Foto real


Fue el vuelo a Estambul provechoso, y una de las cosas que me llamó la atención fue la foto que adjunto, tomada de la revista de Iberia. Debajo del señor implantado de cabellos aparece un pie de foto: “Foto real.”, dice.

A vueltas con realidad y nuestra capacidad de aprehenderla, con el tema de la percepción rondando, se me agolpaban las ideas.Y adjunto lo que Morente escribe sobre Begson:

” (…) Examinemos detenidamente la hipótesis psicofisiológica y veamos si realmente es lo que pretende ser: una mera comprobación de hechos, o si no se excede, más bien, y afirma más de lo que los hechos autorizan.

En esa hipótesis encontramos implícito un postulado tan general en toda la filosofía moderna que difícilmente se hallaría una oposición decidida a él. Este postulado es que las imágenes que percibimos no son las cosas mismas, sino una representación de ellas. Las opiniones empiezan a divergir cuando se trata del valor y el sentido de esa representación. Unos, como Berkeley, afirman que a nuestra representación no corresponde ninguna realidad más. Otros piensan que, si bien corresponde una realidad a nuestra representación, es una realidad totalmente diferente. ‘Pero todos coinciden en la idea fundamental de que el mundo de cosas que vemos no es más que la traducción que nuestro sistema nervioso hace de las conmociones, de las excitaciones que experimenta.

Este postulado tan unánimemente admitido, parece, sin embargo, a primera vista extraño y paradójico. El sentido común se rebela contra él. El sentido común piensa que las imágenes de las cosas son las cosas mismas. ¿Decís que el mundo exterior es una mera representación, engendrada por movimientos cerebrales? Pero entonces, replica el sentido común, estos movimientos cerebrales serán también imágenes pertenecientes a esa representación del mundo exterior. Mas ¿cómo una parte puede engendrar el todo? Admitir que el mundo sensible es un engendro del cerebro, es admitir que el cerebro —parte del mundo sensible— es un engendro de sí mismo. Lo incomprensible del aserto está patente.

M. Bergson se ha esforzado en demostrar que el sentido común en esto tiene razón. La filosofía contemporánea parece que se dispone también a devolver a nuestra imagen de las cosas la plena objetividad, la realidad que le fue sustraída. En el primer capítulo de Materia y memoria se intenta con fortuna la superación de las teorías opuestas llamadas comúnmente realismo e idealismo, las cuales, en la filosofía moderna, han defendido con fines diferentes el mismo postulado fundamental.

He aquí lo ocurrido. La ciencia física, para conquistar ese rigor, esa exactitud de que con justicia se enorgullece, tuvo que prescindir de las cualidades puras de las cosas y atenerse a los conceptos matemáticos de la cantidad. El rigor científico no se obtiene más que midiendo y calculando; ahora bien, las cualidades, las sensaciones son rebeldes al cálculo y a la medida. Así, pues, la física nos proporcionó del mundo una visión abstracta y matemática, enteramente distinta de la visión concreta y matizada que nos ofrece la intuición sensible. ¿Cuál de las dos visiones es la real? ¿Cuál de las dos es la causa de la otra? La filosofía llamada realista intenta partir de la visión científica para deducir de ella la visión sensible, como producto o resultado subjetivo. La filosofía llamada idealista quiere, en cambio, partir del sujeto para fundar la objetividad.

A esta oposición del idealismo y del realismo llegamos también por otro camino. Considero mi persona, mi cuerpo, como un cuerpo entre otros muchos que constituyen el universo. Mi cuerpo recibe la acción de otros cuerpos y devuelve una acción sobre ellos. Entre esas acciones y reacciones, algunas hay que consisten en percibir los cuerpos circundantes por medio de unos nervios y en devolverles por medio de otros nervios movimientos adecuados a esas percepciones. Supongamos ahora seccionados todos los nervios centrípetos. El mundo sigue como estaba. Mi cuerpo, en cambio, queda imposibilitado para percibir los demás cuerpos; ya no recibe acción de ellos y no puede, por lo tanto, devolverles movimiento alguno. Esta incapacidad de mi cuerpo suprime, para mí, el universo. Pero no lo suprime en sí, pues el universo sigue su curso natural sin necesidad de que yo lo perciba y reaccione a esa percepción.

