Esencia y condiciones del conversar


Reproduzco este material de Ana García-Mina, por su interés. Probablemente podría servir de base para cualquier intento de entendimiento entre los españoles.

Y Rodolfo Carpintier, experto en internet, define esta red como “conversaciones”. Lo mismo debieran los demiurgos de internet tener en cuenta este material a la hora de gestar esas conversaciones. Sean quienes sean los hacedores de la red.

Sal Terrae 95 (2007) 821-834

Esencia y condiciones del conversar

Ana García-Mina Freire*

«La necesidad más profunda del hombre,

es la necesidad de superar su separatividad,

de abandonar la prisión de su soledad.

El fracaso absoluto en el logro de tal finalidad significa la locura»

(Erich Fromm)

Uno de los trastornos emocionales infantiles que más me estremecen es la depresión anaclítica. Con menos de un año de vida, los niños que la padecen han perdido las ganas de vivir. De ser unos bebés alegres, comunicativos, pasan a estar sumidos en una honda tristeza. René Spitz, médico al que debemos las primeras investigaciones sobre este trastorno1, describe cómo, «inicialmente, estos niños manifestaban su malestar llorando, pero después de algún tiempo el llanto daba lugar a un gran retraimiento. Se quedaban inmóviles en sus cunas, apartaban la cara negándose a tomar parte en la vida de su alrededor; sus ojos eran inexpresivos, su cara rígida, su mirada lejana, como si no vieran lo que sucede en su entorno»2. Estos niños iban perdiendo el apetito, algunos tenían alterado el sueño, con frecuencia se enfriaban o contraían cualquier infección, su desarrollo intelectual se estaba bloqueando… y poco a poco «el contacto humano se volvía más difícil, acabando por ignorar a los adultos»3. Cuando este investigador fue analizando la historia de cada niño, observó que todos ellos, por motivos diversos (enfermedad, muerte, trabajo, abandono…), habían vivido una misma experiencia: la persona que de manera más significativa había realizado las labores de maternaje (la madre, el padre, una cuidadora…) había desaparecido de sus vidas por un período de al menos tres meses, y ningún adulto de su entorno había llenado de manera significativa ese vacío. Esa relación, tejida de ternura, de caricias, de abrazos, ya no existía. La carencia de esa presencia atenta, sensible, conectada a sus necesidades, les hacía sentir descarnadamente «deshabitados»; para ellos ya no merecía la pena vivir.

      «Habitar la vida en compañía de otros» no es un pasatiempo ni un capricho. Gran parte de nuestra felicidad reside en ser capaces de hacernos presentes en la vida de los otros y, a la vez, dejar que éstos aniden en nuestro interior. Conversar es una de las vías privilegiadas que tenemos para hacer y hacernos sentir que nuestra vida está habitada, que hay personas que de manera especial quieren pasar nuestros días «en y con» nosotros, en esa recíproca hospitalidad inherente al hecho mismo de conversar.

      Sin embargo, como tantas otras cosas importantes de nuestra vida, conversar hoy no es una actividad que goce de buena salud. Pese a ser uno de los aprendizajes vitales más fundamentales de nuestra existencia, apenas nos dedicamos a reflexionar sobre ello. Unos, porque no lo consideran suficientemente erudito; otros, porque en el fondo lo viven como una pérdida de tiempo. Y los hay que no reparan en ello porque dan por supuesto que, al igual que el oír, es un proceso natural, sencillo, automático.

      Como veremos a lo largo del artículo, conversar es un proceso complejo, enraizado en nuestra naturaleza relacional y en nuestra voluntad de SER. Es cierto que esta manera de relacionarnos es tan longeva como la propia humanidad; sin embargo, eso no garantiza que sepamos hacer de la conversación una experiencia de Encuentro.

Significados y sentidos del conversar

«Hablar, charlar, narrar, contar, entretener, comunicar…; tratar, vivir, habitar en compañía de otros, tener amistad, trabar conversación…»4. Todas estas acciones forman parte del universo semántico de conversar. Cada una de ellas aporta diferentes significados que la matizan y enriquecen, exigiéndonos al menos un doble mirar para llegar a lo que en esencia es esta actividad.

