinado papél diciéndo lo boníto que somos y lo mucho que valemos. Y eso, compañeros, es doloroso de ver y aún más de sufrir.

    Luego la culpa ha cambiado de manos. Si ayer la culpa era de burócratas, políticos, pedagogos incompetentes, padres sin escrúpulos, apoltronados rectores, yo qué sé…
    Hoy la culpa es del alumno, del pre-hombre o pre-puta que firma una transacción con el demonio de su indolente apetencia por la conformidad, que a la larga pasa factura y hace mucho daño.

    ¿Todos en el mismo saco? Pues no. Aún hay gentes que, con 2 cojones, dicen: “Lázaro! Levántate y anda!”. Aún hay algún que otro valiente que se niega en rotundo a pasar por el aro, y aplica en su vida el inexorable principio de la integridad a sí mismo y a su deber como joven que se forma. Aún hay espíritus románticos que contratan por la valía del candidato y no por lo impreso en la cartulina del diablo. Seguro que los hay, pero yo, desgraciadamente, no conozco a nadie de tan noble esirpe.

    Lo único que sé es que mientras ellos cabalgan a lomos de su propia naturaleza y avasalladora determinación, yo seguiré, mejor dicho, empezaré otra vez con la cobarde ingesta de embotadores narcóticos de buena letra, para ver si mañana echo una buena bilis digna de 0,2 créditos de los 360 que he de superar para finalizar la carrera y conseguir mi título de “Don Engranaje Inerte nº782.364: Esterilizado por méritos propios con honores”.

    Pero no os preocupéis, compañeros, que seguro que conseguimos trabajo..

  2. Rafael Pérez-Montaut dijo:

    REQUIEM POR UNA CARTULINA…

    Era alumno en una Universidad privada (3 años) y ahora soy alumno de una universidad pública. Estudiaba filosofía y ahora estudio filología inglesa. Me disponía a empezar a estudiar una mal-dada asignatura cuando me he topado con este lúcido artículo. El examen es mañana -Sábado- y no he empezado a estudiar, o mejor dicho, a intentar colgar del ala más superficial del encéfalo, los inconexos datos que me exigen regurgitar sobre un papel en blanco.

    Y si yo elevo a la décima potencia el número de papeles manchados por mi bilis, y los entrego en esquemáticos plazos, a la par que dono un fajo de poderosos papeles de colorines, entonces y solo entonces, me recompensa el Estado con lo acordado: un acartulinado papel mágico, codiciado y depositario de inenarrables fuerzas y potencias de lo desconocido, pues abre puertas a su antojo y protege de los malos espíritus, bla.. bla . bla…

    La cuestión ya no es la grotesca enseñanza académica, ya no es el nulo cultivo intelectual de la juventud, ya no se trata de la calidad de un sistema muerto en estado de descomposición.

    No es eso. Porque todo el mundo ya lo sabe, todo el mundo se ha acostumbrado al olor de cadáver, ya para nadie es una sorpresa el presenciar el terrible rostro de un sistema educativo que ha perdido hasta el pudor de intentar ocultar su indecencia, su pútrida carne. La gente ya sabe lo que hay y sabe a lo que va cuando firma y paga la matrícula universitaria.
    Y ahí es donde se halla el pecado, en esa libre decisión (pues ya eres mayor de edad) de vender tu alma (tu tiempo y tus talentos) por un papel que lo único que promete, vagamente, es el frío regazo de un saturado estercolero desdeñoso. ¿Tan bajo hemos caído? ¿A tan bajo precio tasamos nuestro ser? ¿Nos prostituimos con tan poca cosa?
    Porque la prostituta que hace la calle vende sólo su cuerpo. ¿Pero qué estamos vendiendo nosotros, los miles de españoles frustrados y con un mínimo de conciencia? Vendemos nuestro espíritu: aquél “valioso” recipiente que se ha de nutrir de significado, de música y de color, y que se ha de ensanchar y enriquecer hasta su máxima plenitud posible. Vendemos ese deber, ese divino obrar en uno mismo, a una masa que lo adocena y lo embota esterilizándolo delante de nuestras narices; y para colmo, se mofa, al final de la historia, esputándonos a la cara un acartulinado papel diciendo lo bonito que somos y lo mucho que valemos. Y eso, compañeros, es doloroso de ver y aún más de sufrir.

    Luego la culpa ha cambiado de manos. Si ayer la culpa era de burócratas, políticos, pedagogos incompetentes, padres sin escrúpulos, apoltronados rectores, yo qué sé…
    Hoy la culpa es del alumno, del pre-hombre o pre-puta que firma una transacción con el demonio de su indolente apetencia por la conformidad, que a la larga pasa factura y hace mucho daño.

    ¿Todos en el mismo saco? Pues no. Aún hay gentes que, con 2 cojones, dicen: “Lázaro! Levántate y anda!”. Aún hay algún que otro valiente que se niega en rotundo a pasar por el aro, y aplica en su vida el inexorable principio de la integridad a sí mismo y a su deber como joven que se forma. Aún hay espíritus románticos que contratan por la valía del candidato y no por lo impreso en la cartulina del diablo. Seguro que los hay, pero yo, desgraciadamente, no conozco a nadie de tan noble estirpe.

    Lo único que sé es que mientras ellos cabalgan a lomos de su propia naturaleza y avasalladora determinación, yo seguiré, mejor dicho, empezaré otra vez con la cobarde ingesta de embotadores narcóticos de buena letra, para ver si mañana echo una buena bilis digna de 0,2 créditos de los 360 que he de superar para finalizar la carrera y conseguir mi título de “Don Engranaje Inerte nº782.364: Esterilizado por méritos propios con honores”.

    Pero no os preocupéis, compañeros, que seguro que conseguimos trabajo..

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