Vivir es atender. Atender es limitarse.


Lo dijo García Morente, y lo he leído en un libro suyo sobre la filosofía de Henri Bergson. Se refiere a la selección que hace el cerebro, eliminando los recuerdos impertinentes para quedarse sólo con los pertinentes, “acaso a lo más grato e íntimo de nuestro ser”.

La frase merece horas de reflexión.

Puede aplicarse a la ética vital, en el sentido del compromiso de vida, en cualquiera de sus manifestaciones, se esté donde se esté, se haga lo que se haga.

También cabe decirlo del trabajo, entendido como concreción del esfuerzo en un punto y renuncia a tocar -acaso no a considerar- las demás posibilidades, evitando veleidades, siempre tan dañinas.

Sería un Noeseso frente a la ideología dominante, que estima que vivir es lo contrario a limitarse: vivir es el desparramarse. En lo espiritual -“soy ecléctico”-, en lo psíquico -“mi hijo tiene déficit de atención en clase”- y en lo físico -“me gustan todas”. ¿Se puede educar la atención?

De ahí que la contención, su opuesto, y su materialización en el abrazo, alberguen tanta vida y sean un sencillo método de recuperarla cuando se ha perdido, como mi esposa se encargó de enseñarme.

De ahí que la clausura, que parece a unos “ojos sin fondo” una actitud inerte, parezca en realidad, para quien la “vive” como Vida, la mayor actividad posible. La actividad por antonomasia -que coincide con la máxima quietud externa. Una película que puede dar cierta pista de ello es Die Grosse Stille (El gran silencio).

Allí se mencionan unos versículos del libro primero de los Reyes. Vienen a decir algo así: “Una tarde el profeta oyó una voz que le anunciaba: «El Señor va a pasar.» Y el profeta salió para esperarle. Y vino un huracán tan violento, que descuajaba los montes y hacía trizas las peñas. Pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento vino un terremoto. Pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto vino un fuego. Pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego se oyó el susurro de una brisa suave. Y, al oírlo, Elías se tapó el rostro con el manto.»

Acabo con poesía, por supuesto de otro, que también entiende que vivir es atender: Jaime Ferrán

VIVIR

Vivir es la costumbre de ir muriendo,
de no saber morir. Es la costumbre.
Un pájaro de fuego cuya lumbre
abrasa el alma mientras va cayendo.

Vivir es atender desatendiendo
la llanura por ir hacia la cumbre.
Es inquirir entre la muchedumbre
la senda que se irá desvaneciendo.

Es búsqueda y hallazgo a cada paso
para seguir buscando y encontrando
la misma aurora, el sol, el mismo ocaso.

Es poder descansar sin saber cuándo.
Sin saber. Aquí. Siempre. En cada caso
para seguir muriendo y esperando.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Cine, Pensamiento, Personas / jes, Religión. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s