      Por una parte, si atendemos a su naturaleza comunicacional, podemos definir el conversar como un proceso complejo, dinámico, cuya estructura guarda una dialéctica dialogal. Las personas que participan son a la vez emisoras y receptoras de la conversación. Continuamente, tanto cuando toman la palabra como cuando escuchan, están dando y recibiendo feed-back acerca de lo conversado y de la relación que sostiene dicho diálogo. En este tipo de interacción, tanto los contenidos expresados como los aspectos relacionales cobran una gran importancia. Las palabras, los gestos, nuestra mirada…; nuestra manera de hablar, nuestro tono de voz, nuestros silencios…; el contexto donde tiene lugar la conversación…: todo ello forma parte de la diversidad y riqueza de códigos inherentes a esta manera de comunicarnos con los demás.

      Desde este nivel de análisis, desgranar lo que entraña conversar implicaría detenernos en estos códigos de comunicación, así como en su estructura dialogal. Supondría analizar ese ir y venir de palabras y silencios atentos, acompañados por todo nuestro lenguaje corporal, donde «hablar, charlar, narrar…» se hacen protagonistas, teniendo presente, como señala Martin Heidegger, que «escuchar es constitutivo del hablar»5.

      Pero conversar no sólo en su esencia es una manera de comunicarnos. Si nos centramos en lo que psicológicamente significa para nuestra vida, como veíamos en el apartado anterior, conversar constituye una de las experiencias humanas más tempranas y configuradoras de nuestro ser. No se reduce a una mera transacción o intercambio de palabras; es un proceso esencialmente volitivo, inherente a nuestra naturaleza relacional, cuya finalidad última es vivir la experiencia del Encuentro.

      Martin Buber nos recuerda que una vida verdadera es aquella que está cuajada de Encuentros en los que reconocemos nuestra humanidad. A través de éstos, vivimos la experiencia de ser visibles psicológicamente ante otros, de convertirnos en seres significativos, válidos, interesantes. No hay nada peor que privar a una persona de la escucha o de la palabra. Cuando lo hacemos, dejamos de reconocerle su dignidad. «No podemos ser verdaderamente humanos –dice Paulo Freire– sin comunicación… Impedir la comunicación es reducir a la gente al status de las cosas»6.

      Para vivir, todos necesitamos sentirnos vitalmente conectados a otros. Necesitamos ser mirados, atendidos, escuchados… y también poder mirar, atender y escuchar a los demás. Conversar es uno de los aprendizajes vitales que no tienen fecha de caducidad. Si bien en la infancia tiene una gran importancia en relación con nuestro modo de dar significado a lo que vivimos y somos, de adultos sigue siendo alimento de nuestro Ser. Las reuniones con los amigos, la sobremesa con los compañeros, la puesta al día con personas a las que no veíamos hace tiempo, el saludo amable al comenzar el día, manifestarnos sin temor a la crítica, las tonterías que nos decimos con la complicidad del cariño, las celebraciones familiares, las conversaciones alrededor de la mesa de la cocina…: todos ellos son encuentros que nos reconcilian con la vida, que nos obligan a crecer y a salir de nuestro egocentrismo. Ellos nos permiten sentir que formamos parte de la vida de otros y nos ayudan a levantarnos cuando las pérdidas, los fracasos, las enfermedades… hacen muy difícil nuestro caminar.

      Pero si todas las conversaciones fuesen experiencia de Encuentro, probablemente ahora estaríamos reflexionando sobre otro tema, y nuestra vida sería más habitable. El que hasta ahora me haya quedado en lo que las conversaciones «están llamadas a ser» no significa que todas ellas lleven el sello de calidad. Para que éstas sean Encuentros de Vida ha de darse una serie de condiciones básicas.

Condiciones noéticas7 del conversar

Cuando llegamos a este punto, solemos caer en el error de poner toda nuestra confianza y esfuerzo en el adiestramiento en una serie de habilidades y estrategias de comunicación. Creemos que si recibimos clases de oratoria, participamos en talleres de habilidades sociales y dominamos nuestro lenguaje no verbal, tenemos garantizado ser buenos conversadores. Si bien estos aprendizajes pueden ayudar, y en ocasiones son muy necesarios, sin embargo no son suficientes.

      Conversar es un proceso complejo que exige de nosotros no sólo ser hábiles en un conjunto de técnicas de comunicación, las cuales de poco servirían si no se asentaran en una serie de actitudes básicas que nacen de la dimensión noética de nuestro ser.

