¿Tú (en) qué crees?


¿Hacia una religión sin Dios?

José Mª Petit Sullá

(Artículo aparecido en la revista Verbo, nros.71-72, año 1969)

Entramos ahora en el marco, un tanto lúgubre, que el título de la conferencia ya preanuncia, ¿hacia una religión sin Dios?, pues ya suponen ustedes que a este interrogante habrá que contestar de algún modo positivamente. Una religión sin Dios sería el último estadio en la evolución del modernismo y del progresismo, pero de hecho ya actualmente se da en ciertos sectores del cristianismo. Cuál es el alcance y profundidad de este movimiento, es lo que en esta conferencia vamos a esbozar, para sacar de ello conclusiones provechosas y realmente importantes.

El marco en el que nos movemos para plantear esta cuestión será primordialmente el campo protestante, o mejor dicho, neoprotestante, pero no nos inhibe de pensar que hasta cierto punto, y como ha hecho rotar Maritain, también se da este problema en el campo católico. Precisamente fue San Pío X quien a principios de siglo, en la encíclica Pascendi, denunció el hecho de que dentro de la Iglesia se daba entre los seglares e incluso entre sacerdotes, quienes negaban, en un sucesivo modernismo, la misma divinidad de Jesucristo. Esta afirmación está en la misma línea de la religión sin Dios, pues no nos engañaremos pensando que la negación de la divinidad de Jesucristo pueda todavía dejar, digamos espacio, para la idea de Dios.

En el campo protestante se produjo recientemente un gran impacto con la publicación de la obra de John A. T. Robinson, Honest to God. El 19 de marzo de 1963 se publicó en el Observer londinense un artículo titulado Nuestra imagen de Dios debe cambiar. Este artículo no fue extraordinariamente comentado porque al domingo siguiente el autor del mismo sacó a la venta su libro Honest to God. El hecho de que fuera un obispo, el obispo anglicano de Woolwich, el autor de tales “audaces” afirmaciones, convirtió el libro en un auténtico best-seller.

De entre todas las traducciones que se han hecho de este libro, interesa aquí destacar la traducción francesa que realizó Louis Salleron de Itinéraires, quien tituló el libro Dieu sans Dieu, advirtiendo así sobradamente al lector francés de cuál era el verdadero contenido del libro. Creemos que poner en guardia a los católicos frente a esta creciente “teología del anticristo” es algo muy útil y necesario en nuestros tiempos, y esto es lo que modestamente pretendemos con esta conferencia.

Para enjuiciar desde el principio el alcance de las obras de Robinson, nada más oportuno que citar el juicio que sobre esta obra emitió Alasdair McIntyre, profesor del University College de Oxford, en la revista Encounter: “Lo sorprendente en el libro de Robinson es, ante todo, que él es un ateo.” Y más adelante: “La repercusión que tuvo su libro parece indicar que la combinación de un vocabulario religioso con un ateísmo sustancial tiene un amplio aliciente.” Después de referirse al hecho de que cite a otros teólogos protestantes con los que se siente identificado, afirma: “Podemos apreciar ahora que la voz de Robinson no es la de un individuo aislado, sino que su libro es testimonio de la existencia de todo un grupo de teologías que mantienen un vocabulario teísta pero han adquirido un contenido ateo.” Esto es lo que a nosotros nos interesa. Reflexionar sobre el hecho sumamente importante de que la negación de Dios se hace modernamente, hablando mucho de El, con aparentes consideraciones humanas y bíblicas, pero en las que el concepto de Dios no es en nada el concepto cristiano. Si tales autores precisaran qué entienden exactamente por el Dios al que nombran, serían no solamente sinceros para con Dios, sino también sinceros para con los lectores.

No vamos ahora a enjuiciar exhaustivamente la obra Honest to God. El P. Roig Gironella hizo en Cristiandad una amplia reseña crítica. Enunciemos aquí simplemente sus tesis más centrales enraizadas en sus autores originales. En efecto, la obra de Robinson no es nada original. En esto coinciden todos los comentadores, pero esto es lo que hace más importante el conocimiento de este movimiento.

La obra de Robinson es un refrito de las principales ideas de tres teólogos anteriores y más importantes que él: Tillich, Bultmann y Bonhoeffer.

