Lucía y el arte (pintura)


Caminando por Morelos seguimos nuestro recorrido. Era aquello como caminar con una especie de santo. La gente detenía su labor y sonreía, saludaba. Todos interrumpían lo que estaban haciendo porque la luz que desprende Lucía es algo extraño, demasiado intenso. Un camino de 100 metros nos llevó 20 minutos.

Ya llegábamos al centro joyero y el sueño se estaba adueñando de mi hija. La solana y la tranquilidad de la zona fueron calmando su ánimo, siempre muy inquieto ante la novedad. Yo de nuevo me ponía a pensar, pues todo mi interés era que ella viese la exposición de Botero en el Cabañas, pero parecía que no llegaba despierta a la puerta. Los esfuerzos educadores de su padre, una vez más, eran en vano. La vida seguía su curso.

Y así fue: a las puertas del Hospicio Cabañas Lucía Guadalupe era todo paz interior.

Así pues, servidor dudó si entrar o esperar a su despertar en la puerta. El razonamiento se activó de nuevo: si espero leyendo en la puerta, ella duerme y yo leo. Entre leer y ver la exposición de Botero sobre la violencia, prefiero entrar. Si entro, ella seguirá durmiendo y yo veré la exposición. Así pues, como ella va a dormir en todo caso, entro. Entrada gratuita, por cierto.

El Hospicio Cabañas es un hospicio para el alma. Sus sombras y sus arquerías de piedra ofrecen al caminante un resquicio de comprensión que la ciudad no ofrece.

Caminando por sus laberínticas galerías -parece que el arquitecto decidió unir en aquel enclave todas las arquerías que cabían en su cabeza- se llega a la exposición de Botero. Botero el de las gordas, sí.

Una exposición sobre la violencia, con dos rasgos peculiares: el primero es que está vigilada por policía federal, vestida a lo militar.

Conociendo la animadversión de muchos mexicanos hacia el color caqui, llama la atención esta combinación. En la foto se puede observar un uniformado a la puerta de una de las salas:

Paradójicamente, cuando los mexicanos se quieren tomar algo en serio mandan a los caquis. Hacen lo mismo cuando se trata de proteger algo para ellos importante: normalmente para ellos es muy importante lo que viene de fuera y el amigo Botero es foráneo. Así que los caquis a la puerta son señal de compromiso por su parte.

Lo segundo que llamaba la atención era la propia exposición. Recomendado por el amigo mecenas, fuimos Lucía y yo movidos por la curiosidad, pues no conocíamos de Botero más que las estatuas que ha dejado por Madrid. Su pintura era para nosotros desconocida. Lucía siguió desconociendo la pintura de Botero, pero yo me di un buen baño de ella.

Botero quiere plasmar su visión de la violencia que asola Colombia, y llena las paredes del Cabañas de cuadros realizados entre 1999 y 2004, donde refleja, fundamentalmente… víctimas. Personas que, por sus gestos y expresiones -y por el título de cada obra- intuye uno que deben de ser víctimas de la violencia.

“La violencia ha llegado a las salas del Instituto Cultural Cabañas. Sus salas se tiñen de sangre. Por aquí, un grupo de personajes perece bajo una lluvia de balas; allá, un grupo de cuerpos mutilados se hace un amasijo de piernas, cabezas y torsos. Una mujer llora a cántaros, otra está maniatada, mientras la muerte se monta en los hombros de un hombre con los ojos vendados. Ahí donde se pone la vista hay una escena violenta que presenciar. ¿Quién es el causante? Viene desde Colombia. Se llama Fernando, se apellida Botero, y estará presente en los muros del Cabañas gracias a la exposición que, en el marco del Festival Cultural de Mayo, trajo el Museo Nacional de Colombia.”, dice Milenio.

“Cada vez que abrimos una exposición de Botero es motivo de orgullo, pero lo que la gente tiene que tener muy claro es que no va a ver personajes apacibles en apacibles calles colombianas, sino que es una exposición de un tema muy duro. Es una exposición sobre la violencia en nuestro país y creo que la gente debe estar preparada para eso porque es un choque cuando la ves. Una se indigna y siente rabia de que esta barbarie esté sucediendo en pleno siglo XXI”, dijo a LISTÍN DIARIO Liliana González, subdirectora del Museo Nacional de Colombia.