      Al igual que en la ciencia –señala Einstein–, es la teoría la que determina lo que podemos observar. En las relaciones humanas, es la dimensión noética la que puede convertir a los comunicantes en personas capaces de ser encuentro con los otros. En esta dimensión existencial se fraguan las condiciones básicas que hacen que nuestra manera de conversar sea experiencia de Vida. De ahí que inicie mi reflexión por éstas últimas.

Actitudes hacia el otro

Un deseo profundo de encuentro y de autotrascendencia

Aunque nuestra naturaleza nos obligue a relacionarnos, ello no significa que conversar sea un proceso natural y automático. Es cierto que no somos libres de comunicarnos: toda conducta es comunicación; pero sí somos libres para decidir cómo hacerlo. Para que nuestras conversaciones sean experiencias de encuentro es preciso que los interlocutores deseen realmente comunicarse, quieran salir de sí mismos y les interese conocer la realidad del otro. Conversar es fruto de una decisión personal e implica la voluntad de querer comprender y compartir lo que cada uno es.

Creer en el otro, reconocerlo valioso, considerarlo alteridad

Pero no sólo conversar es cuestión de querer; también nos exige concebir a los otros como sujetos, como alteridad. Difícilmente habrá una verdadera escucha si no consideramos al otro como alguien valioso. Si no creemos que su presencia, sus comentarios, su compañía… me pueden enriquecer, muy probablemente esa relación tendrá mucho de monólogo, ya que sólo nos interesará oír nuestra propia voz.

Reconocer al otro como diferente, respetando su individualidad

Reconocer al otro como alteridad ha de llevarnos necesariamente a respetarlo y reconocerlo como diferente y a vivir el diálogo como un encuentro de individualidades. Quizá sea ésta una de las condiciones que más dificultades nos genera cuando la diferencia se hace presente en el desacuerdo, en la toma de decisiones o en la manera en que tenemos de interpretar lo que nos ocurre. Aunque «lo que nos separe –como expresa Margaret Wheatly– no sean las diferencias, sino los juicios que hacemos unos de otros»8, nos asusta el sentirnos confrontados por otra manera de ver y vivir las cosas. El fantasma del cambio nos amenaza. Cambiar… nos produce vértigo.

      Conversar, como nos recuerda Francesc Torralba, nos lleva a no esclerotizarnos; nos hace cosmopolitas… «Nunca jamás regresamos al lugar donde estábamos después de haber dialogado auténticamente –dice Torralba–; lo cual no significa que hayamos dimitido de nuestras convicciones, sino que las vemos desde una nueva perspectiva. Somos más críticos, más profundos, más flexibles»9.

Una actitud honesta y comprometida

Después de haber dialogado auténticamente…, realmente nuestros encuentros se hacen significativos cuando nos manifestamos en verdad. Esto no significa que tengamos que expresar al otro todo lo que pensamos o sentimos sobre él o sobre lo conversado; relacionarnos con autenticidad implica una coherencia y fidelidad a uno mismo y a la palabra dada.

      Sin embargo, hoy parece que las palabras ya no nos comprometen. Se da por hecho que uno puede decir lo que sea, porque después va a hacer lo que le dé la gana. La falta de coherencia y honestidad en el hacer de quienes las pronuncian, aunque ya no nos escandalice, sigue teniendo su precio en las relaciones humanas: nos hace dudar del compromiso que subyace a la palabra e ir perdiendo la fe en lo que podemos esperar de los demás. No debería extrañarnos que nuestra era postmoderna se identifique con el vacío. Como expresa Alejandro Rocamora, «ya no se contrapone el sentido al sinsentido; la tercera vía es la apatía, la indiferencia; nada importa, todo tiene sentido y al mismo tiempo es un sinsentido»10.

Actitudes hacia uno mismo

Hasta ahora nos hemos centrado en analizar qué posición o actitud existencial ante los demás conlleva la promesa del encuentro. Pero ésta difícilmente se hará realidad si no sabemos convivir dentro de nuestra propia piel.

