Ciega


A las cinco de la tarde de uno de los primeros días que anuncian primavera -anoche se descubrían, contra la luz de las farolas, las primeras yemas en las ramas de los árboles- el corretear de los niños a la salida de los colegios es sintomático.

Vivaces, con sus uniformes que parecen recordarles que la vida debe empezarse, como la caligrafía, con orden -luego acaba como acaba- llenan de alboroto las puertas de los colegios del barrio. Es una de las mejores horas del día: la que pone fin al cumplimiento del deber y comienzo a la llegada del -espero- merecido descanso. Los juegos de la tarde, el baño, el descanso del pequeño guerrero en la casa y la familia.

Esos son los pequeños.

Los hay más mayores, con la mirada algo más torva. Estos están empezando a descubrir las preocupaciones de la vida, en su forma adolescente -la más terrible: aquella que, por su indefensión, probablemente más angustia genera: como la del aguilucho que ya ve, inevitable, el primer salto desde el nido hacia la vida exterior.

Algunos, incluso a esta edad, mantienen algo de antes. Una mirada, un color en la cara, un caminar… En estos parece que el manto de la niñez, ese que disimulaba los defectos personales enmarcándolos en la irresponsabilidad, aún no se ha caído. Impresiona asistir a este maravilloso espéctaculo de un niño en camino de hacerse muchacho sin perder por ello su pureza, esa cercanía a una especie de fuente originaria de la vida, fuente de la que parecemos alejarnos con el transcurrir de los días, la caída sobre nosotros de los problemas, la pérdida de la ilusión que transforma la mañana de la vida en mediodía, luego en tarde y luego en noche.

Esos hijos de la mañana, muchachas y muchachos que caminan como distantes, como si vinieran de muy lejos y fueran a muy lejos, no pueden dejar de emocionar al verlos. Obviamente para sus padres, por la cercanía habitual, son menos siginificativos. Pero para los que nos los encontramos por la calle no es así. Sentimos algo similar a estar contemplando un ángel en la tierra.

Hoy eso pasó.

Hoy salía yo del metro hacia la superficie alborozada con niños corriendo y colegios poniendo fin a la jornada.

Y me llamó la atención el caminar de una muchacha de uniforme. Lento, pausado, solemne. Su madre al lado, un poco retrasada, como queriendo cerrar el paso a cualquiera que se acercara a ella.

Desprendía luz la muchacha, de pelo claro. Su porte expresaba una total armonía con el mundo que iba descubriendo paso a paso, a sus once o doce años. No había heridas, no había rencor en su postura, no había hiel. Indiferencia casi. Cuidado al andar. Pasos medidos. Caminaba ascendiendo a la superficie y los pasos no se le clavaban en el alma como a muchos de los que subían a su vez.

Era ciega.

Era una preciosa muchacha que venía de su colegio, con su uniforme, sus libros, su madre y su bastón. Sin ver absolutamente nada. Ascendiendo a la superficie con sus pasos tranquilos, por el camino conocido tras muchos días de hacer lo mismo, pausadamente.

Me vinieron recuerdos de mi hija.

Y repasé la vida de la muchacha hacia su origen. Viví el día en el colegio que acababa de vivir ella. Tranquilo, sin mucha novedad. Probablemente fructífero en aprendizaje, divertido en el recreo. Eché la memoria atrás y recordé con ella los días previos al colegio, en Navidad, con la familia, imaginando los colores de los diferentes momentos vividos. Aún más atrás recordé con ella y me sitúe en los cursos de lectura en Braille, en alguna institución, dedicando mucho tiempo mientras sus compañeros jugueteaban por el patio. Más atrás en el recuerdo recordé con ella los momentos de niñez, de dificultad para entender qué era lo que le rodeaba y por qué no tenia luz. Y las palabras de sus padres, tratando de tranquilizarla y mirándose algo preocupados a los ojos, ojos que ella no ve. Espiritual, comenzando el camino que se le había dado, imaginé con ella sus primeros momentos, al nacer. Y las miradas de sus padres, ahora francamente angustiadas ante el futuro de su preciosa hija ciega. Y me retrotraje aún más y la imagine al nacer, bien chiquita, y al médico dictaminando a sus padres que la niña había nacido ciega. Y las lágrimas de dolor de esa madre por su hija, esa madre que ahora acompañaba, unos metros atrás, a su hija preciosa que se abría camino del metro a la superficie.

Y la memoria dejó todo eso atrás y se concentró, sin olvidar, en el preciso punto del presente: de la muchacha preciosa caminando, elegante, lentamente, sin ninguna prisa, junto a la voz de su madre, la voz que le había acompañado desde ese primer momento de oscuridad, y durante todos ellos.

A veces, en las profundidades, encuentra uno ángeles que le acompañan al subir a la superficie. Ángeles que portan en sí mismos toda la luz imaginable. Quizá, debido a ello, no necesitan mirar nada adicional allí fuera, al emerger de la profundidad.

Emergía ciega. Llena de luz. No vio la tarde soleada que había quedado, aire frío arrancando recuerdos del invierno pero inexorablemente caminando hacia ser, de nuevo, primavera en unos días. Salió a la superficie con toda su vida a cuestas y casi sin mostrar peso, ligera, paso a paso, sin prisa. Metro a metro, como todos los días de una vida que le había tocado caminar así: dando luz, en vez de recibiéndola.

No sé quien es.

No sé si la volveré a ver o si algún día me verá ella a mi.

No importa.

Pasó ante mi.

No me vio.

Luz.

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