Efectivamente. Del causante no se sabe nada. Alguna lámina estaba dedicada al causante, en especial una titulada “El verdugo”. Me extrañó. Me extrañó toda una exposición dedicada a la violencia, un simple síntoma de algo peor. Una exposición entera dedicada a un síntoma y a las víctimas. Me pareció, lejos de centrarme en el pretendido mensaje conmovedor, un despropósito. Una exposición dedicada a contemplar muertos, cadáveres o heridas. Imagino que queriendo remover, causar fastidio o conmoción en los asistentes…

En mi causó aburrimiento. Como si asistiese a una exposición llena de lápidas, cuyo fundamento obvio fuera la muerte… dejando para la lejanía del vicioso razonamiento la causa última: el narcotráfico; o la arbitrariedad de un gobierno. O el terrorismo.

Investigando sobre la itinerante exposición voy atando cabos: se llamaba “El dolor de Colombia”, y al llegar a México la llamaron “La violencia”. Parece ser que en cada país adopta un nombre diferente…

“El dolor de Colombia”, indica Marianne de Tolentino, directora de la Galería Nacional de Bellas Artes, es la primera exposición formal de Fernando Botero en el país, aunque el año pasado fueron presentados aquí algunos cuadros y esculturas suyos en la Feria Internacional de Arte (FIA).

El título de la muestra fue adecuado intencionalmente porque el original, “La violencia en Colombia”, era muy duro, dice Tolentino, y, aunque posiblemente todos se acerquen a la galería buscando las formas voluptuosas y el humor pictórico que caracteriza a Botero, aquí, asegura la crítica de arte, lo importante es el tema. “A finales de los 90, cuando Colombia atravesaba un período terrible de crímenes, secuestros y masacres en masa, a él lo conmovió profundamente. El lo ha dicho, que la injusticia lo indigna, que no la soporta, y decidió comprometerse más y llevar lo que estaba sucediendo en su país a su pintura y así lo hizo. Él ha dicho que el arte no cambia la historia pero, de todas maneras, para él hay un deber como artista”, explica Tolentino.

Me recordó aquel debate en Comillas sobre la violencia, y cómo, efectivamente, las posturas de los debatientes se centraban en la estética de la violencia, como si en el efecto quisieran hallar la causa. Asistía a los cuadros y láminas de Botero, colombiano al que la realidad de su país le ha hecho decidir exiliarse, e intuía que el mexicano contemplaría estos cuadros pensando en su país y en sus propios miles de muertos anuales, sin llegar a cuestionar las causas remotas del efecto.

Sabia que mi amigo el mecenas recomendaba la exposición porque a él le había impresionado, pero miraba a Lucía en su carriola y comprendia también su preferencia por el sueño. ¿Es acaso habitual en las sociedades contemporáneas centrarse en los efectos -“especiales”, como en las películas- sin acudir a las causas?

Las imágenes son crudas, impactantes: carros bomba, matanzas, carabelas, sangre, destrucción, buitres hambrientos que planean sobre cuerpos muertos, que los pican; ataúdes, lágrimas, cuerpos descuartizados, rostros desfigurados por el dolor, secuestros, manos amarradas, manos que suplican, ojos vendados, madres llorando a sus hijos…

“Hay mucho más’, sigue Tolentino. “La muestra insiste más bien en las víctimas y el sufrimiento más que en la agresión. Cuando uno piensa en violencia piensa en el verdugo, mientras que cuando uno habla de dolor no es el dolor del sicario, del matón, es de la víctima. No es un dolor abstracto, es un dolor real”.

Pues no: aquí dieron el salto y le cambiaron radicalmente el título. ¿Consultaron a alguien? Me da que no. Todo ello en la celebración del Bicentenario: los 200 años de la independencia de España y los 100 de la revolución.

