¡Primero la sentencia, luego el veredicto!


Utilizo mi propio método para tratar de adivinar si en un país de los llamados democráticos lo que se está haciendo, la “cultura”, la trayectoria, va a algún sitio o va al “cacas”. Los países son como las vías del tren: conducen a algún lugar o son vías muertas.

Uno de los indicios que utilizo, en mi simplificación habitual -pues es simplificación a fin de cuentas: prejuicio quizá- para detectar si un país va a la muerte o no es el peso que tienen, en las acciones del Gobierno, lo que las otras tres instituciones del Estado “opinen”. El parlamento, el poder judicial y los medios de comunicación.

No lo que “opinen” en estado de manipulación: no lo que opinen a modo de claque. Hacer lo que los claqueros aplauden supone, normalmente, haberlos manipulado antes para que aplaudan lo que ya de antemano habíamos decidido hacer. Esto no es síntoma de salud ni de “ir hacia la vida”, sino de deriva nihilista y tedio. Y, por otro lado, es difícil, al menos para mi, detectar cuando el aplauso es “sentido” y reflexionado de cuando es pura claque.

No, noeseso.

Me resulta más simple de analizar el otro supuesto, la otra asociación, el otro síntoma: comprobar la sensibilidad del Ejecutivo a las bofetadas. Comprobar en qué casos límite el Ejecutivo es capaz de virar absolutamente de rumbo: manifestar que se ha equivocado, abandonar el cargo, adoptar una propuesta de la oposición… Es este “morir” de uno mismo para “nacer” a la comunidad lo que me da una señal de buena salud y proyecto.

¿Cuál es el umbral de resistencia más allá del cuál el Poder por antonomasia rectifica o decide dejar de serlo? ¿Qué hay que hacer para que un presidente dimita? ¿Qué hay que hacer para que un ministro de la razón a un rival? ¿Qué acciones llevan a un gobernante a perder su condición?

Mi modelo de previsión, “socio-político”, me lleva a pensar que, cuanto menos apego tenga el gobernante al cargo, cuanto más fácil es que abandone no su posición de pensamiento, sino su poltrona, cuantas más causas sean estimadas suficientemente graves como para producir el abandono de la situación de poder, más legitimo y responsable será ese poder, más seriamente estará gobernando. Más autoridad tendrá y menos potestad.

Cuando la reacción del Ejecutivo es desproporcionadamente intensa tras un fallo, cuando parece que no hay proporción entre la bofetada (auto) recibida y el giro de la cabeza al recibirla, ahí hay un buen síntoma de sensibilidad política, requisito para gobernar moralmente.

Hoy traigo a colación dos hechos que constituyen, a mi parecer, síntomas.

El primero: bueno. En Alemania, la renuncia de Horst Köhler estremeció el ejecutivo alemán, pues por primera vez en la historia de la República Federal de Alemania, un jefe de Estado se retiraba de su cargo. Y ello se ha debido, aparentemente, a sus declaraciones sobre supuestos intereses bastardos de Alemania en la guerra de Afganistán. Había vinculado la presencia del ejército germano en el país asiático a intereses económicos. Estas son las declaraciones:

“(…) Estamos en camino de que la gran masa de la sociedad entienda que un país de nuestras dimensiones con esta orientación hacia el comercio exterior y, por ello también dependiente del comercio exterior, también tiene que saber que, en caso de duda y de urgencia, la misión militar es necesaria para salvaguardar nuestros intereses, por ejemplo, las libres vías comerciales (…), impedir grandes inestabilidades regionales, que con seguridad también incidirían negativamente en nuestras posibilidades de comercio, puestos de trabajo e ingresos”, señaló en esa ocasión Köhler. Parece que el asunto irritó a ciertos alemanes de la oposión a la Canciller Merkel, ya que la participación del muy pacifista ejército alemán (tras la II Guerra Mundial) en esa guerra se había aprobado parlamentariamente con el expreso fin de contribuir a la seguridad a nivel mundial y también nacional. Para ellos, lo que se aprueba en el Parlamento y se sanciona por el Jefe del Estado tiene un fin, y si luego se demuestra que el fin real que se perseguía no era ese, entonces se exige que rueden cabezas. Parece una idiotez, pero esta coherencia entre lo que se dice y se hace, allí, tiene cierto prestigio ciudadano. Es lo que en inglés se denomina usando el verbo “abide by” que tanto me gustaba de pequeño. Tiene siginificados como tolerar, soportar, actuar de acuerdo con, ser leal a…

¿Imaginamos acaso como posible una renuncia del Rey de España tras unas simples declaraciones que pusieran de manifiesto que una ley sancionada autorizó algo que, en su ejecución, no fue finalmente lo que la ley quería legalizar? ¿Sería tan terrible para nosotros como para forzar al Rey a tomar ese camino? ¿Cuál es nuestro umbral de “dimisión”? Recuerdo hecho en España que llevaron años de denuncias sin causar el menor efecto por parte del afectado.

