Ánimo


CONFESIONALISMO CATÓLICO, “UN ESTILO DE VIDA”.

(Extracto de conferencia para el Seminario de los Operarios del Reino de Cristo).

Por: Amadeo A. Valladares Álvarez.

(Exordio)

… pero, una de las trampas, es confundir confesionalismo con teocracia. Las sociedades son confesionalmente católicas, porque son tradicionalmente católicas. La descatolización de una sociedad, es un acto espurio. Es una forma de degenerar una sociedad desnaturalizándola. Pero, cuando una sociedad es tradicional y culturalmente católica ¿cómo puede no serlo el Estado? En pocas palabras, la confesionalidad es la cristianización de la Razón de Estado. ¿No es esto sublime? ¿No es esto obligación de la Iglesia?

La confesionalidad no lleva a la tiranía de la religión, por el contrario, hace amable al ejercicio del poder humanizándolo, obligándole a respetar a todas las personas por su consustancial dignidad, que aquella predica.

Dicen que la Iglesia tiene que ceñir su doctrina a los muros de sus instituciones, y que, ni ahí, puede hablar del Estado; están muy confundidos, el mensaje evangélico es claro, y la misión de la Iglesia es ecuménica. También dicen que  no tiene derecho a inmiscuirse o juzgar los actos del poder civil, y aquí tienen toda la razón, la Iglesia no tiene ese derecho, tiene la obligación de hacerlo.

La propia Iglesia señala que los estados deben regirse por la Ley de Dios y deben rendirle culto. Por lo tanto, la doctrina de la Iglesia es la doctrina de la confesionalidad del Estado.

Ya se dijo en distintas declaraciones conciliares:

<<Hay que restaurar el orden temporal de tal forma que, salvando íntegramente sus propias leyes, se ajuste a los principios superiores de la vida cristiana>>.

<<A la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena>>.

<<Siéntanse obligados los católicos a procurar el genuino bien común y hagan valer así el peso de su opinión para que el poder político se ejerza con justicia y las leyes respondan a los preceptos de la moral y el bien común>>.

<<…No es lícito a los particulares, como tampoco a los Estados, prescindir de sus deberes religiosos>>.

<<Tiene el estado político la obligación de admitir enteramente y abiertamente profesar aquella ley y prácticas de culto divino que el mismo Dios ha demostrado que quiere>>.

<<Si, pues, un estado no pretende otro fin que la comodidad material y un progreso social abundante y refinado, si se olvida de Dios en el gobierno de la república y se despreocupa de atender a las leyes morales, este estado se desvía lamentablemente del fin que la naturaleza misma le prescribe>>.

<<…la realeza de Cristo exige que todo el Estado se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos en la labor legislativa>>.

<<Siendo la fe en Dios el fundamento previo de todo orden político y la base insustituible de toda autoridad humana, todos los que no quieren la destrucción del orden ni la supresión de la ley deben trabajar enérgicamente para que los enemigos de la religión no alcancen el fin tan abiertamente proclamado por ellos>>.

<<Quien desee que la estrella de la paz aparezca…esfuércese y trabaje por disipar los errores que tienden a desviar del sendero moral al Estado y su poder…y ha hacerles rechazar o ignorar en la práctica la esencial dependencia que los subordina a la voluntad del Creador>>.

<<…el aspecto más siniestramente típico de la época moderna consiste en la absurda tentativa de querer construir un orden temporal sólido y fecundo prescindiendo de Dios, único fundamento en que puede sostenerse>>.

Desde luego, en un estado confesional, la libertad religiosa pública, como cualquier otra manifestación pública en cualquier otro tipo de estado, debe tener límites, marcados estos por el daño que la mencionada libertad pueda hacer a la religión de todos, o al bien común, objetivo fundamental de cualquier Estado. Claro es a este respecto, lo que está generando en la desarrollada Europa la permisión de igualdad para todas las religiones, siendo las mezquitas cantera de terroristas para el Islam, evitando la complicada necesidad de tener que importar a los asesinos.

