Que juegue para que se canse…


Oi esta frase hoy, en referencia a mi hija, pronunciada por alguien de mi familia. Me resonó durante horas, porque pone de manifiesto que el mundo podría dividirse entre los que miran a los niños pensando eso -“que juegue para que se canse y deje de molestar”- y los que piensan: “que juegue, aunque yo me canse”. Y sentí pena, dolor por los millones de niños que hay en el mundo que no despiertan en el adulto que los cuida ninguna admiración: son cargas, en lugar de bendiciones.

Como hacen en la plaza las cuadrillas de los toreros miserables, se trata de que el toro se agote y golpee contra las tablas nada más salir, para mermar su bravura y hacerle sencilla la faena al “torero”, escondido en el burladero y asistiendo al “descaste”. ¡Qué diferencia con aquellos que reciben los primeros embistes del animal en solitario, contra su propia muleta, y domeñando esa furia desparramada para dirigirla hacia un sentido que se convierta en arte!

He soprendido en personas que conozco cierto tipo de miradas, cuando miran a un niño, que mezclan admiración y respeto. Miran al niño y ven un infinito personal, tanto que a veces se les adivina cierta sombra de preocupación en la mirada… Como quien, siendo músico profesional, asiste a una interpretación y percibe los miles de matices que la gente a su alrededor jamás llegará a percibir. Sólo de él puede salir el supremo respeto por lo que es único e irrepetible, que en nuestro post de hoy, es la persona y la vida humana.

¿Cómo es posible que el sacar a un niño adelante y enseñarle todo lo mucho o poco que uno sabe de la vida se convierta en rutinario? ¿Qué hay más intenso? ¿Qué hay más valioso? ¿Hasta qué punto se vive con valores subvertidos como para sucumbir a la pereza ante una criatura de Dios que es todo menesterosidad e ilusión?

Moral, es la palabra. Sólo se puede hacer el bien cuando éste se conoce, y conocerlo requiere muchos silencios, muchos paseos y muchas miradas a lo lejano. Un niño nos produce oración, porque sintetiza en sí mismo la Vida absoluta y sus consecuencias. Ver a un niño es contemplar la verdad y de ello, a poco que uno sea coherente, salen muchas consecuencias morales para la propia vida. Un niño siempre es signo de Dios, manifestación en forma inocente. Saberlo interpretar es como la fe: probablemente cuestión de don, tras cierta disposición de ánimo a recibir la luz.

Jugar con un niño es, probablemente, una de las cinco cosas más importantes que puede hacer uno en la vida. Que cada quien haga su lista.

No ser capaz de vivir ese momento en toda su trascendencia es digno de compasión y lágrimas, porque la vida sin esa profundidad es páramo de sensaciones. Poco más.

No hay agotamiento más placentero que el que te deja un niño después de haber estado todo el día descubriendo ese mundo que él va a tener que hacer habitable y con sentido cuando sus padres le vayan dando el relevo.

Así pues, que juegue tanto como quiera, y que luego duerma benditamente. Y que Dios nos dé fuerzas para estar a la altura de la criatura en todo momento. En ello nos va la Esperanza y la Salvación.

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