La liberación de la mujer


Un ejemplo de liberación de la mujer es la ocupación de puestos de trabajo que tradicionalmente eran ocupados por el varón.

El caso de hoy es el de… conductor de autobús. El autobús es un vehículo que sirve para transportar a varios viajeros, urbana o interurbanamente, en superficie.

Conducir un autobús es una profesión que requiere grandes dosis de habilidad, gestión de tiempos -apertura y cierre de puertas-, gestión de espacios -giros en calles estrechas, detención del autobús frente a las paradas-, cálculo -entrega del cambio a los viajeros, cuadre de caja-, puntualidad, paciencia -para atender a los requerimientos de los viajeros, aguantar a los gamberros habituales- y autoridad -para echar del autobús al gamberro extraordinario, para no detener el autobús cuando no se debe, etc.

La profesión, como todas, genera una serie de deformaciones “profesionales”: agresividad por estar sometido al tráfico de la ciudad, brusquedad con los viajeros y los movimientos del autobús, prepotencia con los demás conductores, crueldad con las situaciones que requieren piedad, etc.

Viene el “noeseso” (machista me dirán: alegría, diré yo): cuando quien conduce es una mujer, yo no sé por qué (será porque de una mujer se esperan menos deformaciones que de un hombre; quizá porque se les exige más; o porque el canon estético les requiere esbeltez y elegancia en su comportamiento, más dulzura, más reflexión, más educación), uno se puede decepcionar más rápido. Uno o una, porque si lo ve una viajero, seguro que su decepción es también más rápida y mayor que si se lo ve hacer a un varón.

Uno, probablemente, exige menos pericia al conducir a la mujer, probablemente porque tiene el prejuicio de que mira menos el retrovisor que el varón. Pero uno lo que exige de la mujer, más intensamente que del hombre, es que no sea macarra. Que no dé los bocinazos del hombre, sus frenazos, que no insulte a los conductores, les eche las luces o les cierre en las curvas intencionadamente.

Noeseso será llamado machista pero, cuando viaja en autobús y ve que un varón lo hace, siente simplemente compasión. Siente que ahí hay poco que hacer, que aquello está en grado de evolución 1 sobre 10 (sí, como el mono).

Pero cuando eso lo hace una mujer (rescoldos de la educación religiosa y la hiper-veneración a la Virgen María: recordemos que a los santos les corresponde la dulía y a María la hiper-dulía), uno siente primero incredulidad y luego gran decepción. Si la mujer, alguien en quien se puede tener grandes esperanzas de sentido común, hace eso… sólo cabe agarrar el extintor y empezar a romper ventanas. Para que el engendro que bien repartido en el cuadro…

Mujer liberada… de la argolla del circo.

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