Homenaje a un librero que nunca hizo fotocopias


Un taxi me inspiró hoy. Observad la forma en la que el propietario del taxi decide comunicar a sus clientes las normas de utilización del mismo (supongo que son eso, normas de uso que, bien modifican las habituales -y por eso hay que comunicarlas expresamente-, bien extractan las normas habituales que más se incumplen).

Me pareció revelador de un momento, de una época. Me acordé de mi amigo el librero.

No hay imperativos: hay impersonales. ¿Y si en vez de normativo, fuera un texto descriptivo?

Imaginaba yo que para no entrar en discusión sobre la norma, para que el cliente no se sienta groseramente aludido, el propietario utiliza el impersonal. “No se come, no se bebe, no hay cambio”.

¿Y si en realidad está describiendo su situación como propietario? Quizá la referencia es reflexiva: si entiendo que no tiene el propietario cambio de 5o euros, ¿por qué no entender que tampoco come ni bebe?

Prescinde además de determinar el lugar: no utiliza un “aquí”, sino que, en general, afirma que no se come y que tampoco se bebe.

Este tipo de carteles que responden a la pregunta del usuario de un servicio antes de que se formule ya los he visto. Los “no se hacen fotocopias”, “no tenemos cambio”, “no vendemos tabaco”, “no es la embajada de Japón” son ya habituales. Manifiestan, en positivo, un espíritu práctico del comunicante, que se anticipa a las preguntas recibidas como persona previsora y ahorradora de tiempo. En negativo -como más de una vez he comprobado- manifiestan hartura de escuchar machaconamente cada día la misma pregunta y tener que responder siempre que no.

Yo lo vi por primera vez en la puerta de mi amigo el librero. Mi amigo el librero “antiguo y viejo”, al que homenajeo hoy, tenía un cartel multimensaje en su puerta, enumerando todas las cosas que no hacía. Personalizando: “no hacemos esto”, “no hacemos lo otro”, “no tenemos lo de más allá”. Él se lo tomaba todo personal, no como el propietario del taxi. A mi amigo el librero le iba la vida en vender lo que quería vender y en negarse a vender lo que no quería vender.

En vez de darle la vuelta al calcetín y pensar económicamente, se atrincheró en la pasión. Por su librería asomaban la cabeza viandantes pidiendo cosas que él no hacía: fotocopias, tarjetas de teléfono, cambio y otros menesteres similares.

Un buen comerciante hubiera analizado el número de veces que le piden algo y hubiera centrado su oferta en la demanda: en vez de libros -de los que rara vez vendía alguno a algún nostálgico del papel- hubiera renovado la orientación de su negocio, convirtiéndose en local de fotocopiado o casa de cambio.

Pero no: él siguió mostrando sus miles de libros -los cuales cargaba, colocaba, clasificaba, descatalogaba…-, vendiendo apenas un puñado al mes (al final ni 400 euros lograba vender) y, mientras, el mercado le pedía fotocopias y otros ruines servicios, y él, inadaptado a los nuevos tiempos, se iba quedando atrás. Su vida se iba extinguiendo en pos de una pasión inútil. En su negocio, en su “taxi” los clientes entraban a… ¡comer, beber y pedir cambio de 50 euros! Justo lo que él no tenía.

Años de sufrimiento después, con la espalda vencida de cargar y descargar cajas, y con el alma partida por haber tenido que desprenderse de “joyas” que tardó mucho en encontrar, decidió abandonar. Cerrar el magnífico local de renta antigua -con sus estanterías en madera que mandó hacer a un carpintero, trasladar todos los libros a un precioso sótano que tiene bajo su casa -a cinco metros del local- y donde guardaba las “reservas” y dejar de vender libros al público de la calle. Ahora se está modernizando y trabaja desde casa. Está pasando todas las referencias a internet, porque va a vender a domicilio, por la red. Sin horarios, sin tener que abrir por las mañanas y echar el cierre. Sin tener que limpiar el escaparate de graffitis. Sin tener que decir que “no hago fotocopias”.

De todos modos, creo que hoy mi amigo se ha evitado un sufrimiento mayor que estaba por venir. El que le hubiera supuesto vivir la escena que comenta otro blog (http://librerovoillard.blogspot.com/) cuando relata:

-“¿Perdone, hacen fotocopias?”
-“Aunque creo que debería estar usted ya advertido, le reitero que no.”
-“… ah, y entonces… ¿qué hacen?”

En unas semanas me acercaré al sótano de mi amigo, que me regala libros que piensa tirar por falta de espacio, pues no cabe en el sótano lo que antes cabía en la librería y el sótano. Está seleccionando ahí, bajo tierra.

Cuando salga a la superficie con algún libro en la mano, me encaminaré a la antigua librería de mi amigo. Probablemente me encontraré una tienda de comestibles regentada por dos chinos, pareja, ella de complexión fuerte, él de complexión delgada. Los mismos dos chinos de siempre que regentan, ellos solos, miles de tiendas en Madrid. Nunca entenderé cómo logran multiplicarse y estar en todas al mismo tiempo.

Las estanterías de madera habrán sido sustituidad por otras de metal, de estas que se compran desmontadas y se atornillan con llave inglesa. En sus baldas, decenas de productos de los llamados “de primera necesidad”.

Bajo tierra, en su catacumba particular, mi amigo ordena libros con 100, 200 o 300 años. Discursos de las Cortes, tratados de Teología, decenas de tomos de derecho administrativo, un libro restaurado de mapas dibujados a mano del México de 1934, manuales de psiquiatría de la época dorada e incluso revistas clandestinas de cuando vivía Franco, en decenas de idiomas.

Como el remero esperanzado de Kierkegaard, mi amigo avanzaba en la vida remando de espaldas al futuro: hacia él, pero de espaldas, mirando siempre al pasado que sus ojos dejaban atrás, cada vez más atrás. Nunca vi, entre sus decenas de miles de libros polvorientos que lo acompañaban en cada una de sus respiraciones, un solo libro escrito en chino.

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