Joseph Merrick, un hombre cualquiera


Probablemente si hubiera utilizado su apodo, “El hombre elefante”, el título atraería más. Sería más mediático. Y menos persona.

Pero no, resulta que fue una persona del todo, completa, y eso supone que sus padres le nombraron, similarmente a lo que hace el Creador con sus creaturas. Con nombre y apellidos, y con una historia emocionante, que se puede leer sintéticamente aquí:

http://es.wikipedia.org/wiki/Joseph_Merrick

Pues bien, vi la película de David Lynch (http://www.davidlynch.es/index.php?pelicula=elefante).

Ved el link:

http://www.aulas.ulpgc.es/cine/historial/No167_NEW-El_Hombre_Elefante.pdf

También emocionante. Con una capacidad extraordinaria para ir generando en el corazón del espectador la misma emoción domesticada que genera la vida cuando se pasan los años amando a alguien.

¿Es acaso porque nos hemos acostumbrado a su cara que el rostro, el todo personal que forma Joseph, nos parece bello al finalizar la película? ¿Acaso no nos pasa con las facciones de los seres queridos, que se nos vuelven familiares, casi propias?

Imagino que sí. Imagino que nuestra primera barrera, la de la sensación, esa primera impresión que, dicen, es la que cuenta, ha sido “domesticada” en cada rincón del planeta, durante milenios, por la entraña del personaje, por una condición personal que, manifestación tras manifestación, se nos va revelando y nos va cautivando.

El hombre elefante es Joseph Merrick, una persona maravillosa como tantas otras, que sólo necesita que alguien apueste por él, lo des-cosifique, lo personalice, lo llame por su nombre, para desenvolver como un caleidoscopio toda la variedad de sus facetas.

Viene el noeseso. Estrechaba en la iglesia la mano de una anciana al darnos la paz. Y su cara sonreía. No cabían en su cara más arrugas que las que llevaba, ni una más. Un rostro viejo, muy viejo. Y capaz de seguir sonriendo en su vejez.

Mi mente dio un salto y, a horcajadas, trepó a su cabeza, y vi que ahí dentro, en la cabeza de esta señora mayor, había un espíritu, como el mío. Y pensé: dentro de unos años un joven me saludará y mi espíritu, el que soy, con algo más de experiencia quizá, mirará al joven y le sonreirá mientras le doy la paz. ¿Pensará el muchacho al saludarme que siempre he tenido esas arrugas? ¿O será capaz de ver en mi interior el niño, el joven, el adulto, la persona, en definitiva, toda, que soy?

Y me acordé de Joseph Merrick. Me acordé de cómo el doctor ve en él un alguien tras una cara, arrugada y deformada. Y vi a la señora mayor que saludaba joven, en continuidad consigo misma cada minuto desde el que viene y al que va. Y me vi a mi envejeciendo pero mirando desde mis mismos ojos de siempre. Y vi lo llenos de prejuicios que estamos, lo estáticamente que vemos la vida y a todo lo que nos rodea, como si fuera un decorado de nuestra propia historia.

Y pensé que, en el fondo, todos somos un poco elefantes, de ojos hundidos en rostros avejentados, pero maravillosos por dentro. Necesitados de encontrar un alguien, otro, que nos ciña y que nos lleve adonde no queremos (porque ni siquiera imaginamos que eso tan maravilloso es posible para nosotros), como me recordaba hoy mi buen amigo E. al hilo de Jn 21, 18 y la vocación sacerdotal.

Menesterosos, necesitamos que nos cuiden, con la “cura” que tanto han analizado los filósofos; que vean la belleza que hay en nosotros y que ni siquiera nosotros, bestias de circo, somos capaces ya de ver.

Necesitamos que aparezca una Princesa Alexandra de Gales para que se maraville con nosotros y, por primera vez, nos bese (la escena de la película es de una belleza difícilmente descriptible). Como la princesa al sapo. Parece increible que la mujer de esta foto hay podido besar a “esto”, pero lo hizo.

Esta historia personal de cada uno, en cierto modo reflejo de la gran historia de la salvación, en la que lo más maravilloso se convierte en la Cruz en lo más tenebroso y deforme y sufre con nosotros (com-padece) y, nunca, llega a perder esa forma, ese sentido, ese fin que es el que realmente marca la diferencia entre el hombre y todo lo demás, es siempre la historia de un pobre hombre elefante, con sus deformidades particulares pero lleno de inmensa belleza interior. Criaturas cuya vida les fue donada (fueron nacidos) y que representan, todos y cada uno, el rostro de Él.

Miles de criaturas que esperan (como se tiene la esperanza: con la mano abierta, para que llegue y se pose donde quiera, dijo un poeta de mi cole hace años) cada día la aparición de ese ángel que, finalmente, les de la oportunidad de ser quienes son.

Criaturas como Joseph Merrick, un hombre cualquiera.

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