La clase ocre


GXXXXXXX es un lugar donde aprenden y juegan, juntos, padres e hijos, desde 0 a 5 años -los hijos. He de decir que está siendo una experiencia realmente estimulante marchar allí con Lucía, asistir a los juegos y bailes, gatear con ella, etc.

Hoy hablo de ello porque el asunto está teniendo una componente adicional que, quizá, ella aún no percibe, pero que a mi me divierte mucho: la observación antropológica. Me explico.

A GXXXXXXX acuden padres e hijos (las madres y las hijas no analfabetas entenderán que también me refiero a ellas con los genéricos) para realizar unas actividades teóricamente avanzadas: hace falta conocer la marca y haber leído ciertas cosas -junto con tener cierta liquidez mensual- para llevar al niño al centro. Hace falta pensar que el niño no es una planta hasta que habla, hace falta entender que el niño aprende más rápido que uno mismo y hace falta sentir que el tiempo dedicado a ese niño es realmente más valioso que casi cualquier otro tiempo. Having said that, GXXXXXXX no está lleno de miles de niños, pues aún es un concepto novedoso. Algo vanguardista, como pueden ser, en España, el parto natural, el home schooling, etc.

Siendo una práctica vanguardista, estimaba yo que la gente que acudiría con sus hijos sería gente vanguardista. Pensaba yo que todos los padres serían gente “leída”, mesurada, con cierto “espíritu de fineza”…

Craso error: no es eso, Bruno. Tres perfiles de padres acuden al lugar. Efectivamente hay algunos padres serios, humildes, que ante todo reconocen que están tratando de ofrecer más posibilidades a sus hijos de las que ellos tuvieron. Están tranquilos, se les nota ilusionados y divertidos con lo que hacen. Sus hijos, como no podría ser de otro modo, están tranquilos, disfrutan del lugar, sonríen, interactúan con los otros… Bien hasta aquí.

El segundo grupo lo forman los padres “sudacas”. Lo escribo así para que se me entienda rápidamente. Mi mujer es mexicana y entenderá por qué lo digo así. Siendo el tema de la paternidad algo muy trabajado en Hispanoamérica, GXXXXXXX tiene presencia allí desde hace años -a España acaba de llegar- y aparecen muchos padres “sudacas” en el lugar. Llegan respetuosos, un poco tímidos, con sus niños sonrientes y también muy respetuosos. Interactúan menos porque sus padres “sudacas” tratan de que no hagan ruido ni molesten a los “europeos”, a los legítimos del lugar. Son encantadores y probablemente son los que más saben en este asunto…

Y el tercer grupo es el que me llama la atención. Son los padres ocres. Llegan los padres “ocres”, pues sus niños visten de color ocre. El color ocre es un color oxidado, es un color amarillo, rojo o café, que parece ligeramente oxidado. Oxidado pero con encanto. Es un color que trata de asemejarse a la moda clásica para niños y que, en mi opinión, constituye el atajo que utilizan los padres “ocres” para, vía sus hijos, transmitir estatus. Un hijo vestido de ocre -a varios cientos de euros cada conjunto- suele ser conducido por un padre que en fin de semana viste de beige, que es el color que ha vestido la clase alta para simbolizar una actitud de relajación y elegancia en la vida. El padre “ocre” quiere manifestar, a través de los colores de su hijo -un pobre chiquillo de apenas once meses que lo que quiere es revolcars en el suelo-, elegancia, es decir, que sabe elegir. Que ha alcanzado el grado de cultura y bienestar que le permite elegir entre todo lo existente sólo lo bueno.

Llega el padre ocre con su hijo ocre, probablemente en un carricoche de titanio enriquecido con diez o doce accesorios inútiles colgados. El otro día lo que me entusiasmó realmente fueron dos caras dibujadas en uno de esos carricoches. justo donde el niño descansa sus manos al ser transportado. Una cara sonriente decía sí y otra triste decía no: el niño ocre no puede estar triste, pues lo tiene todo. Probablemente llegará en un todoterreno de gran cilindrada, el equivalente al carricoche del niño. Mamá Windstar llaman en México al padre ocre.

Bien. Una vez despojados de sus atuendos, los padres ocres entran en acción. Su posición social, conquistada hace poco tiempo -el suficiente como para no ser hortera absoluto, pero aún con necesidad de ostentación y aceptación- les lleva a sentirse inseguros. Esa posición hay que mantenerla, y el vástago que gatea es el encargado de luchar por ello. El bebé gatea y el padre ocre lo machaca. A subir, a bajar, a reirse el que más, a aplaudir, a gatear. Si hay reparto de balones, el padre ocre mira feroz a los demás niños que, inocentemente y con el primer instinto a flor de piel -la lucha por los recursos, del que un día hablaré a fondo-, acuden a quitarle la bola a su hijo. “Niño, no seas abusón, que eres muy chiquitito”, le espeta una madre ocre a una criatura que no entiende nada, pero que quiere la pelota roja que Sibila -literal o yo escuché mal- maneja con torpeza. Mientras la madre ocre de Sibila la futura ocre defiende el patrimonio de su hija, otra madre, alemana, lanza a su hijo dentro de un flotador gigante con agresividad. La madre ocre alemán fomenta, más que la acumulación de patrimonio de su hijo, su capacidad de lucha. El niño alemán es un tanque gateando, asusta a los demás… pero su madre, orgullosa, sabe que su hijo arrasa con todo, pasa por encima de todo y todos…

Sibila ya tiene cuatro pelotas en su poder y su madre le trae más. Mientras, otras dos preciosas niñas ocres -ni un pelo fuera de su sitio, vestiditos que parecen hechos por el sastre de la Familia Real, todo conjuntado- están sentadas sobre la bolsa que contiene todas las demás pelotas. No dejan que nadie las toque y, entre ellas, a codazos luchan. Los padres y madres ocres, que en el fondo sienten orgullo de que sus hijos van a mantener esa posición tan duramente ganada, deben, porque el papel así lo exige, mostrarse hacia afuera como pacíficos y educados: Elsa, no le pegues a Mariana, que le haces daño. Mientras, Elsa no se separa de la bolsa de pelotas y la profesora, forzosamente, tiene que cambiar el juego.

Así transcurre la clase. Las monitoras con dolor de encías de tanto sonreir -hay que ser feliz en este entorno o estás muerto automáticamente- los padres y madres ocres arrasando en las rampas, con las pelotas o en el tatami, sus hijos dándolo todo, superestimulados para ser los líderes ocres del mañana y manteniendo ompostura estética (ahí está el mérito: que el esfuerzo que está costando no se note, pues eso sería hortera); el todoterreno en doble fila o aplastando el parachoques del utilitario del sudaca que pudo llegar en coche y no en autobús al lugar, y los carricoches de titanio en la puerta, esperando a sus pequeños usuarios.

Siempre habrá clases. Pero, gracias a Dios, la educación, la cultura y la sensibilidad no dependen, absolutamente, del dinero y la posición social. Gracias a Dios no todo son ocres en la moda.

Adjunto un link a un blog interesante, que sigo frecuentemente:

http://phantastikablog.blogspot.com/2009/11/stanley-kubrick-y-la-imaginacion.html

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