De tu voto depende


Hombre, no es eso. Como mal menor, pues quizá sí. Como civilización bricómana, del “estoloarreglamosentretodos”, pase. Pero en realidad no.

¿Cómo le va usted a decir a un chaval que el que nazca o sea loncheado depende de un voto? Ni con semanas de vida le puede caber en la cabeza. Deteniendo leyes, o comprando embarazos para que lleguen a término, es cierto que algo “arreglamos”, pero como el que, ante un olmo podrido por dentro, se dedica a quitarle las hojas secas de la copa.

Es claro que en el momento en que la Vida es un asunto debatible -porque el lugar total ha sido ocupado por el Estado- depende de votos. Pero, aun asumiendo esta situación fáctica, debiéramos hacer una reflexión básica. Como el hamster: obviamente tengo que correr en la rueda para no caerme, pero… ¡menuda gilipollez esto de estar subido en una rueda todo el día!

Así pues, el que una madre no mate a la criatura que se le ha confiado en gestación depende de que un diputado en Corte se levante una mañana, se afeite con celeridad, coja el taxi adecuado, llegue a tiempo al hemiciclo y, al votar, apriete el botón correcto. Este encadenamiento de azares hace que tú, Estefanía, vayas a vivir. Y como falle uno de ellos, tú, Estefanía, vas a la turmix.

Entre uno y otro, el sujeto agente que es tu mamá tendrá más o menos incentivos para mandarte a la turmix.

¡Joder! ¡Menudo comienzo de vida, oiga! ¿Y no me lo podría maquillar un poco, preparándome una bienvenida con causa, con cierta voluntad de cooperar a la Creación, una lagrimita de alegría quizá…? Es que es muy duro nacer como residuo peligroso, al que no pueden eliminar porque la regulación -trasunto de la ley Divinastatal- no tiene su caso contemplado en los eliminables.

¡Hala, chaval, anímate, pon ilusión! ¡Ten confianza que esto lo arreglamos entre todos!

Bueno. Como Sócrates, cabe pensar que el peor mal no es el que se recibe, sino el que se hace. Así que en lugar de desear que a estos del progreso sus madres respectivas los hubieran “arreglado” como la ley permite -en taquitos de sashimi- tengo que dar gracias a Dios porque existen. Porque su Sabiduría los creó libres, incluso con libertad para aniquilar-se. Y son en Dios porque son, por supuesto, su creación libre.

Y es que dicen que Dios no ha conocido realmente al hombre más que en la cruz. ¿Existe algo más terriblemente trascendente que el que Dios se crucifique y que en el madero el gemido sea humano? ¿Existe, paralelamente, algo más terriblemente trascendente que el hecho de que la cavidad del corazón del hombre sólo la pueda llenar el infinito espacio de Dios?

¿Y acaso existe algo más misteriosamente terrible que el hecho de que, cada minuto, una criatura, en la que Dios se quiere encarnar, este siendo triturada en un rincón aséptico por otra en la que Dios se encarnó ya?

Cada minuto es crucificado, libremente, por hombres libres que lo arreglan todo con ánimo y optimismo. Por hombres que toman el taxi adecuado y se afeitan coquetamente la barbita o el pubis.

De tu voto depende todo esto. Recuerda.

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