Miguel García-Baró


Ser maestro.

Requiere, ante todo, una actitud moral en lo que se emprende. Supone vivir plenamente, en el compromiso con todo lo real. Y honestidad radical, para no sucumbir en el empeño. Esto no es fácil.

Haber tenido un maestro tampoco es fácil. Supone tener el recipiente de la persona configurado de tal manera que se sea capaz de recibir al maestro en la propia vida. Con más o menos fruto. Supone ser capaz de apreciar la grandeza de otro, lo cual normalmente implica ser capaz de apreciar la pequeñez de uno mismo (los gigantes sólo se perciben como gigantes desde abajo y cerca: para poder compararse con ellos). Desde arriba o desde lejos la medida se ve confundida.

Haber tenido varios maestros supone mayor dificultad: cierta permeabilidad vital -o sed de ser llenado- y cierto instinto para acercarse y encontrar un manantial tras otro.

Miguel García Baró es uno de mis maestros, lo cual implica que ya no saldrá de mi vida porque ha dejado una huella esencial.

Y hoy se produjo un hecho importante. Creo que en su vida. Seguro que en la mía: hoy vino al seminario y tomó la palabra -dejando para otro día el programa de hoy: “La afectividad en Bergson”, a ser tratado por algún asistente al seminario.

Hoy vino a hablar de sí mismo. A poner un punto y aparte en su vida y a manifestar -quizá tras la muerte de Delibes, que le tenía algo azorado- cuáles eran, abiertamente, los principios que para él tiene que tener una filosofía para ser considerada como tal por él mismo -dejando siempre claro que esa era su personal posición, su posición vital.

Y luego, tras haberse confesado ante nosotros, atónitos seminaristas, pasó a manifestar su voluntad de escribir su último libro, el definitivo, más allá del cual todo lo que llevaba dentro, tras años de dificultosa plasmación en palabra hablada y escrita, quedaba dicho.

Acontecimiento que, por su falta de antecedentes, se nos convierte inicialmente en inasimilable, como el dice del segundo momento de la filosofía auténtica. Lo que el acontecimiento tiene de confirmación de la experiencia -primer momento- es menos que lo que tiene de desastre o descosmización o desmundanización (por excelencia en el dolor del otro, en la alteridad descarnada y encarnada).

Como lo inolvidable e inesperado que menciona Chrétien, la confesión de un maestro sobre su propia filosofía estaba aconteciendo ante nosotros, unos pocos discípulos, precisamente en forma filosófica, en forma de experiencia que se transmuta en acontecimiento. Se habló de Jacobi, de Zizioulas, de Agustín, de la congoja de Unamuno, de Lope de Vega, de Bergson y Spencer…

Y terminó su confesión, de tres estadios (Creación-Revelación-Redención) a lo Levinás o Rosenzweig, con el salto a la libertad: con el perdón. Pidiendo perdón y ofreciendo perdón. En el descubrimiento de la carne (y no del sucedáneo que son los valores), recordando a Berdiaev e invocando el Cristianismo como creación y libertad, como el máximo humanismo, que es el que se realiza infinitamente en Cristo, el único humanista de verdad que ha existido. Sonó Sócrates y la ontología de laa Revelación en la alteridad. Jankelevitch y el perdón infinito del amor de Sonia por Raskolnikov, la repetición kierkegaardiana, el regusto de la eternidad y lo santo frente a lo sagrado. La protología frente a la escatología, y Job, con la necesidad alegre de la muerte que permite esperar algo más que lo que hay aquí, que nunca es suficiente.

La compasión y la estructura fundamental del amor humano basada en el perdón. La “paciencia ante” infantil y el “voy a esperar a ver”, con la primera noción de lo divino como memoria. Y se habló de ser nacido, de ser levantado a la vida siempre por el Otro, el que nos ayuda a nacer.