La historia de España, por ejemplo, es una historia de confesionalidad. De hecho, la ultima manifestación patente de confesionalismo estatal, está en el régimen del generalísimo Franco, que rigió los destinos de la nación durante casi cuarenta años. En el artículo 2 de  la Ley de Principios del Movimiento Nacional, se puede leer: <<La Nación española considera como timbre de honor el acatamiento a la Ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, única verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional, que inspira su legislación>>.

Y, en el Fuero de los Españoles se puede leer en sus antecedentes: <<Por cuanto las Cortes Españolas, como órgano superior de participación del pueblo en las tareas del Estado, según la Ley de su creación, han elaborado el Fuero de los Españoles, texto fundamental definidor de los derechos y deberes de los mismos y amparador de sus garantías; y teniendo en cuenta, al igual que ocurre con el Fuero del Trabajo, que sus líneas maestras acreditan el valor permanente del ideario que las inspira y gran número de sus declaraciones y preceptos constituyen un fiel anticipo de la doctrina social católica, recientemente puesta al día por el Concilio Vaticano II y finalmente, dada la modificación introducida en su artículo 6 por la Ley Orgánica del Estado, aprobada previo referéndum de la Nación, a los efectos de adecuar sus textos a la Declaración Conciliar sobre la libertad religiosa,  promulgada el uno de diciembre del año 1965, que exige el reconocimiento explícito de este derecho, en consonancia, además, con el segundo de los Principios Fundamentales del Movimiento, según el cual la Doctrina de la Iglesia habrá de inspirar nuestra legislación>>.

El artículo 6 dice: <<La profesión y práctica de la Religión Católica, que es la del Estado Español, gozará de la protección oficial. El Estado asumirá la protección de la libertad religiosa, que será garantizada por una eficaz tutela jurídica que, a la vez, salvaguarde la moral y el orden público>>.

Aquella idea señalada de que la Iglesia manifiesta el deber que tienen no sólo los individuos, sino los Estados también, de acatar las Leyes Divinas, e incluso de alabanza pública a Dios,  lo recuerda con la sublime festividad de Cristo Rey.

La sujeción de la moral de Estado a las Leyes Divinas lleva a una moral superior, independiente de las veleidades y malicias de los hombres, sujetando a todos, desde el rey hasta el último vasallo, según el rasero divino de la igual, de la hermandad.

Hay tradiciones, sociedades, que se han templado en el catolicismo; por tanto, negarles el arraigo de la religión para conformar unas leyes y un orden social inventado a su conveniencia, es una acción antinatural, espuria, que deja a todo un pueblo huérfano, desamparado de todo orden superior.

Un estado confesional, que tiene sus cimientos naturales en una sociedad firme y tradicionalmente católica, no confunde su autoridad con el poder de la Iglesia; lo que hace es tomar a Cristo como modelo, por tanto, como base de su sistema legal están los principios de la ley de Dios, y para interpretarlos correctamente, debe recurrir al magisterio de la Iglesia.

La salvación moral de las decadentes sociedades actuales, está en la recristianización de la sociedad, de sus leyes, de sus gobiernos. Es decir, en el retorno a la confesionalidad. Y no es más que una falacia, una trampa de los actuales gobiernos laicistas su antidogmatismo, pues hasta el nihilismo es dogmático en su antidogmatismo. Y es en realidad un engaño de quien, como el demonio, quiere corromper las ideas más sublimes de las almas, quizá porque ellos, no tengan la entereza suficiente para hacer suya una moral trascendente, y se vean impulsados por su mezquindad y envidia, a destruir aquel ideal que les supera.

Hoy, han sustituido los gobiernos a Dios por la democracia. Han convertido al lúbrico concepto de democracia en su dios. ¡Triste aspiración es esa! La democracia, la voluntad general, es arena movediza. La voluntad popular es manipulable por la debilidad humana, por la mezquindad individual, que aprovechan los medios y el poder. Para que esto no ocurra, debemos formar a los individuos en las firmes convicciones de los principios católicos.

Pero este desapego forzado, descabellado, y canalla de la inclinación nacional hacia Dios, no es nuevo, la iniciaron los masones y los inventores de la patria hace ya algún tiempo, y mientras esta verdad no se reconozca, el futuro seguirá empeñado.