Muy conocido en el mundo protestante, y aun católico, por su vasta obra escriturística y teológica, Tillich representa sobre todo el intento de sustituir la revelación por su metafísica, o al menos hacer pasar las verdades reveladas por el aro de su particular ontología. De influencia idealista, a través de Schelling y Sleiermacher, Tillich quiere superar lo que él llama concepción supranaturalista de Dios y de la religión. Sin analogía ni trascendencia, su concepción del ser se identifica con su concepción de Dios: “La afirmación de que Dios es el Ser-mismo es una afirmación no simbólica. No apunta más allá de sí misma. Significa lo que dice directa y propiamente… Después de esto, ninguna otra cosa puede decirse de Dios como Dios que no sea simbólica.” Dios es “la sustancia subyacente a todo el proceso de llegar a ser”. Su visión panteÍsta de Dios se refleja igualmente en esta afirmación: “Dios no existe. Es el ser mismo, más allá de la esencia y de la existencia. Por eso, probar que Dios existe es negarlo.” Para Tillich todo ser es Dios, y, por tanto, toda preocupación por cualquier ser es ya la preocupación y la búsqueda de Dios. No es que todo ser nos remita a Dios, sino que esto, y nada más, es Dios.

Esta concepción de Dios como aquello que más nos preocupa la recoge Robinson, citando textualmente a Tillich:

“El nombre de esta profundidad infinita e inagotable y el fondo de todo ser es Dios. Esta profundidad es lo que significa la palabra Dios. Y si esta palabra carece de suficiente significación para vosotros, traducidla y hablad entonces de las profundidades de vuestra vida, de la fuente de vuestro ser, de vuestro interés último, de lo que os tomáis seriamente sin reserva alguna. Para lograrlo quizá tendréis que olvidar todo lo que de tradicional hayáis aprendido acerca de Dios, quizá incluso esta misma palabra.”

Robinson se acoge también al programa de “desmitización” propugnado por Bultman. Esto supone quitarle a la religión los elementos míticos que la Biblia contiene. El hombre moderno, según Bultmann, no puede aceptar la visión precientífica que del mundo tiene el Antiguo Testamento. Asimismo, el Nuevo Testamento emplea un lenguaje mitológico que describe operaciones supranaturales, pero que representan una forma de expresión trascendental, no hechos realmente objetivos. Todo ello debe ser superado si queremos hacer el cristianismo aceptable para el hombre de nuestro tiempo. Los hechos más centrales de la vida de Jesucristo, Encarnación, Nacimiento virginal, Resurrección, deben ser definitivamente desmitizados. Así, por ejemplo, juzga Robinson sobre la Navidad:

“¿Y si supiéramos que la noción entera de “un Dios” que “visita” la tierra en la persona de “su Hijo” es tan mítica como la del príncipe en el cuento de hadas? ¿Si supusiéramos que no existe ningún reino “afuera” del que pueda llegar el “Hombre del cielo”? ¿Si supusiéramos que ha de desaparecer el mito de Navidad (es decir, la invasión de “este lado” por el “otro lado” como opuesto a la historia de Navidad, es decir, el nacimiento del hombre Jesús de Nazaret)? ¿Estamos preparados para afrontar semejante cambio? ¿O bien vamos a aferramos ahora a este último vestigio de la concepción mitológica o metafísica, como el único atuendo que aún puede conferir a la historia de Navidad suficiente poder para impresionar nuestra imaginación?”

El sector liberal del protestantismo había ya convenido desde el siglo pasado en que la Biblia contiene muchos mitos, que tomados como verdades reales estarían en oposición con la moderna ciencia. Como se ve por lo anteriormente citado, parece llegada la hora de una total desmitización para no hacer más extraño el mensaje cristiano al hombre de nuestro tiempo.

Finalmente, es en el teólogo alemán Bonhoeffer en donde encuentra Robinson una “provechosa” fuente de sugerencias para su libro.

Al igual que Bultmann, parte de la idea básica de que el progreso técnico aleja al hombre de toda concepción mítica. Pero no solamente esto. Bonhoeffer, en su radical visión progresista de la historia humana, encuentra que lo que es incompatible con el hombre “adulto” es simplemente la idea de Dios. Este Dios, al que la humanidad entendió como explicación de fenómenos desconocidos y como defensa de los temidos males que le acechaban, no le es necesario al hombre que domina la naturaleza mediante la técnica.

