Llegando a casa


La sensación de llegar a casa es difícilmente descriptible. Y cuando uno lleva mucho tiempo fuera de ella, más aún. En relación a la “casa del pensamiento” somos muchos los que abandonamos la Casa en su día, como pródigos, y algunos volvemos tras haber encontrado que “lo otro” no estaba ni a la altura de los cerdos.

Fue para mi San Agustín un ejemplo de existencia inquieta, siempre buscando. Ejemplos hay muchos más.

Enternece pues leer en una página, bien expresado, lo que uno, muchos años después, ha llegado apenas a entrever. Enternece, tranquiliza… Le hace a uno sentirse en casa, después de la travesía.

Aconteció el hecho muy pronto por la mañana, a esas horas en que sólo suceden cosas o muy importantes o absolutamente irrelevantes. En el aeropuerto del Monstruo, de DF, de camino a Guadalajara, esperando a mi vuelo del sábado a las 8,00 de la mañana.

En ese aeropuerto que es el más elegante que conozco, prodigio de la arquitectura mexicana: funcional y bello. Cuando se ponen, se ponen.

Años despúes ya he entendido qué es lo que me llama tanto la atención de este aeropuerto. Su diseño, en forma de celosía, me trae recuerdos de La Alhambra, me trae recuerdos de decenas de confesionarios… El aeropuerto de México, su terminal dos, impide que el exterior penetre en el interior: mantiene una intimidad para el viajero, alguien a punto de dar pasos importantes… Y, sin embargo, deja que la luz penetre: deja que lo esencial siga accediendo a la persona “en capilla”, como se dice de los toreros. 

En capilla, a punto de tomar el último avión de los que me llevan a mi hija, con ese primer café, intempestivo también, que recoge los últimos retazos de fantasía que se quedaron prendidos del sueño y los agrupa en la persona que ha madrugado, que tiene que darse entera al mundo, sin poderse dejar algún detalle en la almohada.

Tomando ese café en la terminal casi vacía, en esos lugares que son pequeños oasis de detención del tiempo en la carrera habitual -los aeropuertos me cautivan- leo en la blackberry el primero de los artículos “a leer” que me voy mandando. Decenas de ellos que, en los tiempos muertos, convierten mi blackberry en un ebook.

Y aquí lo adjunto: apareció en el sitio: www.elsentidobuscaalhombre.com

El originario rostro de la verdad: certeza y evidencia

Pablo Domínguez

No suele ser frecuente introducir la experiencia de la libertad y del amor en el contexto de la epistemología. La Fides et Ratio resulta, por ello, una invitación a una renovación del discurso filosófico. Con precisión en los términos y en el desarrollo. El profesor Seifert ha introducido bellamente estas categorías en el nuclear tema de la evidencia, la certeza y la verdad. Sean éstas mis palabras -no pretendo más- una reflexión en alto, acaso una mirada complementaria, de esta misma línea de pensamiento o, por mejor decir, de esta misma experiencia de la vida.

La cuestión de la verdad es la cuestión de la vida

Todo lo que se presenta como objeto de nuestro conocimiento se convierte por ello en parte de nuestra vida (FR 1).

¿Ha existido, acaso, alguna cuestión que ataña más al hombre concreto que el anhelo de la verdad? Dicho de otro modo, ¿ha existido algún hombre que no haya tenido como explícito fin el vivir verdaderamente, y el conocer verdaderamente el mundo y a sí mismo?

Hasta los filósofos más ajenos al pensar metafísico, incluso hasta los que han proclamado como doctrina la inexistencia de la verdad, reduciendo ésta a ideología -los nihilistas[2] – o disolviéndola por inconsistente -los pos modernos-, no han podido dejar de experimentar en el hondón de su ser lo que Platón dijera con singular fuerza: la verdad no se confuta jamás[3] O, acaso, ¿acaba con la pretensión de verdad el nihilista Nietzsche cuando anatematiza a Sócrates? O, ¿no se erige en un coloso del dogmatismo cuando osa poder matar a Dios? El nihilismo cree negar la verdad[4] , sin darse cuenta de que realmente la verdad no se niega o se afirma: sino que, en la existencia concreta del hombre, de la verdad o se vive o, de su ausencia, se muere.

