Aborto


Especialmente intensos estos días en los que estamos a punto de comprar una clínica que se dedicaba a realizar abortos. La visita a las instalaciones, pulcras y matemáticamente optimizadas, es espeluznante. Y contemplar el lugar donde estaba enchufada la trituradora de fetos o una pequeña gota de sangre en la boca de uno de los aspiradores es como visitar Sachenhausen o cualquier campo de concentración.

Y el caso es que, como allí, uno se pregunta por qué. Y, como allí, las respuestas no adoptan la forma de “porque…” sino más bien describiendo el cómo. “¿Por qué se llega a eso?” es una pregunta retórica, ya que tiene como punto de partida la náusea ante algo calificado como “horroroso”, “terrible”, “cruel”. Y la pregunta ya se ha contestado a sí misma. Porque los que lo hacen son así.

No cabe, pues, discusión ni diálogo. No cabe pues esperanza ni progreso.

Al contrario, si partimos de la humanidad del sujeto agente de esas acciones, es mucho más fácil entender. Y tras el entendimiento pueden pasar a alinearse las voluntades.

En estos días el aborto es la materia de debate político. Y en la contienda -no es debate puesto que no se escucha lo que el otro dice- se sitúan las posiciones de modo aparentemente antitético. A un lado, los abortistas. Al otro, los pro-vida. Podríamos también decir, a un lado los anti-vida y al otro los anti-aborto. No es eso, humbre, no es eso.

Si alguien piensa que otro puede llegar a ser un anti-vida es que las neuronas no le trabajan demasiado bien últimamente. No es eso. El debate nace viciado y no tiene futuro ni solución de continuidad. Es maniqueo por ineptitud de los debatientes.

No es eso. El tema del aborto no se ha planteado correctamente. El aborto es una materia en la que los idiomas empleados no tienen nada en común. Pues mientras unos hablan de libertad, los otros hablan de vida. Ese es el campo de batalla.

Y me atrevo a decir que el bando que antes se apropie de la terminología del otro acabará llevándose el gato al agua. El día que los unos se posicionen como paladines de la vida el debate se acabará. Y el día que los otros se posicionen como paladines de la libertad sucederá lo mismo.

Demuestren los “progresistas” que defienden en realidad la vida del feto y alcanzarán una mayoría abrumadora entre las familias cristianas, que están deseando saltar al barco de las “izquierdas”.

Demuestren los “conservadores” que defienden en realidad la libertad de las madres y alcanzarán una posición hegemónica, pues no hay nadie teóricamente progresista que no mire de reojo y con dudas eso de hacer carne picada al pobre feto en el vientre de su madre. La ley es lo de menos, hombre. La ley es un trasunto de la realidad, y muestra que la realidad es un batiburrillo de ideologías sin base sólida en la que fundarse. No aguanta el debate ni un par de preguntas.

La solución al dilema está ahí, más cerca de lo que parece. Requeriría pensar un poco, eso sí. Entretanto, oigamos los rebuznos, asistamos a las pancartas, a los abucheos y a los zarandeos. Aquí las cosas las “solucionamos” a palos. Y las instrucciones para vivir algo coherente siempre vienen de fuera, de Francia o Alemania. Como las de los electrodomésticos.

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