En la actualidad, para Bonhoeffer, el hombre religioso es un tipo aislado de la sociedad o innoble para con su inteligencia. Para que la religión no sea el ámbito de unos pocos hombres “religiosos” y pueda ser aceptado por todos debe prescindir de la idea de un Dios todopoderoso. Unicamente la idea de un Dios que nos abandona, que comprende que no le necesitamos, puede ser aceptada por los hombres. Esto es lo que Bonhoeffer encuentra en la persona de Cristo con su pasión, su cruz, en fin, su impotencia:

“El Dios que nos deja vivir en el mundo, sin la hipótesis de trabajo Dios, es el mismo Dios ante el cual nos hallamos constantemente. Ante Dios y con Dios, vivimos sin Dios. Dios, clavado en la cruz, permite que lo echen del mundo. Dios es impotente y débil en el mundo, y sólo así está Dios con nosotros y nos ayuda… ”

Aquí terminamos nuestra reseña de la obra de Robinson.

Ustedes se preguntarán cómo es posible que se haya llegado a esta caótica situación en el mundo anglicano o protestante en general. El mundo protestante, tomando la palabra de Dios, la Biblia, en una interpretación primero subjetiva, luego racionalista, después cientifista y finalmente mitológica, acaba por concluir la total superación de todo sentido trascendente.

En el año 1920 se celebró en Lambeth un congreso de obispos anglicanos para elaborar una declaración conjunta acerca de los puntos más centrales de la revelación cristiana. Tal reunión acogió a 200 obispos de esta confesión distribuidos por distintos puntos de la geografía protestante. Las conclusiones no se publicaron hasta el año 1936, recogiéndose entonces en lo que se llamó rapport de la Conferencia de Lambeth. Nos será de mucha utilidad leer ahora algunos de los párrafos más significativos de esta declaración, porque demuestran cuál es el estado de la problemática ortodoxa a nivel de jerarquía.

Sobre la veracidad del evangelio: “En muchos casos, las palabras atribuidas a Nuestro Señor reflejan más bien las experiencias de la primitiva iglesia o son expresiones de los profetas cristianos y no las mismas palabras pronunciadas por Jesús.”

Respecto a la historicidad de la Biblia: “Los relatos sobre hechos particulares pueden considerarse que tienen valor en cuanto son expresiones metafóricas de verdades espirituales, aunque se suponga que jamás han tenido realidad. En este caso, tales relatos pueden llamarse simbólicamente verdaderos en sentido diferente; de aquí que no es posible definir con precisión la expresión de tales elementos simbólicos en la tradición histórica de la fe cristiana. En este sentido no puede excluirse la posibilidad de que el carácter simbólico afecte igualmente a la verdad de algunos artículos del Credo.”

Sobre el pecado original: “Estamos de completo acuerdo al afirmar que el hombre, tal como aparece en la historia, se muesta ahora y se mostró a través de las edades como víctima de una profunda inclinación al pecado. Pero nosotros no estamos acordes en la interpretación de este hecho, ni en explicarlo con relación a Dios, pero sí afirmamos unánimemente que ninguna de las opiniones expuestas se pueden considerar como ilegítimas en las iglesias de Inglaterra.”

Acerca de la virginidad de María: “… Hay en cambio entre nosotros quienes creen que la fe en la Encarnación es más consistente afirmando que el nacimiento de Nuestro Señor tuvo lugar en las condiciones normales de la humana generación.”

Sobre la Resurrección de Cristo: “Algunos de los nuestros se inclinan a creer que la conexión hecha en el Nuevo Testamento entre el relato del sepulcro vacío y el de la aparición de Nuestro Señor resucitado, cae más bien dentro de la esfera del simbolismo religioso que en el ámbito de los hechos históricos.”

A la vista de estas declaraciones de los 200 obispos anglicanos, no es de extrañar que las afirmaciones de cualquier teólogo protestante discurran por el camino que hemos mostrado anteriormente a través de la obra de Robinson.

Nosotros debemos, ante estos hechos, hacernos eco de las palabras del apóstol San Juan cuando nos dice, “todo aquel que disuelve la persona de Cristo, éste no es de Cristo, sino del anticristo, que está al llegar y que al presente se halla ya entre vosotros”. En nuestros tiempos más que nunca se está dando esta teología del anticristo extraordinariamente proliferada entre los llamados teólogos “avanzados”. Tal como lo denunció Paulo VI el día de la festividad de San Pedro y San Pablo: “Muchos, con el pretexto de adaptar la enseñanza de la Iglesia al hombre de nuestro tiempo, se apartan del Magisterio eclesiástico.”