El tema de la verdad es el tema de la vida[5] . Erradiquemos desde el comienzo de esta cuestión los planteamientos en exceso intelectualistas que no hacen sino relegar la verdad al reino de las aisladas ideas, al reino de la pura razón (que es la razón más impura, la menos razonable). Uniéndonos al grito anti-intelectualista de Kierkegaard en su atinada censura al idealismo hegeliano, no podemos por menos que afirmar que el mundo moderno se ha olvidado de lo que significa existir; incluso más, el filósofo moderno se ha olvidado de lo que significa vivir. Y es que, -con palabras dl filósofo danés- “existir es ser un individuo; lo abstracto no existe (…). Ser un individuo es escoger y apasionarse; la existencia es el momento de la decisión y de la pasión”.

Esa es la gran ausencia del pensamiento pseudos-filosófico: no la de ideas, sino la ausencia de realidades. Cuando Aristóteles afirma en el segundo libro de la Metafísica que es justo llamar a la filosofía la ciencia de la verdad[6] , no hace sino unir verdad y vida; verdad y pasión, verdad y hombre concreto.

El hombre es el único de los animales que se pregunta y que busca respuestas a sus interrogantes; el hombre es el único que, más allá de la ciega violencia, es capaz de discutir: discute porque le interesa la verdad de las cosas[7] . Y no sólo se pregunta por el sentido de lo que le rodea, sino que el hombre se pregunta por sí mismo. Estas preguntas no son, en modo alguno, un mero ejercicio de vacío e idealista intelectualismo. Estos interrogantes son, en verdad, la carne de la propia contingencia humana; son la expresión más honda de nuestra pasión más fontal. No, no es el orden cartesiano -cogito ergo sum- el que hace justicia con la experiencia humana, sino -sirviéndome de la lúcida expresión orteguiana- debería decirse cogito quia vivo. “No, señor Descartes -aduce Ortega-: vivir, existir el hombre, no es pensar; vivir, existir, no es estar solo, sino al revés, no poder estar solo consigo, sin hallarse cercado, inseguro y prisionero de otra cosa misteriosa, heterogénea: la circunstancia, el universo. Y para buscar en él alguna seguridad, como el náufrago mueve sus brazos y nada, vuestra merced se ha puesto a pensar. No existo porque pienso, sino al revés, pienso porque existo”[8] . Oigamos, si no, a un apasionado de su vida -tan apasionado como atormentado- Unamuno: “Nuestra filosofía, esto es, nuestro modo de comprender o de no comprender el mundo y la vida, brota de nuestro sentimiento respecto a la vida misma. (…). No suelen ser nuestras ideas las que nos hacen optimistas (…) el que hace nuestras ideas”[9] .Ante el tema de la verdad, en conclusión, hemos de evitar dos excesos: el racionalista, que identifica la vida con el pensar; y el pseudos-vitalista, que considera el pensar como enemigo de la vida. La verdad no es mera presencia de lo real en la nuda inteligencia, sino que -en términos zubirianos- se trata de una presencia de lo real ante una inteligencia sentiente, afectante y alente. La verdad es resplandor, y es un resplandor que refulge sobre toda la vida de la persona, animal de realidades[10] .

La verdad, por ende, tiene que ver con el gozo y la tristeza, con la paz y la angustia, con el ser y la nada.

La evidencia y la certeza: contorno de la verdad existencialmente vivida

“Para todos llega el momento en el que, se quiera o no, es necesario enraizar la propia existencia en una verdad reconocida como definitiva, que dé una certeza no sometida ya a la duda” (FR 27)

Cuando la verdad es una experiencia auténticamente vivida, existencialmente incorporada, es reconocida como definitiva y universal. La verdad exige inmutabilidad. Dicha inmutabilidad deja en el espíritu humano una impronta que llamamos certeza. La opinión, la duda, la conjetura es, por el contrario, el halo de lo cambiante, de lo transitorio, podríamos afirmar que la vivencia de la verdad auténtica es la certeza, siendo, por ello, la certeza un estado subjetivo que acompaña a la posesión de la verdad[11] .