Así, pues, eso que, en general, llamamos el mundo, es susceptible de concebirse y ordenarse en dos órdenes diferentes. Según uno de esos dos órdenes, yo soy el centro del mundo; todo está situado en torno mío; la más leve lesión de mi cuerpo varía y transforma el todo universal; las cosas en torno mío existen en cuanto yo las percibo; las cosas son mi percepción, mi representación. En cambio, según el otro orden, el mundo descansa sobre sí mismo y mi existencia o mi aniquilamiento particular no alteran en nada su curso; el mundo tiene sus leyes propias; las cosas son cada una un centro y mantienen con las demás cosas un comercio de acciones y reacciones proporcionadas. El primero de estos dos órdenes es el orden o sistema subjetivo, el de la conciencia; el segundo es el orden o sistema objetivo, el de la ciencia. ¿Cuál de los: dos es’ el real? ¿Cuál de los dos es la causa del otro? El realismo trata de deducir el sistema de la conciencia del sistema de la ciencia; el idealismo quiere, por el contrario, partiendo del sujeto, fundar la objetividad. Ambas teorías, empero, tienen por corolario la correspondencia, el paralelismo de los dos órdenes. Para la una el orden de la conciencia es el primero y el de la ciencia procede de aquél; para la otra la conciencia se deriva de la ciencia. Pero en todo caso la hipótesis del paralelismo psicofisiológico halla su base y fundamento en cualquiera de esas dos metafísicas opuestas.

Pero ¿qué valor tienen esas metafísicas? Van combatiéndose continuamente en la historia de la filosofía, jugando sin cesar un partido que pierden alternativamente una y otra. Su problema, su empeño, es reducir a uno solo los dos órdenes, el del mundo sensible y el del mundo matemático. Pero la verdad es que esos dos mundos son irreductibles uno a otro porque no se implican uno a otro y cada uno de ellos se basta a sí mismo. Así resulta que esas opuestas metafísicas se ven obligadas a adoptar la solución simplista, que consiste en negar la realidad de uno de los dos órdenes.

Mas los dos órdenes, ¿no podrían coexistir ambos y poseer ambo® la plena realidad, la total objetividad? Algo hay que, al parecer, se opone a ello. Es simplemente un principio fundamental de lógica, según el cual de una cosa no puede haber conocimientos opuestos; uno de los dos será verdadero y el otro falso. Ahora bien, aquí hay en presencia dos visiones, dos conocimientos del mundo. Si el conocimiento científico, matemático, es el verdadero, el sensible deberá ser falso sin remedio. No hay avenencia ni coexistencia posible. Hay, pues, que elegir.

Pero esos conocimientos opuestos que, en efecto, plantean un dualismo insoportable, ¿son efectivamente conocimientos? He aquí un problema que las metafísicas no se han planteado. Admiten sin discusión previa, sin duda ni recelo alguno, que la percepción es un conocimiento puro, que cuando percibimos una cosa, este acto es simplemente la adquisición de un saber acerca de esa cosa, de un saber desinteresado, de un saber fiel _y exacto. Toda la cuestión está aquí, en lo que se entienda por percepción. Si la percepción es el acto especulativo por el cual se inscribe en el espíritu la imagen desinteresada de una cosa, entonces el dualismo entre el conocimiento científico y el conocimiento sensible, se hace insostenible, insoportable, y hay que optar por una u otra metafísica con todos sus inconvenientes. Pero si la percepción no es conocimiento puro; si la percepción se considera sólo como una acción destinada a solicitar una reacción útil para el ser que la realiza; la percepción es un impulso a la acción más que un elemento de conocimiento, entonces por su naturaleza misma se distinguirá del conocimiento y entonces no nos podrá extrañar ni desazonar la coexistencia de ambos órdenes, porque uno será el del conocimiento y otro el de la acción. La armonía, el paralelismo entre la conciencia y la ciencia, entre el espíritu y la materia, se explicará entonces fácilmente, sin necesidad de admitir que uno sea la reproducción o la traducción del otro en otro lenguaje. «Siendo sus funciones distintas, podrán ser complementarias.

Todas las dificultades en que se revuelven las metafísicas del paralelismo provienen, pues, de que consideran la percepción como un conocimiento. Pero la verdad es que la percepción no tiene por objeto conocer, sino hacer. No tiene interés especulativo. No viene a decirnos lo que las cosas son. Su misión es simplemente la de preparar la acción, la de discernir en el conjunto de los objetos, la acción posible de mi cuerpo sobre ellos. El cuerpo posee un sistema nervioso sensitivo. A éste corresponde un sistema motor. Las conmociones nerviosas que me transmiten una percepción son preparaciones, indicaciones de la respuesta activa que mi cuerpo va a realizar. La percepción me llama a la acción y me indica la acción posible y conveniente. Pero entre la percepción sensible y la respuesta activa queda, sin embargo, un margen de elección posible. El papel del cerebro no es otro que el de hacer uso de ese margen. El cerebro prepara y dispone la reacción voluntaria; la inhibe, si conviene, dejando la percepción sin respuesta, o la arregla del modo más rápido, cómodo y útil para el sujeto.

