Lucía y el arte (música)


Con el regusto de la cena de la noche anterior, cena colorista, Lucía y servidor nos animamos al día siguiente a tener un día artístico. Lo relataré en dos capítulos: música y pintura.

Pasé a recogerla y nos tomamos un taxi en la misma esquina del día anterior. El taxi tardó más en venir, pero Lucía había mejorado su pericia notablemente.

El taxi nos llevól centro. Nos dejó en la Plaza Hidalgo, que hay enfrente del Teatro Degollado, en una mañana soleada, brillante.

http://es.wikipedia.org/wiki/Teatro_Degollado

Me vinieron los recuerdos de los días previos a mi boda allí mismo, en el Templo de San Agustín.

Ha pasado ya algún tiempo y recuerdo con ternura la sensación de desasosiego e inseguridad que sentía allí, en el centro de la animada ciudad, vestido de novio, rodeado de mexicanos y sin poder controlar apenas un detalle de todo lo que sucedía en el bullicioso entorno.

El tiempo ha hecho su trabajo y Lucía y yo, los dos “hueritos” y con absoluta facha extranjeril nos plantamos valiente en la Plaza Hidalgo dispuestos a turistear. Caminando por Morelos, percibíamos el contraste entre el sol claro, casi blanco y la tez tostada de vendedoras, boleadores, policias y demás personajes “del centro histórico”.

Salimos brevemente del bullicio y la solana de la calle principal para internarnos en el primer edificio, con su patio colonial y su indulgente sombra, siguiendo la música como los ratones.

Resulta que al lateral del templo de San Agustín lo han convertido -mexicanos ocurrentes- en la sede del conservatorio de Guadalajara. En cuanto oímos Lucía y yo que salían notas de trompas, tubas, guitarras y violines por la puerta del atrio (http://es.wikipedia.org/wiki/Atrio) seguimos el rastro.

Allí nos metimos a escuchar y, obviamente, a conocer a todos los pacientes alumnos del conservatorio que ensayaban en el atrio y que, sonrientes, dejaban que Lucía fuera afinando cada uno de sus instrumentos. Llegar con esta niña a un lugar es como llegar con una bendición. Casi todo el que la ve -zombies hay en todos sitios- es incapaz de evitar lanzar su primera sonrisa del día.Y Lucía es así: saluda a todo el mundo, se despide de todo el mundo, toca a todo el mundo, mira a todo el mundo. No deja ni uno: es una niña justa.

Así que introdujimos la alegría en el atrio del conservatorio. Lucía, decidida como un jefe de estado pasando revista a las tropas, le iba dedicando un tiempo a cada miembro de la orquesta y yo iba detrás, a modo de primer ministro. Su porte era casi marcial.

Revisamos cuidadosamente los mecanismos de amarre de la bicicleta de una alumna que, un poco azorada, no sabía si se podía ir dejando a Lucía mirando la bicicleta o debía quedarse hasta que la pequeña perdiera el interés.

El violín llamó la atención, lógicamente lo afinamos. Su dueño no estaba muy seguro de que Lucía pudiera con él, por lo que compartieron.

El clarinetista era un poco más serio y trataba de centrarse en la partitura. Su rato de ser observado no se lo quitó nadie.

El guitarrista estaba sentado en el centro del banco cuando lo encontramos. Luego se hizo a un lado. Luego dejó la guitarra sobre el estuche para que la probáramos. Después nos dejó el banco libre para cambiar avíos y finalmente se puso a caminar por el atrio, haciendo dejación de todo menos de su cuerpo, que lo llevó consigo.

En todos los casos el mismo ritual: aproximación cautelosa, para no distraer al músico. Observamos con ciudado su ensayo, el instrumento y el estuche. Hay un momento en que el músico se siente observado y se detiene. Momento de iniciar el trato. Afinado de instrumento, apertura y cierre del estuche 15 a 20 veces, miradas al músico que, tímido, apenas levanta la vista o, si lo hace, sonríe con arrobo y… a otro músico. Así el atrio entero. Por supuesto, con prueba de apertura de todas las puertas, subidas y bajadas de escalones, cambio de pañales la lado de un guitarrista que acabó por cedernos toda su banca…

Con naturalidad. Lucía se gestó en el vientre de una madre bailarina, oyendo música muchos días. Empezó tocando (tirando de) las cuerdas de una guitarra que me prestaron en casa. Solplaba con entusiasmo por la flauta, aporreaba con alegría un tamborcillo y, obviamente, en cuanto oye música levanta las manos y oscila su cuerpecillo al son. Era visita obligada.

Un rato después nos vamos contentos, dejando atrás el atrio musical. Proseguimos por Morelos. Jugamos con el agua de la fuente de la Fundación, sita en la parte trasera del Degollado. Allí se habla de los conquistadores y hay una inscripción que Lucía vio por primera vez. Obviamente lo más importante para ella es el agua (una de las palabras que mejor pronuncia, o quizá que mejor yo entiendo) y los demás detalles son secundarios.

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