Pero, ¿cómo se reconoce dicha inmutabilidad? ¿qué es lo que hace que el ente se perciba como decisivo y terminante?: la evidencia. Por eso, el rostro más original de la verdad es la evidencia. En efecto, la evidencia, que es una propiedad del ente de imponerse por sí mismo al espíritu cognoscente, es la primera huella que nuestro ser busca para elevar el edificio de un conocimiento veraz. Cuando la evidencia irrumpe, la verdad aprehendidad, abrazada, se vive en forma de certeza. Es la verdad, por tanto, la “casa propia del hombre”, siendo su antesala la evidencia y su brillo la certeza. Del mismo modo que no se puede vivir sin verdad, no cabe vivir sin certezas y sin el reconocimiento de las evidencias.

(…) es necesaria una filosofía de alcance auténticamente metafísico, capaz de trascender los datos empíricos para llegar, en su búsqueda de la verdad, a algo absoluto, último y fundamental (FR 83)

La búsqueda irascible de la absoluta verdad por parte del hombre tiene su primer momento en el rastro de las evidencias. Así lo afirma Aristóteles en lo que podríamos considerar el prólogo a la metafísica occidental. Así lo han sostenido innumerables filósofos; así principalmente- lo experimenta nuestra cotidiana existencia. Una auténtica vida es la que trasciende lo mutable y puede descansar en lo permanente, en lo eterno, que tanto atractivo tiene para el espíritu humano. Las evidencias, por otra parte, introducen al hombre en el ámbito del don. Lo evidente es lo que es dado, lo que le es ofrecido gratuitamente…Las evidencias no se construyen sino que se acogen. Realmente n encontramos evidencias, son ellas las que nos cautivan.

¿Cuáles son las evidencias que se le imponen al hombre? Sirviéndonos de una elemental concepción antropológica, podríamos distinguir tres tipos de evidencias, correspondientes a las tres esferas fundamentales de la relación del hombre con lo real: la sensibilidad, la racionalidad y la voluntad. A la esfera de la sensibilidad corresponden las “evidencias existenciales”; a la esfera del entendimiento corresponden las “evidencias racionales”; a la esfera de la voluntad, las que cabría llamar “evidencias éticas”. Así, en el primer grupo de las evidencias nos encontramos con la existencia del mundo; en el segundo grupo, con los principios analíticos que expresan la perfecta unidad y los primeros principios absolutos; en el tercer grupo, la percepción de la amabilidad de lo bueno (que responde a la esencia misma de la voluntad como “habitado ad bonum”).

Aquí tenemos ya un precioso tesoro: el de las primeras evidencias que, al ser experimentadas, producen las primeras certezas. Por tanto, tenemos ya una primera seria objeción que hacer a Descartes: que haya reducido a todas las evidencias racionales, sin querer admitir que esa imposición de lo real se da también en las otras dimensiones.

Hasta aquí parece que todo va “cuadrando racionalmente”; sin embargo, una mirada atenta descubre una radical y fundamental carencia. Los datos de las evidencias que se nos ofrecen parciales y, por tanto, entes de razón: por un lado, la existencia; por otro, la unidad o simplicidad; por otro, la bondad. Pero, ni en la existencia se da separada de la esencia, ni la unidad separada de la existencia, ni ambas separadas de la bondad. Por ende, cada una de esas tres “vivencias de las evidencias”, y sus certezas subsiguientes, no son, en sí, un puro reflejo de la verdad, que es, por esencia, indivisible.

De lo dicho se desprende una conclusión: que la evidencia por antonomasia, lo más evidente para el hombre, ha de ser la evidencia de aquel ente que reúna en la más absoluta unidad las tres cualidades antedichas: existente, simplicísimo y absoluto, y bueno. Sólo esa tal realidad saciaría plenamente el anhelo humano de verdad, evidencia y certeza. Sin este sentido unitario, lo demás sería una mera instrumentalización del saber, sin conexión alguna con la vida del hombre[12] .