A esta percepción, por decirlo así, pura, se añaden, mezclándose con ella, diversos elementos. En primer lugar, el afecto. A medida que la distancia entre el objeto percibido y el propio cuerpo decrece, la acción posible de mi cuerpo sobre el objeto se hace más urgente, más inminente; cuando esa distancia queda anulada, entonces el objeto percibido es mi propio cuerpo y la acción ya no permanece en lo posible, sino que se realiza sin demora. Esa reacción inmediata es el dolor. Por eso nuestro cuerpo es percibido al mismo tiempo como un objeto exterior y como una sensación afectiva de placer o dolor. Este interés sentimental y afectivo que atribuimos siempre a un objeto, se mezcla con su percepción y la matiza diversamente.

Pero, además, en la percepción ponemos otra cosa: ponemos los recuerdos del pasado. En el presente —la percepción— empujamos, por decirlo así, todo nuestro pasado, y así el instante de ahora queda -henchido de los instantes múltiples que fueron, cargado de ese peso y en cierto modo teñido del color que los recuerdos tienen; y al mismo tiempo la acción, inminente respuesta a la percepción, se halla enriquecida, abreviada, automatizada por ese tesoro de percepciones pasadas que acuden al momento; grana, pues, en eficacia y utilidad práctica.

El fundamento sobre que se apoyaba todo el sistema de la correspondencia psicofisiológica es, como hemos visto, una metafísica, una metafísica incierta y vacilante. Ya esto basta para que no podamos avenirnos a considerar esa correspondencia como una simple comprobación de hechos experimentales y de observaciones precisas. Hay más en ella: hay una idea preconcebida que sostiene toda la teoría. La hipótesis psicofisiológica es más metafísica que experimental. (…)”

Así pues, mientras el bueno de Bergson pelea con la percepción, los señores de la publicidad se ven obligados a escribir en el pie de la foto: “foto real”. Ya no es que nuestro ojo perceptor nos engañe y distorsione, imperfecto y desleal, lo que el mundo le impresiona en su retina: es que el mundo nos lo están cambiando. Tanto, que nos tienen que advertir que la foto que vemos es real, no retocada: dando por supuesto que nuestro ojo ve bien, ahora la cuestión está en lo que ve: en transmitirnos que lo que vemos no es falacia, que no lo han retocado para nosotros.

No hablamos de las películas basadas en “hechos reales” -lo cual es indiferente al cine: lo extraordinario del cine es que una sucesión de fotogramas, todos reales, semejan movimiento y duración, como le gusta decir a Bergson.

Lo extraordinario del momento, de esa foto en la revista, o de los fotogramas del cine, es que sus autores nos están tratando de generar, ahora, en esta época post-sí-misma, confianza en ¿el objeto?

Tan al ombligo (o a la lente del ojo) se miraba el sujeto racionalista e idealista que acabó por olvidarse de la realidad, del objeto. La dejó estar. Ahogado en sí mismo, agarrado a la certeza de que no hay certezas, temblando porque su yo puede ser un sueño, los demiurgos encima le han ido moviendo el decorado -con el auxilio de la técnica, por supuesto.

Ahora levanta de nuevo su mirada temblorosa, emanada de un yo vacilante, y lee: “Foto real.” La dificultad es doble: antes el ojo miraba al objeto. Ahora hay una fotografía en medio de los dos. La foto, el fotograma (intermediario con el objeto) duplica la angustia: las posibilidades (amada probabilidad y estadística, ramales que se alejan de los polos de la verdad) son muchas: objeto real + foto real; objeto no real + foto real; objeto no real + foto real; objeto y foto no real.

“Foto real”, advierte la revista.

Pero no es eso. “Gracias por advertirlo, pero noeseso”, respondería yo. “Ahora llega la venganza”, matizaría yo…, ¿real?.

PD: Por cierto, hoy es el día mundial de la justicia social. Amenazo con hablar de ello, durante cierto tiempo.

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