Mientras Lucía seguía durmiendo me pasé a la exposición de Marcos Raya, y la pregunta me fue respondida.

http://www.marcosraya.com/

Quizá el arte se debe centrar en los efectos, pues las causas son a menudo poco vistosas como para dedicarles un cuadro. Psicodelia, collages, irreverencia… todo en él trataba de transmitir una visión apocalíptica en sentido negativo.

http://www.informador.com.mx/cultura/2010/200057/6/marcos-raya-la-critica-a-traves-del-collage.htm

Me llamó especialmente la atención el “Peace is war”, probablemente uno de los collages más etiológicos de Raya. Estuve un buen rato mirándolo.

Asimismo, este otro también me inquietó:

Descansamos en uno de los patios porticados, y el agua manaba de las fuentes mientras mi hija seguía descansando. Las paredes encaladas daban al recinto un aspecto de tranquilidad.

Tras un rato de escucha acuática, Lucía volvió al recinto tras el sueño. Sus ojos nos dan una idea de la lejanía del lugar desde el que acaba de regresar:

Botero y Raya habían acontecido durante su sueño y quizá, cuando sea mayor y lea esto, le entre curiosidad y busque a estos dos pintores que visitó con su padre cuando apenas sabía hablar.

Lo que aconteció después es fácil de resumir: Lucía correteó por la nave central del Hospicio, ignorando de plano los murales de los techos, tenebrosos, y centrando su atención en los visitantes y en sus pequeños pies al dar, aún, pequeños y torpes pasos que resuenan, contra la piedra del suelo centenario, hacia las altas y sobrecogedoras paredes. Como hacen todos los niños de su edad que visitan el Cabañas.

Sus pasos resuenan en mi memoria…

Mientras, en el avión de regreso a Madrid, mi compañera de butaca de la izquierda, Roxana, bailarina mexicana de flamenco y sufriendo la necesidad ponerse a trabajar para poder comer, se animaba a retomar la filosofía en Madrid tras media hora de charla; al mismo tiempo, mi compañero de butaca de la derecha, Manuel, arquitecto harto de perder dinero en cada proyecto, huía de un México violento buscando montar una taquería en las playas de Alicante y afirmaba, entre tequila y pastillas -se anega en alcohol y pastillas porque el avión le angustia- que le iba a caer una “madriza” al piloto como no concretara exactamente el tiempo que se tardaba en llegar a Madrid. Unas filas más atrás un pasajero se enzarzaba con un azafato porque su hijo tenía derecho a que se le respetase un espacio mínimo para chillar a gusto durante toda la noche, a 12 mil pies de altura y con alguna turbulencia que otra.

Yo trataba de poner todo esto en orden, anteponiendo causas a efectos, mientras iniciaba la lectura de “La década perdida”, de un ex presidente mexicano. Mi compañero el arquitecto, tras recomendarme varias veces que dejara de leer esa basura, acabó roncando sonoramente en mi hombro derecho. La compañera bailarina dormía placidamente a mi izquierda. El avión, entero a oscuras menos mi pequeña luz, volaba contra los husos horarios y le ganaba espacio y tiempo a la vida.

Abriendo la revista Metapolítica me encontré entonces con otro tipo de pintura: la de José Valderrama. Pintura ontológica la llama. Y dice:

Mi trabajo utiliza la pintura como medio de teorización epistemológica de los elementos más esenciales del ser humano. Pretendo dejar testimonio de la relación contemporánea entre el individuo y su universo social y personal, matizando así el sentido de trascendencia de nuestros símbolos culturales.

Algunas de mis series, como “Pedimos perdón” o “Los Ausentes”, representan las condiciones de fragilidad del discurso religioso y, por otro lado, la inestabilidad programada de la fragmentación social. Mi obra podría definirse como pintura ontológica en su nivel teórico temático, pero es puramente pintura cuando de materiales y técnicas se trata. En mi trabajo se expresan preocupaciones existenciales, de identidad, de violencia, pero también necesidades estéticas enunciadas desde una praxis formal de índole purista y esencial.

El objeto de estudio más frecuente en mis investigaciones son los seres humanos y sus aspectos cognitivos, matéricos y psíquicos en un nuevo siglo uniforme y alineado, ahogado en su propia dinámica de integración y desarrollo que, como franquicia, se reitera en las principales ciudades del mundo.

Sentía el alma, los colores y sonidos mexicanos por todas partes. Todo en mi era forma y color.

Me venció el sueño al cabo de un rato.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Zarabandas. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s