La pregunta por esa realidad máximamente evidente -simple, existente y absoluto- es la pregunta por Dios. Esa pregunta es ya -en su esencia más honda- el reconocimiento que la razón humana hace de la existencia de Dios. En esa pregunta Dios es, al menos, tenuemente confesado. Lo que la razón busca sólo en Dios lo encuentra. Sólo Dios es la unidad simplicísima, el bien sumo y la existencia en sí. Sólo las notas de Dios dan respuesta a la búsqueda del hombre. En este momento, la razón se abre a la Trascendencia; es más, en este momento, el ser del hombre no puede no abrirse a la Trascendencia. La razón se abre naturalmente al conocimiento de Dios. Y en esa apertura natural, en esa búsqueda de la evidencia máxima, la razón se abre también a la fe. La fe viene a completar el camino ya iniciado por la razón.

El racionalismo no consigue acallar el grito del ser humano de alcanzar esa realidad absoluta y existente; el fideísmo acoge una respuesta sin mantener encendida la pregunta de la razón. Sólo desde esta antropología, donde la fe y la razón están en una común armonía, cabe entender la vivencia de la verdad[13] .

Sin embargo, una característica sería deseable aún para que Dios pudiera ser considerado una auténtica evidencia para el hombre; además de cumplir todas esas propiedades antedichas, desearía poder encontrarlo simplemente como un don; desearía recibir de modo simple lo que la razón alcanza realmente, aunque de modo tenue y complejo. Pues sí, el efecto, Dios se da a la razón y a la totalidad del ser del hombre a través del don de la revelación. Por eso declara la encíclica:

a la luz de estas consideraciones, se impone una primera conclusión: la verdad que la revelación nos hace conocer no es el fruto maduro o el punto culminante de un pensamiento elaborado por la razón. Por el contrario, ésta se presenta con la característica de la gratuidad, genera pensamiento y exige ser acogida como expresión de amor (FR 15).

La relación con Dios como evidente se da con mayor plenitud, por tanto, en ese feliz encuentro entre la fe y la razón.

El amor, relación propia con la verdad

El intelectualismo del que nos hemos desmarcado abiertamente seguiría siendo un auténtico peligro si no diéramos un paso más. La relación propia del hombre con la verdad es, desde su inicio, la del amor a la misma. Ya desde los presocráticos aparecía esta conciencia de que la verdad reclama no sólo la adhesión, sino el amor. Ese es el punto final del ejercicio de la voluntad: la libertad; siendo la libertad, a su vez, la antesala del amor. Y, en efecto, solo se ama lo existente y concreto…, lo abstracto se conoce, se contempla o, a lo sumo, se admira. El amor es, esencialmente, una relación interpersonal. Hablando con propiedad, no cabe el amor a una entidad abstracta; sólo cabe el amor entre dos entidades personales. La vivencia de la evidencia -la experiencia de la verdad- por ende, es una experiencia de amor. Todo el conocimiento humano tiene como finalidad el amor, que es la más excelente de las experiencias humanas. Sólo en el amor, el ser del hombre descansa: amando y sabiéndose amado.

Llegamos aquí a lo que considero centro en este desarrollo a partir de lo dicho en la encíclica Fides et Ratio: ¿dónde se encuentra ese Ser al que llamamos Dios, y que reclama nuestro amor? Si no lo pudiera tocar, si no lo pudiera experimentar con la globalidad de su ser, le faltaría algo para que pudiera tenerse de Él una experiencia simple. Y, si algo corresponde genuinamente a la vivencia de las evidencias, es su inmediatez, su simplicidad en la experiencia. Es como si la razón, que ya ha encontrado a Dios, reclamara algo más que a ella se le escapa.

La salida a esta inquietud filosófica le es dad a la razón por la plenitud de la revelación, y tiene un nombre propio: Jesucristo -el Verbo eterno del Padre encarnado-, y su Cuerpo Místico, que es la Iglesia. En Jesucristo, el conocimiento racional de Dios no es anulado, sino plenificado:

Esta verdad, que Dios nos revela en Jesucristo -sostiene la encíclica-, no está en contraste con las verdades que se alcanzan filosofando. Más bien los dos órdenes de conocimiento conducen a la verdad en su plenitud. La unidad de la verdad es ya un postulado fundamental de la razón humana, expresado en el principio de no contradicción. La revelación de la certeza de esta unidad, mostrando que el Dios creador es también el Dios de la historia de la salvación[14] .

