El camino a casa


Son insondables los caminos por los que la Vida nos lleva.

El cálculo de la felicidad es un arte que se aprende cuando te lo enseñan, y en el amor en que uno nace se cultiva ese arte de la felicidad. Con amor a uno mismo -en Otro, que es el único lugar en que se puede vivir- las elecciones serán adecuadas y el camino provechoso.

El camino en sí dice mucho del caminante que lo emprendió, pero no lo dice todo.

El hijo que se aleja del padre en busca de la aparente libertad pisa las mismas piedras que el que regresa de su exilio buscando el perdón. Es el mismo camino. Pero la mirada del caminante no es la misma.

En la ida los ojos del caminante miran sin ver. Buscan en el horizonte un término, un lugar donde morar. El asidero vital. A la vuelta ya no buscan porque saben donde deben llegar.

Probablemente la existencia personal tiene estos dos momentos clave: la partida y el regreso. El separarse, el abismarse en la fractura, volviéndose mundo. Es la disociación de la belleza original del niño, que duerme como un santo. Esa fractura, esa oposición de cielo y tierra genera dolor. Como dice Olivier Clement en “Sobre el hombre”, “para llegar a reconciliarlos serán necesarios combates muy duros“. Mucho de lo que aquí se dice él lo escribe mejor.

Pienso hoy que la vida consiste en esa reconciliación a la que nos resistimos. Esa rebeldía nos lleva a aguantar los embates de la realidad en vacío, sin confianza. A menudo, por el simple placer de probar nuestra resistencia al dolor que, “interior intimo meo”, se adueña de nuestra alma.

El escepticismo y la auto compasión (Delibes en “La sombra…”) nos llevan a preferir una existencia tarada. Renunciamos a la plenitud ante la falta de sentido de lo que nos pasa. Nos pasa.

El dolor nos pasa, nos sucede, pero no nos forma, no nos constituye. Nunca dejamos que se adueñe de nuestro ser. Probablemente por miedo, o porque estimamos que no nos puede enseñar nada.

Pero hay un día en que caemos en la cuenta, como el hijo pródigo, de que esa existencia es miserable. De que el ornamento exterior o el vacío interior están ahí y que ninguna posición esteticista o nihilista nos vale. Hacemos cuentas y no nos salen. La vida no era eso que pensábamos. Fuimos demasiado lejos en la búsqueda de una nada.

A partir de ese momento se inicia el regreso a la casa del Padre, a la edad de la inocencia. A partir de ese momento “(…) todo es don, realmente florece un rostro de eternidad que surge por encima de lo sombrío, como un nenúfar sobre las aguas. Quizá el hombre recuperará un día ese primer rostro. A menudo Dios devuelve au rostro de niño dormido al hombre que acaba de morir. Cuando un hombre sabe morir a sí mismo para renacer en Cristo, entonces encuentra ese mismo rostro y los niños y los animales salvajes van hacia él“.

Ese momento de inflexión llega. Es un momento en el que el alma se entrega, en el que el espíritu se encomienda en sus manos.

La ascesis de la vigilia nos hace posible el encontrar ese desgarrón fundamental ante cualquier rostro, el más estropeado, el más usado, el más cargado, y encontrarlo precisamente porque es así. Dios ama a ese hombre aquí y ahora, a través de su trivialidad, de su cobardía, de su soledad, a través de su pecado. La ascesis de la vigilia abre en nosotros el ojo del corazón, el cual participa de la mirada de Dios“.

Morimos, pues. Volvemos, pues, a casa.

Es entonces cuando podemos ponernos en lugar del otro, cuando podemos sentir desde el interior lo que él siente. El otro se convierte para nosotros en imagen de Dios (…) Nos hace falta, por lo tanto, saber practicar simultáneamente la atención a los otros y la atención a Dios, el servicio y la soledad (…) Sé todo para todos, llora con los que lloran, alégrate con los que se alegran. Pero, en el fondo de ti mismo, permanece solo: ante Él, con Él, en Él. Y como Él es amor y fuente de amor, aquel que, por Él, se separa de todos, se encuentra, por esa separaciónm unido a todos.

Tal es la disciplina de la buena, de la indispensable soledad. La mía, pero también la del otro: hay que saber dejar al otro solo. No sabemos dejar solos a nuestros amigos, a nuestra mujer, a nuestros hijos, porque somos posesivos y quisiéramos reconstruir sin cesar alrededor de nosotros el mundo de la infancia, en el que éramos el centro (…)“.

Es en este morir, en este regreso en la soledad que se tiene a sí misma, en donde podemos amar, podemos volver a amar como nunca antes lo hicimos. Desinteresadamente, acogiendo sin reticencia, teniendo el amor como se tiene la esperanza, con la mano abierta, para que, si quiere, llegue y se pose donde quiera. Compasión, sufrimiento con, negativa a juzgar.

La muerte queda detrás de nosotros, iniciado ya el regreso. Puedo intentar vivir, puedo intentar amar. Es entonces cuando el desequilibrio ya no nos vence, el mal ya no se enseñorea de nosotros. Es entonces cuando, como tras la última tentación de Cristo, el maligno nos deja solos. Como el esfuerzo de las piernas en la escalada coronada, la bajada del puerto es en volandas, ligera y grácil. El sufrimiento de la ascensión es recuerdo en el alma alegre que desciende de nuevo al refugio tras la jornada.