Esta sociedad en la que vivimos, es católica por vocación y destino, pues el pueblo que aquí vino del otro lado del mar era esencialmente católico por convicción individual y colectiva, y en función de este concepto magnífico se forjó en siglos de reconquista. Y cuando aquí llegó, que nadie les confunda, entregó generoso su sangre y su cultura, y ambas para él, sólo tenían sentido por su esencia católica.

Si se cumplieran con recta meticulosidad los principios superiores de las Leyes Divinas, por ejemplo los diez mandamientos, las naciones se encaminarían con irreductible firmeza hacia la justicia definitiva y el bien común.

Ustedes tienen el difícil compromiso de luchar por la instauración o el mantenimiento de la Ley de Dios en la tierra; cuando se substituye en los Estados a Dios por conceptos de poca sustancia básica como el de democracia, o, peor aún, por personas de inclinaciones mesiánicas, estamos indefectiblemente encaminados hacia la degeneración de la sociedad, a la destrucción de la justicia y del individuo.

Cuando Dios no existe como rector infalible de la moral humana, siempre se sustituye por un sucedáneo imposible, y éste es el gran riesgo, muy bien aprovechado por los tiranos, aún revestidos de dignidad democrática. No hay Dios, por tanto cualquiera puede tener razón, todo se vuelve automáticamente relativo.

Evidentemente, la confesionalidad, demostrada fuente de bien, es compatible con diversos sistemas políticos –democrático, dictatorial, monárquico–, pero es decididamente incompatible con otros, lógicamente, aquellos que reniegan de Dios y atacan la dignidad de la persona, como la tiranía, el comunismo o el nazismo.

Como ya declararon en su momento las señaladas Leyes Fundamentales del Movimiento de la España de Franco, el hecho de que un estado sea confesional, no es excluyente con las personas que profesen otras religiones, ni las aparta de las funciones sociales o de gobierno, ni serán de otra forma por ese motivo perseguidas. Lo contrario es lo que ocurre en los países teocráticos, o en los ahora llamados fundamentalistas, ignorantes de la más elemental razón, tiranos de las ideas y de los hombres, como tantos países islámicos, con sus ejércitos de entecos fanáticos suicidas.

La religión Católica, por el contrario, postula el amor al prójimo, la justicia y el bien común. Aquí, para ganarse el cielo hay que ser generoso con todos. Por eso, el seguimiento de la Ley de Dios lleva al humanismo cristiano, ¿no es esto infinitamente superior a la opinión de la mayoría?.

Insistiremos, la salvación de esta sociedad, caída en el indigno hoyo negro y cruel del materialismo y del relativismo, está en el retorno de una educación religiosa. No importa si cursamos las primeras letras o una carrera profesional, todo debe estar impregnado de espíritu religioso.

Debéis concebir la religión, como san Ignacio de Loyola y sus compatriotas contemporáneos, como un combate, donde el éxito de la misión está en el esfuerzo y el ánimo que a  aquel combate se ponga, y debéis predicar con el difícil lenguaje del ejemplo, pues el mejor predicador es fray ejemplo. Vosotros os debéis preparar para ser la aristocracia que enseñe a los hombres la verdad  objetiva, y no la de la mayoría, o la de las grandes multinacionales. Vosotros debéis llevar al poder secular la fuerza de los valores objetivos de la religión católica, para que sea inspiración de sus actos y de sus leyes, y hacerles comprender que la acción pública es una vocación de servicio al bien común, no al propio. Por tanto, el puesto no es un botín, no es un privilegio, es un compromiso de servicio. La autoridad emana de la categoría moral de quien la posee.

La ley no debe ser la expresión de la voluntad popular, ni la de un tirano, sino el producto de la razón encaminada al bien común y la justicia.

Los tiempos grandes de los pueblos coinciden con los de la comunión inquebrantable en un espíritu común, cuando todos empujaban unidos en el esfuerzo de una misma fe. Por el contrario, los periodos de decadencia, son los de escepticismo. Son tiempos hueros, que los hombres intentan llenar con doctrinas igualmente hueras o perniciosas, que no satisfacen al espíritu.