Una filosofía de la Esperanza que culmina en la consolación radical y en los lirios del campo. Se terminó con la plenitud del saber morir y cita de un seminarista a Manrique:

“No gastemos tiempo ya

en esta vida mezquina

por tal modo,

que mi voluntad está

conforme con la divina

para todo;

y consiento en mi morir

con voluntad placentera,

clara y pura;

que querer hombre vivir

cuando Dios quiere que muera

es locura”.

Y a Cervantes, en el prólogo al Persiles:

“Sucedió, pues, lector amantísimo, que, viniendo otros dos amigos y yo del famoso lugar de Esquivias, por mil causas famoso, una por sus ilustres linajes y otra por sus ilustrísimos vinos, sentí que a mis espaldas venía picando con gran priesa uno que, al parecer, traía deseo de alcanzarnos, y aun lo mostró dándonos voces que no picásemos tanto. Esperámosle, y llegó sobre una borrica un estudiante pardal, porque todo venía vestido de pardo, antiparas, zapato redondo y espada con contera, valona bruñida y con trenzas iguales; verdad es, no traía más de dos, porque se le venía a un lado la valona por momentos, y él traía sumo trabajo y cuenta de enderezarla.

Llegando a nosotros dijo:

-¿Vuesas mercedes van a alcanzar algún oficio o prebenda a la corte, pues allá está su Ilustrísima de Toledo y su Majestad, ni más ni menos, según la priesa con que caminan?; que en verdad que a mi burra se le ha cantado el víctor de caminante más de una vez.

A lo cual respondió uno de mis compañeros:

-El rocín del señor Miguel de Cervantes tiene la culpa desto, porque es algo qué pasilargo.

Apenas hubo oído el estudiante el nombre de Cervantes, cuando, apeándose de su cabalgadura, cayéndosele aquí el cojín y allí el portamanteo, que con toda esta autoridad caminaba, arremetió a mí, y, acudiendo asirme de la mano izquierda, dijo:

-¡Sí, sí; éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre, y, finalmente, el regocijo de las musas!

Yo, que en tan poco espacio vi el grande encomio de mis alabanzas, parecióme ser descortesía no corresponder a ellas. Y así, abrazándole por el cuello, donde le eché a perder de todo punto la valona, le dije:

-Ese es un error donde han caído muchos aficionados ignorantes. Yo, señor, soy Cervantes, pero no el regocijo de las musas, ni ninguno de las demás baratijas que ha dicho vuesa merced; vuelva a cobrar su burra y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta del camino.

Hízolo así el comedido estudiante, tuvimos algún tanto más las riendas, y con paso asentado seguimos nuestro camino, en el cual se trató de mi enfermedad, y el buen estudiante me desahució al momento, diciendo:

-Esta enfermedad es de hidropesía, que no la sanará toda el agua del mar Océano que dulcemente se bebiese. Vuesa merced, señor Cervantes, ponga tasa al beber, no olvidándose de comer, que con esto sanará sin otra medicina alguna.

Eso me han dicho muchos -respondí yo-, pero así puedo dejar de beber a todo mi beneplácito, como si para sólo eso hubiera nacido. Mi vida se va acabando, y, al paso de las efeméridas de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida. En fuerte punto ha llegado vuesa merced a conocerme, pues no me queda espacio para mostrarme agradecido a la voluntad que vuesa merced me ha mostrado.

En esto llegamos a la puente de Toledo, y yo entré por ella, y él se apartó a entrar por la de Segovia.

Lo que se dirá de mi suceso, tendrá la fama cuidado, mis amigos gana de decilla, y yo mayor gana de escuchalla.

Tornéle a abrazar, volvióseme a ofrecer, picó a su burra, y dejóme tan mal dispuesto como él iba caballero en su burra, a quien había dado gran ocasión a mi pluma para escribir donaires; pero no son todos los tiempos unos: tiempo vendrá, quizá, donde, anudando este roto hilo, diga lo que aquí me falta, y lo que sé convenía.

¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!”

Esto aconteció hoy. Ahora, silencio.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los
Siglos de los siglos. Amén.

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