Gambra


Perdón por la ausencia. Andaba detrás de la Inspiración. Apareció en la persona de Salomé.

Volvía de la piscina, en una de las tardes habaneras del Madrid de julio: sólo la chicharra o cigarra tiene el valor de dialogar con el verano. De hecho, el cuerpo del macho está diseñado para sonar. Hasta 100 decibelios es capaz de proferir. Probablemente sus antepasados son españoles.

Volvía yo a dejar los libros de piscina en la recepción del templo donde vivo -un día me explayaré. Me proponía dar un paseo vespertino antes de recogerme, y quería hacerlo con las manos libres para poder anudarlas a la espalda, que es donde se anudan cuando uno quiere dar un paseo de los que permiten alcanzar conclusiones. Sirve también el gesto para que los jugadores de un equipo le consideren a uno entrenador de experiencia: probado está.

Llegué con mis libros a la recepción. En la recepción de mi templo se citan personajes entre barojianos y almodovarescos, que un día describiré. En las noches, cuando llego a veces tarde, converso con el portero rumano, joven inestable y nervioso, que me relata las historias del templo y sus moradores pintorescos. En esta nueva categoría que inauguro, Comunidad, el portero se llamara Vlad, como su compatriota.

Dejé los libros y fui contemplado curiosamente por dos de esos personajes: la que yo denomino mentalmente Salomé (una chica de unos cincuenta años, delgada, siempre envuelta en ropas vaporosas, que a las ocho de la mañana deambula por la recepciión en bata y gafas de sol agarrada a un café)  y El Mayordomo (un hombre triste, que intenta parecer un caballero inglés con su bigotillo perfilado y su delgadez, pero que sólo tiene prestancia para llegar, en mi mente, a ser Mayordomo: adicionalmente, siempre le veo trajinando con ropas procedentes del tinte).

Di mi paseo sabedor de que los libros, subrayados sin conmiseración por mis lápices de mina blanda -esa que pinta bien negro- y mis highlighters rosa fosforescente -los de marcar las reuniones en la agenda- estaban siendo auditados por Salomé y El Mayordomo.

A la vuelta del paseo se produjo la escena. Salomé me solicita, asegurándome que no se había producido auditoría alguna, que les deje saber qué leo. Por supuesto, con plena confianza, respondo.

Me cayó en ese momento el veinte, como dicen míticamente en México (http://huixquilucan.wordpress.com/2007/12/02/caer-el-veinte/). Me cayó internamente ante la reacción externa. Las manos venosas de Salomé, experimentadas, pasan por los tres libros como si fueran cartas de una baraja, con celeridad y vicio.

La educación cristiana“, de Antonio Amado. Lee el título con una mezcla de sorpresa, decepción y molestia. Mi primer contacto con Salomé, ante la mirada serenamente triste del Mayordomo y la sonrisa burlona de Vlad, tras el mostrador de recepción, ha sido contundente.

El ser y los filósofos” de Etienne Gilson. ¡Mmmm, Gilson! pronuncia Salomé. Con tono de respeto. Ufff, resulta que la diva encima sabe de filosofía. La situación se complica.

¡Gambra! “El exilio y el Reino” de Rafael Gambra (1).

– ¡Pero si este es de ultraderecha! – afirma estentóreamente Salomé, buscando un cuarto título con el que olvidar la terrorífica visión.

– … – arqueo de cejas de un servidor de ustedes.

– Bueno, carlista – vuelve Salomé a afirmar – a mi este me dio clase, nada, un pobre hombre, un profesor de colegio, nada… ¿cómo lees esto?

– Bueno, soy filósofo, leo un poco de todo – me atrevo a decir, por si logro aplacar su fastidio.

– Sí, lo que tiene es que es muy sencillo, escribe muy sintético. Hombre, hombre, pues lee otras cosas. Wittgestein, Suzuki… Gambra es poca cosa, era profesor mío en la Universidad y nada…

– ¡Qué alegría, una filósofa, pues somos colegas, ya hablaremos, qué alegría hombre! – iba yo diciendo mientras recuperaba mis denostadas lecturas y ponía rumbo a mi celda. Vlad miraba divertido y a Salomé se le iba posando el pensamiento de nuevo bajo el cabello.

Mis pasos bajo mis pies me alejaban de la filósofa y el hombre triste, mientras mi pensamiento me dibujaba el negativo de la escena acontecida:

– Macho, vaya tres libros curiosos para llevarte a la piscina y para sufrir un “registro aduanal” en tu vecindario. La educación cristiana, El ser y los filósofos y El exilio y el Reino… ¿Qué van a pensar tus vecinos? ¿Qué historia asociada a tu cara, como la tuya sobre el Mayordomo, se van a hacer ahora? ¿Por qué tanto énfasis en estos temas? ¡Qué poco appeal!

Me sentía como un traficante a quien la policía le hubiera dejado ir, con un tirón de orejas, tras un registro en el que le hubieran descubierto, decepcionantemente, un cargamento de aspirinas en lugar de buenas drogas duras. ¡Mira que leer estas cosas, en lugar de leer a Suzuki, o a Wittgenstein! ¡Menudo filósofo de pacotilla!

Días después Vlad y yo conversábamos de nuevo, y me contaba la trajinada vida de Salomé, en todos los sentidos. Siguió, aquella noche, ya recluido yo en mi celda con mis libros, hablando muy mal del pobre Gambra. Probablemente ella no esperaba volver a encontrar al adusto profesor, años después, acodada en la recepción de su palacio, en la portada de un libro del nerd del vecino. Había mucha hiel en su palabra, resentida tras los años. Ella sabrá por qué. Yo no.

Van unos artículos sobre él:

http://www.galeon.com/razonespanola/re89-gam.htm

http://www.carlismo.es/modules.php?name=News&file=article&sid=39

http://www.filosofia.org/ave/001/a088.htm

(1) Ya hablé en su día de Gambra y de su Historia sencilla de la filosofía. Pues bien, este de El exilio y el Reino, es, de nuevo, uno de los libros más finos, certeros y ricos que he leído en los últimos años. Me gasté un subrayador entero. Todo el libro es clave. Adjunto el link donde lo podéis pedir: http://www.balmeslibreria.com/balmeslibreria/Detalle_autor/_zDF4eX3kpGE_F5peyoieVylDSJNXQgc0EyKp74gmXw4

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