Los hombres son biológicamente iguales en todos los tiempos. Las actitudes y comportamientos cambian porque cambia la educación y la sociedad en la que viven. Si alguien nace y se educa en un ambiente confesional, defenderá sus valores por encima de su pequeñez egoísta, aún por encima de su propia vida, pues aquel ideal le trasciende y le hace generoso. Y, para lograr esta sociedad de valores, es necesario equilibrar el poder temporal y el espiritual. Por ello, debemos dirigir nuestro anhelo a la reconquista espiritual del poder temporal.

Y producto de esos tiempos grandes, los hombres, engrandecidos en ese espíritu, crean obras grandes, porque no se conforman con la aparente pequeñez cotidiana y miran hacia arriba, sin olvidar la tierra. Nuestra literatura está llena de obras excelsas, proyección desbordante de aquella excelsitud de convicciones, pues la convicción es una fuerza arrolladora.

Estas convicciones forjan doctrinas y códigos magníficos, que hacen sus reglas con los pies en la tierra y los ojos en el cielo; tal es la hidalguía, que es una especie de código de caballería sublimado. Para entender bien a la hidalguía, debemos interpretarla desde su perspectiva moral, no de posición social. Código de reglas no codificadas, pero claras, y contenidas en todas las obras de nuestra literatura clásica.

La hidalguía brota de la propia alma de España, que se forjó de un estricto catolicismo, porque el alma de España es naturalmente católica. El cristianismo enraizó con tanta fuerza en aquel país por la increíble similitud de su doctrina con el estoicismo esencial del pueblo español. Aquel SUSTINE ET ABSTINE pagano se llenó de Dios, pero también pertenecía al cristianismo. Este concepto ya había llenado la historia nacional de una ingente cantidad de muestras de generosidad colectiva.

Las cuatro virtudes estoicas: sabiduría, rectitud, valentía y templanza, tienen un marcado paralelismo con las cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.  Las afinidades entre el cristianismo y el estoicismo son extraordinarias; tal ocurre con el concepto de ascesis, ambas son dos vías ascéticas. Las dos son un camino severo en el cumplimiento de las virtudes. A los padres de la Iglesia les resultó fácil asentar la moral teológica en aquel sustrato nacional de estoicismo.

Escuchad estas fuertes y hermosas palabras: <<Guardad, pues, esta sana y saludable forma de vida: no tengáis para vuestro cuerpo sino los cuidados que reclama vuestra salud; hay que tratarlo duramente para que no se revele contra el espíritu. Que el alimento aplaque el hambre; que la bebida extinga la sed; que el vestido guarde del frío; que la casa sea defensa contra las inclemencias del tiempo…Despreciad todas las cosas que un trabajo superfluo impone como ornato y como lucimiento. Pensad que nada es admirable excepto el alma; todas las cosas grandes son pequeñas al lado de su grandeza>>.

Y estas: <<Reserva tu vida algunos días, en los que, satisfecho con el alimento más pobre y mezquino, cubierto de un vestido rudo y grosero, te digas a ti mismo: ¿Esto es lo que tanto miedo me inspiraba? En medio de la seguridad el ánimo prepárese para los momentos difíciles, y en medio de los favores de la suerte vigorícese contra sus rigores… Si no quieres temer en la realidad de la vida, ejercítate antes de que llegue esta realidad… Que el lecho sea una yacija, que el vestido sea verdaderamente burdo, y el pan duro y sórdido. Haz esto durante tres o cuatro días y hasta más tiempo; y que no sea esto un juego sino un experimento. Entonces… exultarás de gozo, y comprenderás que para la tranquilidad no es necesaria la Fortuna… Pero tampoco has de figurarte por esto que haces maravillas; tú no habrás hecho, en efecto, sino lo que hacen millones de esclavos, millones de pobres. Tu gloria será la de haberlo hecho sin coacción; y te será tan fácil soportar siempre este estado como al haberlo ensayado. Ejercitémonos en esta esgrima; y a fin de no ser sorprendidos por la Fortuna, hagamos familiar la pobreza. Seremos ricos con más seguridad, cuanto más fácil sea soportar la pobreza>>.

