Lavapiés Mundial


Ayer hablaba de Miriam y de su forma de perfumar los pies del Señor.

Hoy la Providencia me llevó a Lavapiés. Allí cené comida de Bangladesh, en uno de las decenas de restaurantes de esa especialidad que perfuman la zona. Texturas diferentes, aromas… Bebí mango con yoghourt.

Cené en inglés, con una bailarina india que es inglesa, una azafata inglesa que habla español y un argentino que siéndolo tiene bastante.

Mientras, la selección roja le gana a Portugal en el Mundial de Sudáfrica y decenas de marroquíes corean España por las calles. La gente acarrea televisiones arriba y abajo, bolsas de plástico con esencias de sus vidas…

Una preciosa niña de Bangladesh, vistiendo la camiseta roja de la selección, juega con su hermanito en un idioma que aún no comprendo. Su padre, feliz, es dueño de varios de los restaurantes de la zona.

El taxi, en medio de una huelga terrorista de Metro, me devuelve veloz a casa mientras cientos de banderas escapan de las ventanillas de los coches celebrando el pase a la siguiente ronda del Mundial. Marcó el gol de la victoria uno de los muchos jugadores de la selección nacional que pertenecen al equipo de la región más secesionista del país, aquella que ya está legislando como separada de hecho, aunque no de derecho. Lo celebramos igualmente porque cuenta completo, no a medias.

Lavapiés mundial, el caso es que haya pies que lavar.

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