Sórdido + democrático = cutre


Ayer por la tarde seguí mi querido ritual de los domingos, y me bajé a la cafetería cercana a casa, a esa hora de la tarde, las cuatro y media o cinco, en que no hay nadie por la calle. El ritual es una tontería realmente: consiste en fumarse tranquilamente un puro y tomarse un café, y entre aromas de café y volutas de habano, leer plácidamente un libro, normalmente interesante y que requiere cierta atención: ese silencio mental que permite que lo que se lee retumbe ahí dentro y sea desmenuzado con cierto provecho -en mi caso he de decir que desmenuzo poco: un poco bulímico, trago grandes trozos de libro sin masticar, con el consiguiente empacho y sus consecuencias posteriores. Me hubiera gustado que alguien me hubiera enseñado a leer, no sólo rápido, sino con buen aprovechamiento.

Abría yo “Materia y memoria” de Bergson, encomendada su lectura por un entusiasta maestro que tenemos, y me las prometía felices porque en la cafeteria, rodeada de vegetación, tranquila, cayendo la fría tarde fuera… sólo había dos parejas allí, al fondo, y esperaba que estuvieran tan enamoradas e interesadas que me dejaran leer en paz.

Pena. No fue posible. Suelo concentrarme bien en lugares públicos, pues me acostumbré a leer en cafeterías, en el metro, en la calle esperando… Tratando de ser “trapero del tiempo”, como decía doña Valentina Gómez Mampaso que decía Marañón.

Pero no fue posible. Marchada una pareja, la otra hace imposible la concentración. Al no haber ruido ambiente, les gusta oirse con nitidez. Sucede a menudo. Alguien habla con su interlocutor pero se empeña en que le escuche un “perímetro de fastidio” de varios metros.

Así fue. Durante una hora se me mezclaban las frases del filósofo con las del elemento que tenía enfrente. ¡Qué elemento! En medio de una sordidez pútrida, que no correspondía ni a la belleza del momento ni a la del lugar, un tipo de unos cincuenta años, con aspecto de Joaquín Sabina desmejorado, con pinta de no gustar demasiado del arte del baño, se empeñaba en hacerle ver a su interlocutora, una señora también entrada en años y que trataba de sostener lo insostenible, que él era así, incorregible. Un escéptico solitario -convivir entrañaba, según él, un ejercicio de democracia que te suponía tener que escuchar salsa aunque la odiases, y eso es ceder, y eso acaba mal- divorciado a quien el sexo le encantaba y a quien las asistentas de todos los países y demás mujeres débiles se le metían en la cama con mucha frecuencia…

Ella asentía y escuchaba, y poco más, porque él necesitaba oirse tanto que ni siquiera para recibir retroalimentación la escuchaba. Cutre historia la de este tipo que, al cabo de un buen rato, fue interrumpida por su oyente para decirle: Oye, tengo mucho lío en casa, ¿nos vamos?

Mi enseñanza en este momento fue más bien una sensación de placidez. Probablemente yo era uno de estos hace años, e iba encaminado a ser uno de estos en unos años. Un “alguien” absolutamente incapaz de ver más allá de su ombligo, viviendo absolutamente para mi mismo, sin sitio ni siquiera para un alguien con quien tomarme un café. Insoportable en mi monólogo autocomplaciente y autodisculpante, queriendo dar pena y causar interés, quizá con una vida tan unidimensional que la de la garrapata llegaría a ser compleja en comparación con esta mía.

Y me fui preocupado, pensando que, probablemente, muchos de los cuarentones o cincuentones de este momento, aquellos que nacieron en los cincuenta y sesenta, los posmodernos de Kundera, seguían un patrón similar a este en sus vidas individuales -porque son individuos, miembros de la informe Sociedad: nada de personas.

Y me preocupé más pensando que tipos como este eran los que luego votaban en las elecciones, decidían sobre cuestiones como las políticas sociales, las medidas de impulso al empleo o los supuestos despenalizadores del aborto. Tipos como este, cuyo interés estaba en que nadie les recogiera la casa porque luego, cuando “se le metían en la cama”, tenía primero, por supuesto, que follárselas y luego que echarlas, eran los que votaban si el Estado absoluto en que vivimos da becas a los estudiantes mediocres o si las familias seguirán siendo el eje vertebrador de la legislación social o lo serán las uniones de todo tipo.

Y me fui pensando que la democracia es sórdida pues, en un caldo difícilmente definible, valora igual todos los votos y todas las opiniones, imponiendo suavemente el principio tan discutible, degeneración del Cristiano, de que todos somos iguales. Ni en la democracia por excelencia para muchos, la griega, todos eran iguales. Sólo los seleccionados Ciudadanos eran alguien para votar y existir.

Me fui pensando que mi país, tan paleto, está orgulloso de que el ceporro que trataba de acostarse con la otra y cuyos valores no llegaban más allá de su cosita vote con el mismo peso que el camarero que limpiaba el local con denuedo, ganando su salario honradamente y manteniendo a su familia de la manera más humilde que se pueda imaginar. Camarero a quien le debo yo el tener puros para fumar durante otros cinco domingos más porque, así es la vida, se los regalaron y los está regalando porque el no fuma.

Me fui pensando que la democracia no es eso. No puede ser eso.

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