No, no es un texto de san Ignacio de Loyola, ¿o sí? Este es un texto clásico del estoicismo, un texto de uno de los estoicos más famosos de la historia, del cordobés Séneca. Nuestros escritores ascéticos y místicos tenían ya una tradición cultural estoica, y conocían a sus filósofos.

Por supuesto, otra coincidencia en estos dos sistemas de vida, está en el concepto de la buena muerte, evidentemente extrapolado también a la hidalguía.  La enorme ventaja de la muerte católica frente a la estoica, está en la dulzura de la esperanza en Dios.

Debemos mencionar otra coincidencia substancial del cristianismo y del estoicismo. Antes de que el cristianismo divulgara su elevado concepto de nobleza como algo eminentemente moral, Séneca escribió: <<El senado no se abre a todos; y la misma milicia elige difícilmente aquellos que destina a la fatiga y al peligro. Pero la virtud está abierta a todos; todos somos nobles para poder aspirar a ella. La filosofía no rechaza a nadie, ni a nadie prefiere; brilla para todos. Sócrates no era patricio… y la filosofía admitió a Platón no por ser noble, sino que fue ella la que le hizo noble. ¿Por qué has de desesperar de igualar a estos? Todos estos serán tus antepasados, si tú te haces digno de ellos si te persuades que nadie te aventaja en nobleza… Platón decía: “No hay ningún rey que no sea oriundo de esclavos, no hay ningún esclavo que no tenga reyes entre sus antepasados.” Una larga serie de trastornos ha mezclado y confundido las generaciones. ¿Quién es, pues, el hombre verdaderamente noble? Aquel a quien la naturaleza ha formado para la virtud. Éste es el único título de nobleza. No siendo así, si tú me hablas de la antigüedad de los antepasados, te diré que todos descienden de una época antes de la cual no hubo nada>>.

La doctrina cristiana también ensalza y predica sobre la paciencia, entereza y serenidad ante las adversidades. Muchas y sobresalientes manifestaciones de esto tuvo ya la España precristiana, la del simple estoicismo vital. Hermosos y durísimos textos tiene también sobre esta virtud Séneca. Leamos la que sigue: <<El guerrero que vela celosamente en las murallas, cuando el enemigo no las hostiliza puede ser tan fuerte como el que, cortadas las piernas, se arrastra sobre sus rodillas y se niega a rendir las armas. Pero los vítores triunfales  son para los que vuelven ensangrentados del combate. Así es que más alabaré la virtud ejercida y fuerte, que haya medido sus fuerzas con la Fortuna ¿Por qué tengo que vacilar en alabar la mano de Mucio Scévola, mutilada y abrasada por el fuego, más que la mano sana de cualquier varón fortísimo? Se mantuvo firme despreciando los enemigos y las llamas y vio como su mano desaparecía gota a gota en el hogar ardiente; hasta que Pórsena, cuyos rigores el temía, envidió su gloria e hizo quitar por fuerza de delante, el brasero. Esta virtud ¿Por qué no la habría yo de colocar en primera línea? ¿Por qué no había yo de confesar que la juzgo más alta que la virtud apacible y no probada por la Fortuna, tanto más cuanto es más raro y extraordinario vencer un enemigo con una mano mutilada que con una armada? Pero, me objetaras tú, ¿desearías para ti un bien semejante? ¿Por qué no? Sólo es capaz de esta virtud el que puede desearla… ¿Por qué no he de juzgar más dichoso a este Mucio que tendió su mano a las llamas como si la hubiese tendido para el masaje?… inerme y sin mano terminó la guerra, y con aquella mano mutilada venció a dos reyes>>.

De la fusión natural y magnífica del estoicismo vital y humano del pueblo español con el cristianismo, nació la HIDALGUÍA. De ese código no compilado en un solo texto, pero de reglas claras y profundamente arraigadas en la sociedad, surge vehemente la vida de la nación.