Reconocernos dignos, competentes, valiosos

La imagen y valoración que tenemos de nosotros mismos condiciona mucho nuestra manera de conversar con los demás. Cuanto menos nos valoramos, tanto más dependientes nos volvemos de la mirada y la aprobación ajenas. Fácilmente sacrificaremos nuestra individualidad, intentándonos acomodar a los intereses de los otros; pero esta renuncia no acallará nuestra inseguridad. Seguiremos atrapados en el «qué dirán», en querer agradar, en procurar no molestar…

      Conversar conlleva hacernos presentes, escuchar, hablar, opinar, diferir… Si dudamos de nuestra valía, si nos creemos poca cosa, si tememos que nos conozcan…, muy probablemente acabaremos relacionándonos poco, o haciéndolo bajo una falsa identidad en la que camuflar nuestros miedos y nuestra soledad. Por el contrario, si confiamos en nosotros mismos, si abrigamos un sano amor por lo que somos, incluyendo nuestros límites, viviremos con gran disfrute el poder compartir nuestra historia con otros. Nos arriesgaremos a pensar autónomamente, a respetar y defender nuestras convicciones, a ser fieles a lo que somos y a nuestros compromisos.

Intentar ser congruentes, auténticos, transparentes

Carl Rogers, uno de los psicoterapeutas humanistas más importantes del siglo pasado, planteaba que para él la cualidad más esencial que un terapeuta ha de adquirir es la autenticidad. Sin ésta, insistía, difícilmente tendrá lugar un encuentro capaz de sanar.

      La autenticidad no sólo significa manifestarse ante el otro desde lo que uno es; implica fundamentalmente una manera de estar y de ser con uno mismo. Las personas auténticas son aquellas que se conocen a sí mismas, que saben cómo les afecta la vida y disciernen cómo la quieren vivir. Para ellas, el respeto hacia sí mismas y hacia los demás pasa necesariamente por intentar ser congruentes e íntegras. Lo que dicen y lo que hacen no está alejado de lo que piensan y son. Su presencia, sus palabras, su estar… tienen una gran consistencia.

      Cuando la autenticidad forma parte de quienes conversan hasta sobre lo más anodino, tiene un carácter sanador. Nos ayuda a confiar en la gente y nos anima a relacionarnos desde el SER.

Una vida interior fecunda

«¿Cómo dialogar si no vivimos lo vivido? ¿De dónde extraer palabras significativas si previamente no están incorporadas al magma de nuestra interioridad, donde cobran dinamismo, sentido y alteridad?»11. Con estos interrogantes, Norberto Alcover nos sitúa en uno de los pilares fundamentales del conversar. Si no sabemos quiénes somos, cómo nos sentimos ante la vida, qué pensamos de las cosas, cuáles son nuestros gustos, con quiénes queremos estar o qué es lo que nos ayuda a vivir…, difícilmente podremos establecer conversaciones en las que nos sintamos realmente implicados. Para que nuestras palabras nombren nuestra verdad necesitamos silencios en los que hacernos preguntas significativas. Necesitamos reservar espacios de soledad en los que integrar lo vivido.

      «El silencio –dice Torralba– es la condición previa de toda palabra dicha con sentido»12. Necesitamos esos ratos de interiorización, no sólo para hacernos conscientes y presentes en las palabras que pronunciamos, sino también para poder ir vaciándonos de todo lo superfluo y, de ese modo, hacer un espacio para acoger a la persona con la que queremos conversar. Sin este espacio la escucha no tendrá lugar.

Una vida en la que los demás tengan cabida

Por último, aunque parezca obvio, hemos de recordar que para conversar se necesita «tiempo». Muchas conversaciones por las que uno ha decidido que tiene sentido vivir empezaron con encuentros fortuitos, cotidianos, anónimos. Por mucho que valores, respetes, desees conocer al otro, si no tienes tiempo para Estar, tampoco lo llegarás a tener para Ser.

      Para conversar necesitamos estar física y psicológicamente disponibles, accesibles y receptivos. Todo ocupa lugar: uno mismo, la familia, el trabajo, los amigos, la injusticia y el sufrimiento en tantas partes del mundo, nuestras preocupaciones… Si no disponemos de tiempos y espacios vitales, difícilmente podremos encontrarnos con los demás.

Destrezas necesarias para conversar

Imaginemos que tenemos tiempo, que nuestro interior no está saturado de preocupaciones, que en nosotros se da un profundo deseo de acoger, comprender y participar en la vida de los otros desde lo que somos; imaginemos que nuestra autoestima está más o menos saneada, que respetamos la individualidad de los demás y que no equivocamos las diferencias con la descalificación. Si bien estas condiciones nos capacitan para ser unos buenos conversadores, sin embargo no nos garantizan que lo seamos. No sólo para conversar se requiere una disposición existencial; también hemos de saber desarrollar una serie de destrezas y estrategias de comunicación.