Cabe decir de todo esto que la verdad que busca nuestra razón, la certeza que anhela, es una “sustancia primera”, es una verdad concreta y existente en sí…es, digámoslo así, una verdad encarnada; es -en definitiva, aún sin saberlo- el Verbo encarnado. La encarnación: ese es el escándalo para la razón y, a la vez, su propia liberación. Por eso afirma la encíclica:

La encarnación del Hijo de Dios permite ver realizada la síntesis definitiva que la mente humana, partiendo de sí misma, ni tan siquiera hubiera podido imaginar: el Eterno entra en el tiempo, el Todo se esconde en la parte y Dios asume el rostro del hombre[15] .

Sólo Jesucristo -vivo y presente en la Iglesia- responde plenamente a las exigencias que hemos ido descubriendo en el espíritu humano[16] . Él es el lugar por antonomasia de la certeza, pues, en verdad, Él es la verdad plena.

Uniéndome a la relectura que de la experiencia cognoscitiva humana hace la Fides et Ratio, desde la más genuina experiencia filosófica, que de por sí se abre a Dios, y tras recibir el abrazo de la revelación, permítaseme esta confesión de fe: es Jesucristo, el Verbo eterno encarnado y presente y vivo en su Iglesia, la verdad más plena para el hombre, la certeza más irrevocable para su espíritu, el único que hace justicia plena a sus ansias de conocimiento y de amor.

Citas.

[1]Conferencia pronunciada en el “Congreso Internacional sobre la Encíclica Fides et Ratio” que se celebró en la Facultad de Teología de San Dámaso, del 16 al 18 de febrero de 2000. Esta intervención fue réplica a la conferencia del profesor J. Seifert, que versó sobre “Conocimiento contemporáneo y fe”.

[2]Además, como consecuencia de la crisis del racionalismo, ha cobrado entidad el nihilismo. Como filosofía de la nada, logra tener cierto atractivo entre nuestros contemporáneos. Sus seguidores teorizan sobre la investigación como fin en sí misma, sin esperanza ni posibilidad alguna de alcanzar la meta de la verdad. En la interpretación nihilista la existencia es sólo una oportunidad para sensaciones y experiencias en las que tiene la primacía lo efímero. El nihilismo está en el origen de la difundida mentalidad según la cual no se debe asumir ningún compromiso definitivo, ya que todo es fugaz y provisional” (FR 46).

[3]Gorgias 473B

[4]”¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado lo que son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible (…)” (F. Nietzsche, Über Warheit und Lüge inaussermoralischen Sinn [1873] 1).

[5]”La verdad se presenta inicialmente al hombre como un interrogante: ¿tiene sentido la vida? ¿hacia dónde se dirige?” (FR 26)

[6]993b, 20

[7]”El hombre no ha sido creado para vivir solo. Nace y crece en una familia para insertarse más tarde con su trabajo en la sociedad. Desde el nacimiento, pues, está inmerso en varias tradiciones, de las cuales recibe no sólo el lenguaje y la formación cultural, sino también muchas verdades en las que, casi instintivamente, cree. De todos modos

[8]J. Ortega y Gasset, En el cementerio de una Universidad. Conferencia en Granada en 1932, en : Obras completas V (Madrid 1983) 468.

[9]M. de Unamuno, El sentimiento trágico de la vida (Madrid 1913)

[10](…) A la acción diferencialmente humana subyace una habitud propia: el enfrentamiento con las cosas como realidad. Es un enfrentamiento ante todo aprehensor, pero también de volición y sentimiento. (…) Todo comportamiento humano se inscribe en una sola habitud, en un solo enfrentamiento propio. Es lo que expresamos diciendo que el hombre es animal de realidades” (X. Zubiri, Sobre el hombre [Madrid 1986] 40)

[11]Cf. Sto. Tomás, In III Sent., d. 26 q.2 a.4; S. Th. I-II q.112 a.5, ad 2; Suárez, De Gratia, 11, II y IX

[12]”Una filosofía carente de la cuestión sobre el sentido de la existencia incurriría en el grave peligro de degradar la razón a funciones meramente instrumentales, sin ninguna auténtica pasión por la búsqueda de la verdad” (FR 81)

[13]”Era pues necesario afirmar contra toda forma de racionalismo, la distinción entre los misterios de la fe y los hallazgos filosóficos, así como la trascendencia y precedencia de aquéllos respecto a éstos; por otra parte, frente a las tentaciones fideístas, era preciso recalcar la unidad de la verdad y, por consiguiente, también la aportación positiva que el conocimiento racional puede y debe dar al conocimiento de la fe” (FR 53).

