Lighter


En una revista de estas de barrio se hace mención al asesinato de un muchacho de “treinta y tantos” años de vida. Quisiera hacer referencia no al hecho, sino el enfoque que sus amigos le dan, y al desasosiego experimentado con su lectura. A modo de zarabanda, pues la encontré por casualidad en el buzón y la hojeé de corrido.

Casualmente también, como casi todo, escuchaba mientras en la radio a un señor especialista en la cuantificación jurídica de los daños corporales sufridos en eventos constitutivos de responsabilidad -civil o penal- para otro. Un asunto extraño para un rato extraño entre dos horas propiamente dichas.

El abogado hablaba entusiasmado sobre los avances que se estaban produciendo en la materia. Así, mientras hace años fallecer en la carretera nacional A-4 española, a la altura de Manzanares (Ciudad Real) siempre devengaba una indemnización por parte del Estado de 60 millones de pesetas (de modo automático, independientemente de la circunstancia, el juez a cargo fijaba esta indemnización), hacerlo unos pocos kilómetros más arriba, en Manzanares El Real (Madrid) dejaba mucho menos dinero. No había unificación de sentencias en este tema de los daños y las responsabilidades. El buen abogado manifestaba que hace dos semanas había logrado que le valoraran el bazo (sin “r”) de su guapa clienta en 12.000 euros -tras haber presentado el informe forense manifestativo de la importancia del bazo para la vida normal de una joven núbil-, mientras que en un juicio idéntico en distinta localidad a otra joven también guapa y núbil se le había valorado el bazo en bastante menos…

Resonaban en mi cabeza los euros que vale un bazo, y leía la siguiente reseña, envuelto en esta atmósfera un tanto “forense” e “hiperrealista”:

No es un Adios, es un hasta luego…” así comienza el título.

Menciona primeramente el lugar exacto donde fue asesinado el muchacho, “un hombre bueno que siempre tenía la sonrisa y simpatía como filosofía de entender la vida. Amable, gracioso y sobre todo una gran persona“. Le dedican sus amigos la nota en homenaje, al igual que una pieza musical que dos cantantes han compuesto en su honor. Luego deduzco el muchacho era querido por su gente.

Por que aunque tengamos la certeza de que no volveremos a verte, lo que nadie podrá arrebatarnos son todas las vivencias acontecidas durante tus treinta y tantos años de vida.” Lo que hace unos párrafos era un hasta luego ahora es certeza de no volverse a ver… Venía a mi mente Kundera, Orwell… Y pienso que las palabras, por la emoción, no se le engarzan al autor coherentemente. Pero eso no importa. Percibo, más bien, la desesperanza vital, el agarrarse primero al “hasta luego” que presupone que hay un luego, y después a las vivencias -casi a los fenómenos- acontecidas (imagino que se refiere a los acontecimientos), donde ya hay sólo un ayer… Comenzaban los amigos con ánimo, pero lo iban perdiendo frase a frase.

Veía cómo, efectivamente, lo trágico de la muerte de este señor de treinta y tantos era que no quedaba nada de él para sus amigos, sólo las vivencias que él había vivido, en la certeza de que el “hasta luego” no consolaba lo más mínimo ante el panorama vacío del futuro. No había persona, ni aquí ni allí, remanente.

Finalmente un jurado popular ha sentenciado 18 años (…) sin haber podido demostrar el móvil (…) Tras 23 días de juicio y más de 80 testigos se ha hecho justicia“.

Mientras el abogado que habla por la radio sigue cuantificando la indemnización por el bazo y habla del factor de corrección de la valoración de los daños físicos, los amigos de este chico afirman que los 18 años de condena al asesino han hecho justicia. Hablan del historial plagado de antecedentes penales del asesino, “que no debería haber andado por la calle ese fatídico día” y de las pruebas contundentes que aportó la policía, que hizo una excelente labor. Rabia juridificada, parece respirar la herida. Y poco más.

Y siento el vacío. Escalofriante.

Ante el mecanicismo y el fatalismo, ante el legalismo y el sentimentalismo, ante el sensualismo y el nominalismo, ante el sinsentido y el nihilismo que fundamenta la vida de casi todo, se siente… pena. Una pena vacía. Una pena que, supongo, para no sentirse tan vacía necesita generar a su alrededor intensidades que la tapen: ruido, cópula, velocidad, imagen…

Descansa en paz amigo y allí donde estés sigue riéndote“, acaba la nota de homenaje. Soledad. Le dejan allá donde esté, solo, riéndose.

Pues eso. Sigue riéndote, aunque tengamos la certeza de no volverte a ver. Allí donde estés. Y aquí nos reiremos también recordando tus vivencias: esos trozos de vida que, a modo de brochazos, dejaste en nuestro recuerdo. No dejas nada más que vivencias: ratos de risa que, como ondas en un estanque, tenderán a confundirse con la superficie de la nada. Meras ondas o estertores de lo amorfo que requieren de más ondas -de sonido, de imagen…- para no escuchar el silencio del vacío.

Risas.

Ciertos estamos, sólo, de los 18 años de pena para J.B.B. y de los 12.000 euros que vale el bazo de una chica en cierta jurisidicción; de las pruebas de la policía, del lugar del asesinato y de los antecedentes penales.

Leve, insoportablemente leve.

Por eso hace años, quizá, una rusa que me conocía bien y conocía mi tendencia a chocar contra el mundo me invitó, a modo de recomendación, a volverme onda con lo demás: “lighter”. Me invitó a subir a superficie y a agitarme suavemente con la brisa, en lugar de seguir allá abajo, abisal, con el gran ojo del pensamiento abierto 24 horas.

No le hice mucho caso y, aunque me tocó eventualmente también cuantificar daños físicos y estudiar los fundamentos de la determinación de la pena (jurídica, no antropológica), he gastado también bastante tiempo en tratar de dilucidar si esto de la vida se trata de “adioses” o más bien de “hasta luegos”. Si esto consiste en ruido o más bien en silencio. Si hay que reirse o mejor estar serio. Si vivir por ahora o para siempre.

En ello estoy. Eso soy.

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