Desesperadamente


Quizá la única diferencia fundante entre un ateo y un teo es que el primero no espera encontrar a nadie al llegar a Casa y el segundo sí.

Una de las lecturas atlánticas que hice en el último viaje, en el de regreso a la casa terrenalmente vacía, fue “La felicidad, desesperadamente“, de André Comte-Sponville. Con grandes expectativas ciertamente, puesto que uno espera bravura de alguien que se atreve a condensar, en cien páginas, toda una teoría de la felicidad a estas alturas de la historia.

La tesis del libro es que estamos separados de la felicidad por la misma esperanza que la persigue.

Y desarrolla, de modo agradablemente leve, una concepción de la sabiduría como felicidad en la verdad. Máximo de felicidad en el máximo de lucidez. He de decir que me animó leer en un libro esta idea que yo rumiaba hace tiempo sin saber cómo expresarla: la de la máxima consciencia como finalidad del hombre, algo a lo que la educación contribuye decisivamente.

“¿Qué nos falta para ser felices cuando lo tenemos todo para serlo y no lo somos? Lo que nos falta es la sabiduría o, en otras palabras, el saber vivir (…)”

Es este aprender a vivir la vida lo que nos lleva a pensar, como dice el autor, que el tiempo de aprender a vivir ya es demasiado tarde. Nos enseñan a vivir cuando la vida ya ha pasado.

Filosofar sirve para aprender a vivir, si puede ser, antes de que sea demasiado tarde, antes de que sea definitivamente tarde.

Doy fe. Algún día se está en un momento de muerte inminente, y la mente en ese momento se aclara, se vuelve lúcida. Pues bien, esa intuición de la mente en ese momento supuestamente final define con claridad si uno está en la vida auténticamente o no, si uno hasta ese momento se ha dedicado a lo que importa o no. Algún día llega ese momento, a algunos incluso les llega varias veces.

Es un filosofar el que se nos propone que no espera nada, y que en el no esperar encuentra esa beatitud propia de la sabiduría: se sabe que no cabe esperar nada porque no hay nada.

Cita tontorronamente a Woody Allen el autor -“¡Qué feliz sería su fuese feliz!“- pero creo que el cineasta citaba a su vez a Virgilio y su “¡Qué felices serían los campesinos si supieran que son felices!”. Siempre me intrigó esta frase desde que la leí de pequeño, y lo sigue haciendo. Me parece una frase canalla, burlona con el afán diario de los hombres, desde una supuesta ataraxia que las pobres hormigas humanas sin espíritu profundo no podemos tener. Es la frase de la constatación de la derrota de la vida por el desaliento. Es el “this is it” que se llega a llevar por delante cualquier wonderland.

No puede ser.

Me quedo mejor quizá con Kierkegaard y su invitación desesperada a no esperar porque todo está, o tiene que estar, ya en Él. Me quedo con la esperanza de que al final del viaje alguien esté esperando para hablarte del sentido de los pasos que has recorrido, exhausto, en la vida. Me quedo con el gesto angustiado del que camina mirando a su destino, arriesgando cada paso a la suerte del supremo momento y amando lo que hace porque el fundamento le es dado. Sólo lo inabarcable se puede amar de veras: no hay comida más rica que aquella que nunca supiste cómo se creó.

Bueno, más que quedarme con ello, soy eso. Imagino que unos, no sé como calificarnos, somos la mirada puesta a lo lejos y caminamos sin fijarnos mucho por donde pisamos. Y otros, entre los que no me encuentro, son los pies que pisan con autoridad cada suelo que encuentran y ágilmente van trazando el movimiento corporal con equilibrio. Con gracilidad e inteligencia. Envidia me dan, a veces.

Yo soy de los que renquean, de los que caminan a trancos y a veces tropiezan el paso. Yo soy de los que esperan, siempre, a cada paso, que aquello esté teniendo todo el Sentido. No es una felicidad imposible del tener, como dice el francés. Tampoco es una oscilación del dolor por el deseo de lo que se carece hacia el hastío por la posesión de lo que ya no se desea. No. Siempre atenta porque el espíritu anima al siguiente paso.

Es una esperanza a la que no le sigue la decepción, porque no es una esperanza que busque tener. Es un vivir, sí, para ese futuro, dictador que Pascal en sus Pensamientos considera que no nos da la felicidad. Es un vivir que nada es capaz de derribar porque el derribo implicaría, automáticamente, la aniquilación. Se vive hacia delante, no de espaldas al futuro como el confiado remero de Kierkegaard, sino mirando a lontananza. De la esperanza a la espera, jugándose la vida.

Y, sí, es pasión, como decían los estoicos: la esperanza es pasión, y nos hace sufrir.

Y, sí, no está en nuestra mano que su objeto su cumpla, lo cual nos hace más vulnerables.

Y, sí, esperar es desear sin gozar, tan sólo saboreando, pero sin llegar a ese goce procaz del que tiene, del que posee.

Y sí, a veces se desea tanto que se confunde la realidad con el deseo, como el peregrino tiende a ver agua donde no la hay.

Y, sí, esperar es desear sin saber, sin poder acotar la incertidumbre, constatando nuestra ignorancia y nuestra fragilidad. La esperanza es un deseo que se refiere a lo que no tenemos (a una carencia), del que ignoramos si es o si será satsfecho, y cuya satisfacción no depende de nosotros: esperar es desear sin gozar, sin saber y sin poder.

Gozar, saber, poder. He ahí la terna magnífica del ateo. Por fin sale a la luz. Spinoza sabe mucho de esto. Y Epicuro.

“Desde mi punto de vista de ateo, diría que ya estamos en el Reino, que es este mundo, esta vida, donde no hay nada que creer, como decía antes, puesto que todo está por conocer, y donde no hay nada que esperar, puesto que todo está por hacer o por amar. (…) Estamos separados por lo que pensamos acerca de la muerte, es decir, por lo que ignoramos. Esto no nos impide coincidir en lo que conocemos, que es una determinada experiencia de la vida, del amor y de la acción.”

¡Qué lejos quedan estas palabras del excelso “vivir para la muerte” o del “ser para la muerte“!

Sí.

Vivir es, para mi, poner los ojos en esa línea más allá de la cual no se acierta a ver nada. Al límite, ganando trascendencia porque sólo traspasando la línea se entiende que hay línea.

Sin gozar, sin saber y sin poder. Sin contentarse con ser feliz simplemente porque uno se sepa feliz. Y ese vivir que necesita llenar cada paso de centímetros que eleven al cielo, es el mío. Esperando. Padeciendo. Vulnerándome. Errando. Gastándome. Consumiéndome. Deseando. Emprendiendo. Proyectando. Viendo. Imaginando. Pensando.

34 años así. Ni un sólo día de descanso. Ni un sólo sin alimento y sin cobijo, paradójicamente. Siempre, esperando.

Como dice el Retrato de Machado que nos obligaron -como miles de cosas- a memorizar en clase:

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;

Recordad a Antony: “Hope there´s someone”.

Con Dios.


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