El amor ha triunfado (como en la maravillosa “Punch drunk love” de Paul Thomas Anderson) y se desborda. La armonía marca los movimientos y el respeto, la compasión y la veneración, facilitados por el pudor de las relaciones y el ayuno del mundo. Es posible entonces el amor nupcial, puro ahora, interiorizando en él la inmensidad de la vida hacia el encuentro personal. Es posible el amor desinteresado, en el misterio de Dios que permite la inmersión en el misterio del hombre.

Amor que tiende a que el otro sea, es decir, a que sea deificado. A que yo me quede fuera, piedra del atrio a ser pisada, muriendo a mi, borrando mi nombre. Como Jesús, verdadero hombre, humanísimo Dios, que hay un momento en que decide regresar, también. La frase “Jesús no se tenía”, leída en las visiones de Sor Anna Catarina Emmerich acerca del martirio de Jesús, refleja muy bien el detonante de ese momento de vuelta. El grito de angustia dibuja el abandono al que nos hemos conducido.

Y la vuelta a casa comienza en la entrega, en la rendición, en el “en tus manos encomiendo…”.

(…) Entrar por ese camino, no nos engañemos, supone hacerse vulnerable a todo el dolor del mundo. Si no supiéramos que Cristo ha sudado sangre y ha dado en la cruz el grito de la incontenible desesperación, seríamos aplastados irremediablemente“.

(…) Hijo mío, un mandamiento nuevo te doy: que la misericordia se incline siempre en tu balanza hasta el momento en que sientas en tí la misericordia que Dios siente por el mundo. (San Isaac el Sirio)“.

Y en eso consiste todo. En esa compasión humana que vive en la infinita compasión del que se encarnó para sufrir compasivamente todo el dolor de la historia en sus espaldad. En ese perdón infinito que se pide con la esperanza de recibirlo, y que siempre debe darse, sea quien sea el otro, haya hecho lo que haya hecho, pues su principal mal lo lleva infinitamente consigo y debemos, al menos, ayudarle a cargar con su cruz.

Bajando del monte, con la ley en el corazón, ley amada por vivida, vuelve uno a casa, envejecido quizá, pero niño por dentro. Dispuesto a ver aún sin necesidad de mirar. Dispuesto a amar radicalmente todo y a todos, a mayor gloria de Dios.

Este “amar mucho” de la prostituta a la que nadie acaba por condenar, este “más” que acaba por saciar o hastiar, esta sed y angustia por la división, este frenesí por una supuesta libertad que en realidad es pérdida de la ligazón… es bienvenido. Como Job a sus maldiciones, este camino pedregoso ha de ser recorrido. Como la bajada al infierno buscando la inocencia o el paraíso perdido.

Y ha de ser respetado, profundamente, por los otros. Como hace Cristo. Agarrando la mano del “hombre de deseos”, justo al final, en el último aliento, el que marca el dintel de entrada a la Vida. Aliento insuflado por Dios en las narices de la criatura, que vive desde ese instante anhelando la eternidad. Eternidad que es desacostumbrarse, desasirse de la vida para tomar la otra Vida, en cada instante, dejando que nos llene. “El que quiera salvar su vida la perderá”. En Cristo pierdo mi vida y Otro me recibe cuando yo recibo al otro. Cada otro que recibo es una herida por donde pierdo mi vida y la encuentro.

El hombre, así, se hace rostro, y el rostro se condensa en la mirada. Y la mirada es el desgarro salvador en la inmensidad. El fogonazo de luz que salva la nada, cruzándola en un instante eterno.

Así pues, el camino de vuelta se abre ante mi, tras haber permanecido lejos de la casa paterna. Mis pies comienzan a caminarlo de vuelta. Volvemos a casa.

Como cuando, tras los dolores de parto y la incertidumbre inherente a la vida, la criatura comienza a recorrer el último trecho hacia la vida, girándose, empujando, frágil pero flexible, carne tierna contra carne ya endurecida, en un escorzo que sólo sucederá una vez, en un último esfuerzo supremo que culminará, afuera, al llegar, en llanto, el primero, en brazos, por primera vez también, de su madre, que estaba esperando. Como Dios, padeciendo en la inmensidad del afuera para que el ser creado encuentre un afuera acogedor, unas manos cálidas donde llegar por primera vez.

Siendo nacidos, siendo levantados, por Otro, llegamos al final del camino. El rastro del camino, la placenta, queda atrás, forma parte de la historia que fue y que comienza, ahora sí, hacia la eternidad.

Dos canciones que me acompañaron en el camino, no dejando que cayera.

Knopfler: http://grupos.emagister.com/video/mark_knopfler_the_long_road_aided_and_abetted_by_gaz/1602-174253

Chapman: http://www.youtube.com/watch?v=bfqEisOIMJc

Adiós.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Amor, Antropología, Pensamiento, Vida. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s