[14]”Esta verdad, que Dios nos revela en Jesucristo, no está en contraste con las verdades que se alcanzan filosofando. Más bien los dos órdenes de conocimiento conducen a la verdad en su plenitud. La unidad de la verdad es ya un postulado fundamental de la razón humana, expresado en el principio de no contradicción. La Revelación de la certeza de esta unidad, mostrando que el Dios creador es también el Dios de la historia de la salvación. El mismo e idéntico Dios, que fundamenta y garantiza que sea inteligible y racional el orden el orden natural de las cosas sobre las que se apoyan los científicos confiados, es el mismo que se revela como Padre de nuestro Señor Jesucristo. Esta unidad de la verdad, natural y revelada, tiene su identificación viva y personal en Cristo, como nos recuerda el Apóstol: ‘Habéis sido enseñados conforme a la verdad de Jesús’ (Ef 4, 21; cf. Col 1, 15-20). Él es la Palabra eterna, en quien todo ha sido creado, y a la vez es la Palabra encarnada, que en toda su persona revela al Padre (cf. Jn 1, 14. 18). Lo que la razón humana busca ‘sin conocerlo’ (Hch 17, 23), puede ser encontrado sólo por medio de Cristo: lo que en Él se revela, en efecto, es la ‘plena verdad’ (cf. Jn 1, 14-16) de todo ser que en Él y por Él ha sido creado y después encuentra en Él su plenitud (cf. Col 1, 17)” (FR 34)

[15]”La verdad expresada en la revelación de Cristo no puede encerrarse en un restringido ámbito territorial y cultural, sino que se abre a todo hombre y mujer que quiera acogerla como palabra definitivamente válida para dar sentido a la existencia” (FR 12).

[16]”La verdad de la revelación cristiana, que se manifiesta en Jesús de Nazaret, permite a todos acoger el ‘misterio’ de la propia vida. Como verdad suprema, a la vez que respeta la autonomía de la criatura y su libertad, la obliga a abrirse a la trascendencia. Aquí la relación entre libertad y vedad llega al máximo y se comprende en su totalidad la palabra del Señor: ‘Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres’ (Jn 8, 32)” (FR 15).

A lo Machado, a esto me dedico yo. A pensar desordenadamente en esta s cosas y a tenerlas presente cuando trato con mis clientes, mi familia, mis amigos o mis conocidos. Están las cartas sobre la mesa, y por mi parte no hay mucho más que merezca la pena ser añadido.

Salgo del aeropuerto de Guadalajara y me demoro a propósito, disfrutando de la soledad del peregrino. Me despide el siguiente cartel, llamativo, que siempre ha estado ahí pero en el que nunca me había fijado tanto. Rodeado de retratos de niños esta vez.

Con esta sensación de que, tras muchas vueltas, llegué al mismo sitio del que partí -si bien es cierto que con el polvo del camino andado, que es lo que nos hace valorar, a los torpes, aquello que un día dejamos atrás.

El resto del día trascurrió plácidamente junto a la personita que hoy es mi casa.

A veces de una misma situación límite dos personas salen de modo diferente. A veces esas situaciones nos aniquilan, y otras nos templan de modo que la espada se vuelve más mortífera. 

Este post se lo dedico a Helena Jans van der Strom y su hija Francine. Sin saberlo, iban a determinar el aniquilamiento de la Edad Moderna y el post aniquilamiento de la contemporánea.

Siempre me ha parecido clave, para entender la obra de un filósofo, conocer su familia y sus circunstancias personales en detalle.

Así pues, al menos en la evidencia que me persigue por los aeropuertos, vivir es increíble. Vivo, luego creo.

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Una respuesta a Llegando a casa

  1. ALESSA dijo:

    MUY LINDO

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