También en el mundo protestante se han alzado voces de protesta frente a esta creciente corriente modernista que amenaza los mismos cimientos de la fe verdadera. Citemos algunos de estos elocuentes testimonios, que parecen en algunos casos las mismas palabras del inolvidable San Pío X. Estas son las palabras en las que se expresa J. Gresham Machen en su artículo Chrystianity and Liberalism: “Tomado en conjunto, tal cual existe actualmente, el liberalismo naturalista es un fenómeno estrictamente unitario y que tiende ahora a eliminar más y más los restos de la fe cristiana… La presente situación no puede ser ignorada, es preciso enfrentarse con ella. El cristianismo está siendo atacado desde dentro por un movimiento nuclearmente anticristiano.” Refiriéndose a los que tienen la obligación de enseñar y velar por la fe, añade: “Entre los pastores de las Iglesias Evangélicas se hallarán huestes enteras de quienes rechazan el Evangelio de Cristo.”

Es ahora la voz del calvinista G. C. Berkouver la que se alza contra esta teología sin Dios, contra el equívoco de hablar de Dios entendiendo por este término algo sustancialmente distinto del dogma cristiano revelado y definido. Estos pasajes están sacados de su artículo Modern Uncertaintyand Christian Faith: “En Holanda hubo algunos teólogos modernistas que reconocieron que su doctrina no coincidía ya con el cristianismo tradicional. Seamos honestos, dijeron, y dimitamos como ministros de la Iglesia; si somos deterministas, por ejemplo, no podemos defender que la oración tiene realmente sentido; no demos a nuestros conceptos nombres que corresponden a los de la antigua Madre Iglesia; alejémonos de ella.”

Pero los más de los teólogos y de los predicadores modernistas tuvieron otra actitud. Sostuvieron que su modernismo, su neoprotestantismo era el único cristianismo coherentemente evolucionado, el protestantismo verdadero, el cristianismo adaptado a las necesidades de la mentalidad moderna y puesto al nivel de la ciencia.” … “Recuerdo que un teólogo sostuvo que el artículo “nació de María virgen” es un mito, pero no intentó quitarlo del Símbolo.

Cuando leemos “concebido por el Espíritu Santo” debemos entenderlo, en su opinión, en el siguiente sentido: Espíritu significa independencia, y el carácter de J esi.1cristo fue el de quien se dice “no” contra la naturaleza y contra el pecado. Es evidente que con tales exégesis las palabras del Credo son completamente anuladas, y que si la Iglesia emprende esta dirección y sigue manteniendo los antiguos modos de hablar está engañando al mundo.” Volviendo de nuevo al tema central de nuestra comunicación, debemos hacer notar que si bien es en el campo protestante donde esta situación se ha hecho crítica, también entre los católicos encontramos parecidas situaciones, y esto cada día más. Por ello ha dicho Maritain en su reciente libro Le Paysan de la, Garonne:

“Hay una especie de apostasía inmanente que se encuentra sobre todo entre los pensadores más avanzados entre nuestros hermanos protestantes, pero que es también activa entre los pensadores católicos igualmente avanzados. Creen que proponen un cristianismo superior mientras que se encierran en sus propias construcciones subjetivas y acaban, como el obispo anglicano Robinson, en un cristianismo de perro muerto que flota a la deriva de las filosofías más variadas.” Nuestra postura, ante este grave problema, debe ser la afirmación clara de la verdad, según el magisterio de la Iglesia, desenmascarando todas las teologías sin Dios. Pero también podemos sacar un aspecto positivo de este desolador panorama. Puesto que hemos hablado tanto del mundo protestante y de su situación, ahora estamos en mejores condiciones para un diálogo fructífero con los sectores sinceramente creyentes de nuestros hermanos separados, puesto que ellos ven ahora a la Iglesia Católica y al Primado de su J erarquia como un baluarte de la ortodoxia frente al desconcertado mundo neoprotestante. No hay ninguna duda de que la Iglesia Católica, como tal, conserva íntegro el depósito de la fe, y esto puede ser para ellos un motivo grande de acercamiento.

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