La destreza de escuchar

Aunque la palabra sea la gran protagonista de nuestras conversaciones, ésta se perdería en el vacío si no la escucháramos.

      Escuchar es una de las destrezas comunicacionales más complejas y exigentes. A diferencia de «oír», el escuchar es un proceso esencialmente psicológico, volitivo y activo. Para escuchar no sólo se requiere una determinada disposición interior, sino un saber hacer.

      Dice Martin Buber: «cuando venimos de un camino y encontramos a un ser humano que llega hasta nosotros y que también venía de un camino, nosotros conocemos solamente nuestra parte del camino, no la suya, pues la suya únicamente la vivimos en el encuentro»13.

      Como veíamos en el apartado anterior, escuchar conlleva una preparación. Supone estar abiertos a la experiencia del otro, hacer un espacio interior para poder acoger aquello que nos quiere comunicar. Implica un cierto vaciamiento y olvido de nosotros mismos y ser muy conscientes de que para comprenderlo hemos de dejar a un lado nuestra manera de ver la realidad, intentando ponernos en su lugar.

      Una de las principales fuentes de los malentendidos y los problemas de comunicación se deriva de creer que todos percibimos la realidad del mismo modo y que, por tanto, hay una sola manera de interpretar la vida, que suele coincidir con la nuestra. Pero, al igual que un mapa de carreteras no es la carretera misma, sino una representación de ésta, toda persona, cuando percibe la realidad, no llega a captarla tal y como es; nuestra naturaleza cognitiva y vital nos lleva a darle un significado en función de nuestros valores, educación, edad, sexo, cultura, familia, religión, experiencias personales…14 Sólo habrá escucha si intentamos empáticamente comprender lo que el otro nos está diciendo desde su marco de referencia, dejando a un lado nuestros prejuicios y esa facilidad de juzgar y criticar que tan a menudo tenemos.

      Por último, saber escuchar también requiere que estemos familiarizados con los diferentes lenguajes con los que conversamos.

      Tanto cuando hablamos como cuando callamos, todo nuestro ser se expresa. El lenguaje verbal es aquel en el que las palabras son las protagonistas. A través de ellas transmitimos lo que pensamos, explicamos lo que nos ocurre… El lenguaje verbal nos resulta muy útil para expresar con precisión y claridad ideas, conceptos, opiniones; sin embargo, no suele ser tan válido cuando lo que queremos comunicar es nuestro mundo emocional. Si en nuestras conversaciones queremos captar cómo se está sintiendo nuestro interlocutor con lo que dice y con nosotros, tendremos que escuchar y descifrar todo aquello que acompaña a la palabra: su tono de voz, sus silencios, su mirada, sus gestos, su postura corporal…

      El lenguaje no verbal es la vía privilegiada para expresar nuestra afectividad y para crear, alimentar y cuidar las relaciones que establecemos con los demás. A través del rostro, la mirada, el tono de la voz, las pausas, la postura corporal… estamos continuamente enviando información acerca de cómo nos sentimos, cómo nos encontramos con las personas con las que estamos en ese momento, y qué opinamos realmente de lo que estamos hablando. El lenguaje no verbal colorea y da sentido y profundidad a las palabras15. Como indica Becvar, «ninguna palabra significa exactamente lo mismo para dos personas»16. El significado último de las palabras reside en la persona que las pronuncia.

Destreza de hablar

Aunque seamos animales de palabras, y el hablar aparente una gran sencillez, la realidad es que son muchas las personas que viven una gran angustia cuando tienen que tomar la palabra. Se encuentran sin vocabulario, no saben de qué hablar ni cuándo es adecuado intervenir o terminar de hacerlo. Si todavía no han salido de su egocentrismo o son muy narcisistas, probablemente apenas dejarán que los demás participen en la conversación; y si tienen poca confianza en sí mismos, el temor a ser inoportunos o poco interesantes les dejará sin voz.

      Los buenos conversadores, como veremos en el siguiente apartado, saben que, dependiendo del momento, del contexto, de la persona con la que conversamos, se ha de realizar un tipo u otro de conversación: el contenido, la implicación, el grado de intimidad… serán diferentes.