El otro hecho, en contraste, que me llama la atención, es la carta de protesta de Imperial Tobacco a Zapatero.

http://www.expansion.com/2010/05/31/empresas/1275342550.html

Aquí hay una supuesta Ley Antitabaco que va a prohibir fumar en sitios públicos. Eso le parece fatal a Alison Cooper, la CEO del grupo británico. Y ni corta ni perezosa le envía una carta al jefe del Ejecutivo para recordarle las nefasta consecuencias que la reforma legal traerá al sector hostelero. Me importa poco el contenido del asunto.

Mi estupor reside en que este grupo británico, que habrá tenido que afinar muy bien su estrategia antes de ponerse en marcha, ha decidido cuestionar esta Ley… ante el Ejecutivo. Una copia de la carta se le ha mandado también a… la Ministra de Economía y Segunda Vicepresidenta. No se ha dirigido al Congreso o al Senado, no hace presión en los medios de comunicación… Carta al Ejecutivo.

Me contrastan mucho ambos sucesos, una dimisión de un Jefe de Estado ante un acto “en fraude de ley” del Ejecutivo -lo cual sitúa al Jefe de Estado como alguien responsable ante la ley y los desmanes del Ejecutivo- y una petición de modificación legislativa ante el jefe del Ejecutivo -por parte de un grupo extranjero, inglés, que normalmente suelen ser bastante objetivos y prácticos en sus movimientos.

Mal síntoma me parece el segundo. Hago memoria, y puedo acordarme de que hace meses el padre de una chica violada y asesinada acudía también a “Palacio” a pedirle al césar español que cambiara la famosa Ley del Menor.

Quizá un análisis antropológico nos hiciera ver que el asco que sentimos en los países hispanos por los lobbies y think tanks -grupos de formación de opinión y de presión ante los poderes del Estado, especialmente el legislativo- es inversamente proporcional al poder en nuestro corazón que le damos al Ejecutivo en detrimento del Legislativo y del Judicial. ¿Seremos en el fondo unos amantes de la arbitrariedad? ¿Tendrá acomodo aquí el gusto que le tenemos al golpismo en sus diferentes facetas, gusto que exportamos a nuestros hermanos de Hispanoamérica? ¿Irá este ninguneo alineado con el “por mis cojones”, tan propio de nuestras comarcas y municipalidades?

En otros países parece que sucede al contrario: es frecuente la figura del parlamentario o juez “contestatario” o “independiente” que toca las narices al Ejecutivo en cada esquina que lo encuentra. Goza de respeto y es temido por el Ejecutivo, que tiene que contar con él en todo. Casualmente son los países donde el periodismo como profesión está más reonocido…

Frecuente es en lo latino el pensar que estas figuras incómodas son fácilmente eliminables -como así ha sido- y que el único poder “de verdad” es el Ejecutivo. Eso es poder y lo demás son tonterías.

Los otros dos son comparsas: la marioneta del legislativo y el “pepito grillo” del juez, que debe sufrir ostracismo para ser tolerado (un inadaptado social, un opositor que se dedica a eso tan absurdo de la “Justicia”). Y a los periodistas… antes vivían de la carnaza, ahora de la publicidad, que viene a ser lo mismo (cebo sin precio o con precio).

Adjunto artículo interesante sobre el tema. Pautas de comportamiento civilizado las llama el autor.

http://www.expansion.com/2010/06/01/opinion/llave-online/1275373015.html

Grandioso y vital, lleno de futuro, es el pueblo que respeta la Ley y que la vivifica en la Justicia.

Graves peligros acechan al pueblo que no se cree ni cumple la propia ley que “se ha dado”. “¡Que le corten la cabeza!”

O, mejor, ¡Viva España, viva el Rey, viva el orden y la ley!, como se puede observar aquí:

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