Principio y fundamento – Día 1


Creo que debo compartir con vosotros esto, el llamado Principio y fundamento. De acuerdo a lo sucedido, ya procuraré en este blog ser menos “genial” u “ocurrente” y trabajar más para que encontréis en él materiales de calidad, normalmente ya “inventados” o escritos por otros. Es mi intención alejar todo atisbo de pretensión en este blog de ahora en adelante. Se había convertido en algo vanidoso y la vanagloria no sirve para nada en medio de la misión.

Así pues, Principio y Fundamento. Aquí va:

“El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar dellas, quanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse dellas, quanto para ello le impiden. Por lo qual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados.”

Y quizá esta es una buena explicación para ubicar este párrafo grandioso. Viene de la web pastoralsj.org.

Fijaos en el dedo de Dios, y en el infinito espacio que lo separa del dedo del hombre.

Ese espacio no lo puede cruzar el hombre sólo: a menudo empleamos mucho tiempo, quizá toda una vida, en cruzar ese espacio, para ponernos al otro lado. En el lado de Dios. Eso, en el fondo, no es más que algo muy burdo, muy soez: es codicia.

La vistamos con los ropajes que la vistamos (la más conocida es la del dinero o la posesión, pero también está la del saber y leer mucho, la del tener mucho rango o posición, la de tener mucha fama o muchos conocidos… )

Todo eso, a fin de cuentas -que es donde las cuentas realmente importan- es intentar apropiarnos de algo que no es nuestro. Nos hace perder la paz y vivir fuera de nosotros mismos, a veces incluso psicológicamente sin darnos cuenta, haciendo nuestras cuentas y cábalas y dándonos excusas para, sencillamente, no cumplir con nuestra naturaleza: ser criaturas creadas por el Amor y para el Amor.

Pues bien, hay un momento en el que uno entiende, y más que entender, siente, que su principio y fundamento puede, ha de ser, es ese que Ignacio dice.

¡Y qué sencillo parece entonces el obrar! ¡Cuánto tiempo se ahorra, cuantas mamarrachadas se dejan sin hacer! ¡Qué sencillo parece, por fin, discernir y centrarse en lo importante! ¡Qué paz el poner fin a la dispersión!

Llevando en el corazón ese principio y fundamento, resulta tajante y atronadora esa voz ahí dentro que, ante una mirada, un acto, una conversación, un nuevo post, un email que reenvías, una lectura que haces, una decisión, nos dice, nos cuestiona:

– Bien, pero… eso que vas a hacer, ¿acaso contribuye al fin para el que has sido creado? ¿Añade acaso amor o lo quita? Pues si lo hace, adelante. Si no, si no contribuye a la misión, déjalo.

Suficiente. Aquí va la explicación de la web.

No es el título de la última novela histórica de K. Follet, ni es un documental de la National Geographic sobre el Paleozoico, ni siquiera el nombre artístico del dúo cómico del momento. “Principio y Fundamento” es un fragmento del comienzo del libro de los Ejercicios Espirituales” de Ignacio de Loyola [nº23], por el cual, desde hace casi quinientos años, creyentes de toda latitud y procedencia vienen encontrado y actualizando la Gran Verdad de su vida.
Son dos sustantivos para saborear. “Principio” : habla de origen, punto de partida, verdad de la cual se deriva todo los demás. “Fundamento” : es lo que permanece, estabilidad, solidez, razón. Y he aquí el quid de la cuestión: ¿Cuál es mi PyF? Es decir: qué es lo que mueve mi vida; cuál es esa tierra sobre la que pongo mis raíces más hondas; el sentido y la razón que hace que me levante por las mañanas y siga adelante; el motor que me dinamiza e impulsa mi quehacer diario. En definitiva, ¿cuál es esa roca firme sobre la que voy construyendo el edificio de mi realidad?
Como hombres podemos correr el riesgo de creernos el centro del Universo, de sentirnos autosuficientes con vocación de chico/a “Loreal” (“porque yo lo valgo”); de tener siempre en los labios el “yo, me, mi, conmigo” o por confidente a nuestro propio ombligo. ¡Incluso estar convencidos de ser la última bebida isotónica que queda en el desierto! Nos agobiamos por el tener y queremos llegar a los “taitantos” sanos como una manzana. Acumulamos años, dinero, poder, cualidades, carreras, diplomas, seguridades y lo que se tercie.Ignacio nos invita con su “PyF” a que reconozcamos ante todo que no vivimos en el aire y que necesitamos anclar nuestro Yo en una Roca sólida: Dios. ¿Por qué? Porque somos criaturas surgidas de Su Amor. El, sólo El, nos hace únicos. Irrepetibles. Con sentido. Amados. ¡Y llamados! porque somos “por y para algo, “por y para Alguien” . Nuestro centro está más allá de nosotros mismos y nuestro proyecto de vida está en el corazón deDios desde siempre.

“PyF”es abandonarse en Dios, saber que Él tiene la iniciativa. Es querer lo que Él quiera porque todo le pertenece. Hacerse indiferente, que no pasota, porque Él es el Absoluto y todo lo demás (incluso salud, dinero o vida) es relativo. ¡Qué maravilla el dejar que otro te lleve! Saber que estás en buenas manos y que amar la realidad es encontrarte el rostro de Dios en ella.

Un hombre iba por el campo y se encontró un Tesoro, le produjo tal alegría que vendió todas sus posesiones para comprarlo. ¡Dichoso este hombre que encontró su “Principio y Fundamento”!

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