      Los buenos conversadores son aquellos que no sólo hablan de lo que les interesa, sino que intentan encontrar temas en los que los otros puedan participar. Si bien suelen llevar el peso de la conversación, tendrán mucho cuidado de no acaparar el diálogo. Sugerirán, preguntarán, escucharán…, facilitando así que los demás se expresen y compartan su historia.

      Por último, hemos de recordar que no siempre es oportuno conversar. Por mucho que deseemos dialogar con otra persona, es importante que antes de iniciar una conversación hayamos evaluado si es el momento y el lugar adecuado. Para expresarnos de manera significativa necesitamos un espacio, un silencio, un clima idóneo. Por otra parte, también hemos de darnos cuenta de cómo nos encontramos en ese momento. A veces, nuestro cansancio, nuestro cuerpo, nuestro estado emocional… no son los adecuados.

Maneras de conversar

Para acabar esta reflexión me gustaría detenerme brevemente en las diferentes maneras de conversar. En ellas se sintetiza todo lo que hemos ido desbrozando a lo largo del artículo. Todas y cada una ellas tienen su sentido y su porqué. Aunque no tengan el mismo grado de implicación y profundidad, sin embargo cada tipo de conversación tiene un sentido psicológico que me gustaría rescatar.

      Podemos distinguir cinco tipos de conversación, en función del grado de transparencia, autorrevelación e implicación personal de los comunicantes y de la profundidad de lo conversado.

Las conversaciones «tópicas»

Estas conversaciones forman parte de los encuentros fortuitos y/o rutinarios con el vecino, con el quiosquero, con las personas con las que coincidimos en el ascensor… En ellas se suelen emplear muchos «clichés», o frases estereotipadas. El grado de implicación personal y de profundidad de lo manifestado es mínimo; sin embargo, tienen un sentido existencial. Cada vez que saludamos o nos saludan, nos estamos reconociendo como humanos, adquirimos y alimentamos nuestro sentido de pertenencia, y a aquellas personas a las que les cuesta mucho la relación les hacemos sentir que pueden vincularse con otros y salir de su aislamiento.

Las conversaciones «sociales»

Esta clase de conversaciones suele darse entre conocidos o amigos. En ellas se habla de todo y de nada; lo que se dice no suele tener una gran trascendencia; lo que buscamos es pasar un rato agradable, ameno, distendido, disfrutando de la compañía de los otros. Esta manera de conversar nos conecta con la cara amable de la vida, alimenta en mayor grado la vivencia de ser parte de un todo mayor que uno mismo, y gracias a tal vivencia vamos decidiendo qué personas merecen nuestra confianza y con quiénes es preferible no estar.

Las conversaciones de «opinión»

En estas conversaciones no sólo hablamos de lo ajeno, sino que empezamos a expresar nuestras opiniones, ideas, puntos de vista… El grado de implicación personal y de compromiso con lo dicho es mayor, y la vivencia de vulnerabilidad ante el otro se hace más presente. En este tipo de conversaciones desarrollamos nuestra capacidad de pensar autónomamente y de ser fieles a nuestras creencias.

Las conversaciones «emocionales»

En estas conversaciones no sólo verbalizamos lo que pensamos, sino que además expresamos lo que sentimos. El grado de autorrevelación y de transparencia aumenta. Estas conversaciones nos ayudan a ser más conscientes de cómo nos afecta la vida. Nos hacen conocernos mejor. Nos dan la oportunidad de conectar con el significado no siempre consciente de lo que queremos decir. Conversamos desde este nivel de profundidad con aquellos que nos quieren bien, que saben dignificarnos con su mirada y con sus comentarios, aunque éstos no coincidan con nuestra manera de ver la realidad.

Las conversaciones «íntimas»

En esta manera de conversar, uno se manifiesta tal y como es, verbalizando aspectos de sí mismo muy íntimos y personales. El grado de vulnerabilidad de este tipo de conversaciones es muy elevado. La experiencia del «nosotros» cobra un significado especial de comunión y entrega; «nos lleva a lugares en los que no hemos estado antes y a los que no podemos ir solos»17.

