Tonalidades de la claridad


La claridad tiene tonalidades. Funcionar aquí sin estos matices es garantía de fracaso.

El lunes cené con dos amigos mexicanos, para hablar sobre arte. El arte es importante en México y, al contrario que en España, aquí es considerado asunto cotidiano. Mientras que en España el artista es el “otro” que se dedica a cosas que al común no le valen para nada, un paria que no suele lograr reconocimiento, en México el artista normalmente tiene un reconocimiento, una cierta autoridad, como depositario, actualizador y comunicador de los valores genuinos del común. Los artistas se ganan decentemente la vida y gozan del respeto de sus coetáneos, formando parte del mismo ecosistema. Esta situación, en reciprocidad, crea en ellos un sentido de la responsabilidad social para con su pueblo y su nación (noción aquí ni discutida ni discutible) y unas dinámicas de creación bastante esperanzadoras. Aquí dedicarse a la forma y al color es importante.

Relacionados con ese mundo, uno de mis amigos es pintor y el otro mecenas. Tenían una serie de ideas que querían contrastar con el homo oeconomicus. Sufrí en la cena una inmersión en el modus mexicano. La anécdota es como sigue: el sitio donde íbamos a cenar estaba bastante concurrido y no teníamos “reservación” -como se dice aquí. Dejamos el encargo a la mesera de que nos aparte una mesa cuando el local se empiece a desocupar -voy a ir utilizando español mexicano para que se aprecie su sonoridad y riqueza- y nos cruzamos al restaurante de enfrente, a tomar unas cervezas mientras la espera. Llegando a la puerta pienso: “Habrá que ponerse en la barra porque no vamos a cenar”. Olvidaba que venía a cenar con artistas mexicanos.

Recibidos en el lugar de enfrente con la cordialidad que corresponde al país -“pasénle, bienvenidos”- nos pregunta el mesero: “¿van a cenar?”. Mis amigos contestan: “Sí, claro”. El “claro” mexicano pone especial intensidad en la primera sílaba, dejando la segunda reducida casi al mínimo. A partir de ese momento yo decidí escuchar y mirar, mientras en mi cabeza se generaba culpa y tensión: “No vamos a cenar, porque vamos a cenar enfrente, donde ya hemos reservado. Claramente les gusta más el sitio de enfrente y venimos a este a hacer tiempo. Nos están dando una mesa para cenar, pero no vamos a cenar. El sitio no está muy concurrido, no le estamos quitando la mesa a un auténtico “cenante” esta noche, pero aquí no se están diciendo las cosas claras. A ver cómo resulta esto. Voy a tratar de asistir a una relación entre mexicanos para enterarme de su forma de funcionar. Porque muchas veces me cuesta entender su forma de pensar. No entiendo cuando es “sí” o cuando es “no”.

Pedimos unas cervezas. El mesero ha tropezado porque el pasillo por donde tiene que acceder a nuestra mesa es angosto, y magullado las latas de cerceza al caersele las mismas al suelo. Las repone, nos muestra que las nuevas no tienen magulladuras y nos pregunta: “¿Quieren algo de botanita los señores?” Botana es el término que usan los mexicanos para designar todo lo que picotean antes de comer de modo propio. La botana es una costumbre relajada de los mexicanos y,en algunos casos, llega a tomar tal dimensión -acompañada de tequilas o cervezas- que eclipsa a la comida, que tiene entonces que recuperar su lugar de modo casi violento: imponiéndose a las bravas por volumen, intensidad o acompañamiento alcohólico desmadrado.

Mis amigos responden a la pregunta de igual manera: “Sí claro”, pronunciando el “cla” con mucha más alegría que el “ro”. Y llegan las botanitas, unos tacos de los que el camarero confiesa desconocer su composición -luego nos revelará que son de machaca, una especie de carne deshebrada y fina de sabor. Yo, en mi fuero interno, sigo inquieto. El mesero está haciendo sus mejores esfuerzos -como se dice en jerga legal- para que le entremos a una buena cena ¡y nosotros no le vamos a entrar…! ¿No hubiera sido mejor avisarle desde un inicio? ¿Por qué no se dicen las cosas como son? ¿No genera esto inseguridad o un marco de juego con límites difusos? ¿Cómo hacer negocios así? ¿Cómo debiera enfocar el asunto el dueño del restaurante? ¿Haciendo firmar un papel a todo el que entre, declarando que efectivamente va a comer en la mesa que ocupa? Llevado al límite, podría darse el caso de que llenaran el restaurante con gente que no va a comer y tuvieran que dejar fuera a los que realmente vienen a comer…

Seguía la conversación enfrascada en colores, trazos, significantes y significados (la osadía de presentarse a una exposición y reflejar la idea de vacío con una caja de zapatos, vacía, caja que el servicio de limpieza de la exposición tiró al confundirla con basura, y que se aprestó a reponer con otra, logrando siginificar la misma idea genial de vacío de modo inmediato: esto lo hizo un mexicano en Europa…) y el mesero nos seguía atendiendo. Al cabo de un rato, uno de los amigos pregunta: ¿qué hacemos? ¿Nos vamos o nos quedamos aquí? Arqueo las cejas: o sea, que incluso cabe la posibilidad de dejar plantado al restaurante de enfrente donde reservamos y quedarnos aquí. Claramente hemos reservado en un lugar para cenar y estamos supuestamente preparándonos para cenar en otro… Me solidarizo mentalmente con el mesero. Entiendo que él está donde yo estoy a veces al trabajar aquí: sin saber a qué atenerme. Razono entonces, entre trago y trago de cerveza, entre pintor y pintor, que probablemente el mesero tiene un especial instinto para detectar quien viene a cenar y quien no, y que habrá disminuido su exposición al riesgo del no-cenante dándonos el lugar que nos dio, escondido y dentro, no especialmente confortable.

Mis amigos dicen que nos vamos. Obviamente hemos reservado enfrente y toca irse, aunque por un momento pensaron en plantar al de enfrente. Llaman al mesero, que parece que ha intuido que finalmente no cenamos allí. Le piden la cuenta al mesero, que a su vez responde con un “Sí claro”, con un “claro” que, en este caso, no distingue en intensidad entre la primera y la segunda sílaba. Cortesmente, pero con un hieratismo propio de esta tierra -esa interioridad que hace al mexicano insondable a fin de cuentas- el camarero nos franquea el camino hacia la puerta.

Mis esquemas de funcionamiento salen con dos cervezas y cierta confusión, pero la tranquilidad de haber adquirido cierta experiencia, fundamentalmente estética, en carne ajena acerca de los usos y modos locales. Salgo pensando que con esta incertidumbre hay que contar como factor local, y dispuesto a aguzar el olfato -ya que la vista tiene poco arreglo natural- para detectar el cariz de las situaciones. Quizá, más que el olfato, es el oído lo que debiera entrenar. Diferenciar las tonalidades en los diferentes tipos de “claros” aportaría mucha claridad a mi futuro.

Proseguimos la velada en el restaurante de enfrente, y ahora ya conozco algo sobre varios pintores conteporáneos mexicanos y sobre las tonalidades de la claridad. Velada pintoresca donde las haya.

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