Ibargüengoitia


Probablemente se trata de una esencia procaz la mía.

Pero me aburre la ficción, soberanamente. De modo compulsivo busco retazos de realidad en todo. Me gusta la pintura esa que llaman costumbrista, las películas que podrían pasar por “no ficción”, los paisajes cotidianos, la prosa casi prosaica…

No logro leer un poema sin bostezar, imaginando el cálculo del poeta para que la cosa rime “naturalmente”. Miro los cuadros de los abstractos de canto, para tratar de encontrar en los grumos de los brochazos de pintura algo de rusticidad que me indique que ahí hubo un proceso manual, artesano, alejado de cualquier ínfula.

Incluso en mis fantasías artísticas más atrevidas -el bueno de Francis Bacon pintor, Giacometti, Helmut Newton- todo acerca a la realidad, como mucho deformándola al máximo, pero nunca alejándose de ella. Me cautiva el tacto de la piedra en los muros y el olor de los setos recién cortados. El reflejo del sol sobre la mica y el cotorreo de los mirlos.

Esto cansa. Usar un libro de Teoría del Conocimiento para dormirse es eficaz al fin y al cabo, pero no deja de ser denso. Demasiado denso. Los rincones conquistados por los libros “en faena” están llenos de ensayos, mientras las novelitas y la poesía descansan, aburridas, en las estanterías. Me cuesta mucho empezar un libro de ficción. Sin embargo, una exposición sobre el hormigón o sobre paisajes ruinosos de postguerra (ver Otoño alemán, de Stig Dagerman) siempre son prioridad.

Hace años, conduciendo por San Sebastián, una amiga rusa riquísima que viajaba por el mundo para no aburrirse se me quedó dormida en el asiento de atrás mientras yo trataba de enseñarle la ciudad con la mayor ilusión. No sé si era a causa del vodka que se enfiló la noche anterior con un comerciante de maderas también ruso o por aburrimiento. Pero recuerdo que, ante mi mirada entusiasmada, me dijo sólo: “Lighter, Bruno, lighter”.

Lo más light que he encontrado hasta ahora es el maravilloso mundo de Jorge Ibargüengoitia.

http://es.wikipedia.org/wiki/Jorge_Ibargüengoitia

Una delicia de escritor. Lo conocí por Luis, mi querido compadre mexicano, que me regaló Instrucciones para vivir en México. Una suave ironía, una especie de nostalgia de infinito, como decía Steiner… Tienen los mexicanos una conexión con el más allá, conexión que activan mientras se sientan en una cantina a tomarse unos tacos. Me entusiasma su estética. Su fatalidad, su sabiduría cotidiana. Es su arte toda una manifestación de actitud vital dramática. Recuerdo los colores de las haciendas; sus pinturas murales; me acuerdo de Melquiades Estrada; de Batalla en el cielo de Carlos Reygadas; el Al rasgarse el arco iris de Jorge Manzano S.J…

Pues bien, el patrón siempre es el mismo. Devoro lo que ellos me traen. Es de una deliciosa “realidad ficcionada”, de unas formas vaporosas, que casi se absorben cutáneamente, que envuelven la mente del lector-espectador-visitante, sin apenas violencia, sin esfuerzo… Ello hace que mi mirada no se asquee si aparece lo onírico. Sólo ellos, hasta ahora -bueno, y Dostoievsky- han logrado eso conmigo.

Lo demás, prácticamente todo lo demás, es demasiado artificial, demasiado explícito, demasiado ficcionesco como para ser tomado en serio. Requiere de mi un gran ejercicio de evasión cuando mis pies me exigen cascotes y arena para caminar.

La ley de Herodes, se llama el librito de cuentos recien leído. Sabiduría al cabo de la calle y en las pequeñas cosas. Sólo un pueblo se me parece a este mexicano, aunque menos trascendentalmente estético, y más metafísico: el judío. Una sugerencia: Imre Kertész.

Zarabandas.

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