      Reconocimiento, pertenencia, celebrar la vida; sentirnos capaces de pensar autónomamente, desarrollar nuestra individualidad, vivirnos aceptados y queridos desde nuestra desnudez… Cada conversación tiene su porqué, su ritmo y su proceso. Para llegar a conversaciones más profundas e íntimas hemos de recorrer el camino que se inicia en lo cotidiano y en lo aparentemente superficial.

Habitar la vida en compañía de otros

«Para cambiar las cosas –afirma Wheatly– no es preciso que todos tengamos las mismas respuestas, sino que estemos dispuestos a hacernos las mismas preguntas»18.

      Quizá si todos dedicáramos más tiempo a reflexionar sobre «cómo habitamos nuestra vida», nuestro conversar tendría otros contenidos, otros protagonistas, otra calidad. Probablemente seríamos más conscientes del valor que encierra esta manera de comunicarnos y de la repercusión que tiene no sólo para uno mismo, sino también para todos aquellos que nos invitan a compartir sus vidas y a anidar en su interior.

      Cuando los chinos ven a los occidentales tomar el té, suelen sentir una mezcla de indignación y pesar. Se quejan de que no sabemos prepararlo, de que no cuidamos los detalles ni dejamos el tiempo suficiente para que el té suelte todo su aroma. Encontrarnos con los demás es una experiencia que, como el té, requiere su tiempo, su espacio, su ritmo. Nuestra naturaleza relacional continuamente nos ofrece oportunidades para conversar; depende de nosotros hacerlas banales o convertirlas en experiencia de Vida. 

*      Miembro del Consejo de Redacción de la revista Sal Terrae. Profesora de Psicología en la Universidad Pontificia Comillas. Madrid. <anamina@chs.upcomillas.es>

1.     R.A. Spitz, «Hospitalim»: Psychoanal. Study Child. 1 (1945), 53-74; «Anaclitic depression: an inquiry into the genesis of psychiatric conditions in early childhood. II»: Psychoanal. Study Child. 2 (1946), 313-342; R.A. Spitz – K. Wolf, «The Smiling response: a contribution to the ontogenesis of social relations»: Genet. Psychol. Monogr. 34 (1946), 57-125.

2.     R.A. Spitz, The First Year of life, International Universities Press, New York 1965, pp. 268-269.

3.     Ibid., p. 269.

4.     Diccionario de la Real Academia Española, 22ª Edición, Madrid 2001.

5.     M. Heidegger, El ser y el tiempo, FCE, Madrid 1967, p. 34.

6.     P. Freire, Pedagogy of the Oppressed, Herder and Herder, New York 1970, p. 123.

7.     «La dimensión noética representa la dimensión más noble y trascendente de la persona y la define en su núcleo más profundo. Es el término que utilizan V. Franck y la logoterapia. Sus manifestaciones principales son los valores superiores, la libertad, la responsabilidad personal, el amor, el sentido existencial, la autotrascendencia»: J. Madrid, Los procesos de relación de ayuda, DDB, Bilbao 2005, p. 64.

8.     M. Wheatly, El pico del Quetzal. Sencillas conversaciones para establecer la esperanza en el futuro, DDB, Bilbao 2004, p.59.

9.     F. Torralba, «Dar la palabra al huésped inquietante»: Crítica 938 (2006), p. 31.

10.   A. Rocamora, «Crisis, vínculo y resiliencia»: Miscelánea Comillas 62 (2004), p. 491.

11.   N. Alcover, «La vida secreta de las palabras»: Crítica 938 (2006), p. 13.

12.   F. Torralba, El silencio, un reto educativo, PPC, Lleida 2001, p. 24.

13.   Citado por C. Díaz, «La intencionalidad tú-yo»: NOUS. Boletín de logoterapia y análisis existencial 5 (2003), pp. 77-99.

14.   A. García-Mina, «Actitudes básicas para el diálogo»: Crítica 938 (2006), p. 26.

15.   A. García-Mina, «La comunicación no verbal en el aula», en (Torralba, Prieto y García-Mina) Profesores en forma, FAE, Madrid 2006, pp. 77-94.

16.   R.J. Becvar, Métodos para la comunicación efectiva. Guía para la creación de relaciones, Limusa, México 1978, p. 77.

17.   J.D. Chittister, La amistad femenina, Sal Terrae, Santander 2007, p. 14.

18.   M. Wheatly, op. cit., p. 79.

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