Orina


Siempre hemos sido una nación austera y pudorosa.

El español vivía con poco, casi frugalmente. Ello le llevaba a menudo a tener que ingeniarselas, con pocos medios, para salir adelante. Pero su honra la defendía a dentelladas. Ello nos hizo un pueblo muy “esencial”. Mira uno los campos de Castilla y entiende lo que digo. Ahí, en las vaguadas, vive gente desde hace siglos. Y cada cierto tiempo se recurre a esta imagen como idea fuerza para recuperar el pulso de la nación.

Así se realizaron grandes gestas que la Historia se encargó de escribir -a veces con renglones torcidos- y pequeñas heroicidades cotidianas que nuestras abuelas nunca nos contaron y que, ahora, en un momento realmente “flojo”, se echan de menos. Hace siglos, ver llegar a un español con su armadura en el horizonte provocaba la orina. Orina miedosa.

Viene este comentario a mi cabeza leyendo que los trabajadores de la funesta (o fenecida) Air Comet, para que su situación no quede en el olvido (es decir, para que alguien les pague un doble paro y las mensualidades que “les deben”), han decidido posar en pelotas para un calendario. Diez azafatas que dicen representar a 600 empleados de la empresa, lo hacen para reivindicar sus derechos y el dinero que dicen que les deben.

Y me asalta la preocupación, al ver que esto de despelotarse se está convirtiendo en una costumbre en España. Habiendo sido un pueblo tradicionalmente pudoroso, parece que vivimos en la perpetua adolescencia del destape.

Muchos son los “colectivos” que se despelotan para llamar la atención. Otros se cuelgan de las grúas de las obras. Menos se ponen en huelga de hambre, y muchos menos se queman a lo bonzo. El apego a la vida…

Sin embargo, tradicionalmente éramos un pueblo capaz de perder la vida por una causa (la nuestra, fundamentalmente). Éramos los españoles muy dados a dejarnos la vida en cualquier camino polvoriento de cualquier latitud, con tal de no perder la honra ante el enemigo (siempre respetado).

Por supuesto, el hortera de bolera se acababa encontrando con nosotros (ese Neira hidalgo que nos trajo viejos recuerdos), que solíamos asumir la responsabilidad de desfacer entuertos y defender honras ajenas, como vocación. Me acuerdo de la siguiente escena:

Ahora no.

Ahora damos la nota, berreamos, nos despelotamos, reivindicamos (subvenciones, subsidios y otros algodones), nos manifestamos pacíficamente y luego nos volvemos a casa a sentarnos frente al televisor.

Mientras, pagamos religiosamente los chantajes de terroristas -cuando no los financiamos con presupuestos públicos-, pagamos rescates a escuálidos piratas somalíes para que nos dejen pescar por allí -total, un gasto extraordinario y listo-, condenamos a nuestras víctimas del terrorismo gubernamental, facilitamos el coito de los delincuentes en las penitenciarías -pobrecitos…

Antes, con pocos recursos, hacíamos algo. Ahora, con muchos más, no hacemos nada. Bueno, sí hacemos. Hacemos el ridículo. Por ahí fuera sonríen al pensar en nosotros. Hemos caído desde muy arriba hasta muy abajo.

¡Qué diferencia tan grande media entre diez soldados del Tercio Español y diez azafatas de Air Comet! Aparentemente sólo un poco de metal. En realidad, muchas toneladas de entidad.

Muchos recursos, pero, ahora, en pelota picada. Ahora al vernos llegar, en pelotas a todos sitios, se orinan. Pero de risa.

¡Qué vergüenza!

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