La hidalguía esta por encima de cualquier título de nobleza; la hidalguía pertenece más al alma que a la posición social; la puede poseer desde el rey hasta el último vasallo, porque pertenece al alma. En España se decía: Soy tan hidalgo como el rey; pero a la venida de Flandes de Carlos I, sentenciaban:

(Exordio)

…y aún un poco más, que el rey es medio flamenco. ¿Qué es esto de la hidalguía que se antepone al propio rey?

La hidalguía es esencialmente sentido del honor, emanado de un elevado concepto de la dignidad individual. Es vivir según unos conceptos ancestrales y católicos, claros en el alma del pueblo.  La hidalguía es nobleza de ánimo, valor y generosidad: haz lo que debes y venga lo que venga. De ahí viene todo: el culto al honor y la palabra dada, la ayuda al débil, el escoger siempre el puesto más difícil y peligroso, convertir la ambición en voluntad de servicio, etc.

En España se distinguía entre ser hidalgo y caballero, con manifiesta ventaja moral del primer concepto, como se desprende, por ejemplo,  de esta frase de Gracián: <<El caballero que rubrica su ejecutoria con sangre de pobres en usuras, de verdad que no es hidalgo”.Paravicino, con gran sentido hidalgo decía: “Nacer generosamente, es heredar, vivir gloriosamente, aquesto es ser>>.

Este concepto del que hablamos, mezcla de estoicismo y cristianismo, del concepto español de la vida, que se puede concebir como en una exaltación de la  individualidad, pero no con la insolencia humanista del renacimiento, sino con la humilde capacidad individual de unirse con Dios. Y esta hispana convicción, hizo explotar a una nación por los cuatro puntos cardinales, anhelantes de decir a todos los hombres que eran capaces de salvación, pues la igualdad esencial, como reza la hidalguía, está en las almas. Todos somos hijos de Dios y por ello hermanos.  Basta para salvarse la voluntad de cada uno de ellos. Las reglas son para todos, y depende de la voluntad de cada uno de nosotros, seguirlas o no.

De la hidalguía es también un fuerte sentido de la lealtad; lealtad al jefe, a las ideas, a la tierra, a la religión… Ya alabaron esta virtud los romanos de los antiguos cántabros y astures, que preferían morir crucificados, cantando himnos de guerra e insultando a sus enemigos, antes que delatar a sus caudillos.

Ya se quejaban los italianos del siglo XV de sus aliados españoles, cuando estos les recriminaban la flojedad en el combate; el gran condotiero Braccio de Montone, tachaba a los españoles de fiereza ignorante diciendo: <<Tenéis por más honroso dejaros despedazar por los enemigos que escapar con vida y reservaros para el desquite”; y los franceses del siglo XVI, huyendo de las tropas del Gran Capitán decían: “Estos locos españoles tienen en más una poca de honra que mil vidas…>>.

Este concepto de igualdad en las almas, en la intimidad individual, de la hidalguía, hacían que la fama y la honra no estuviera reservada a la nobleza, sino a cualquiera con un comportamiento conforme a las reglas de la hidalguía, manifestada en la frase ya señalada: Hidalgo es desde el rey hasta el último vasallo.

La virtud ya señalada de la buena muerte tiene manifestaciones espléndidas en nuestra literatura y como ejemplo baste esta magnifica estrofa de Quevedo:

“Aquella libertad esclarecida

Que donde supo hallar honrada muerte

Nunca quiso tener más larga vida”.

Pero este blasón de la buena muerte, de entregar la vida hasta el extremo por un ideal, no es por un difuso y patético discurso tanático, sino por convicción total y sed de inmortalidad.

Vosotros debéis ser los héroes que deciden hacer de su vida un servicio al ideal de Cristo; empeñándolo todo, la vida también, y no de un modo cualquiera, sino con espíritu estoico, con entrega total, sin reservas. Aún sin un ápice de esperanza en el triunfo, vuestro espíritu debe permanecer incólume, y esto es hidalguía, esto es cristianismo, esto diferencia a las almas nobles y superiores de los espíritus cobardes y mezquinos. De vosotros se ha de decir como Gracián expresó de Fernando El Católico, que juntasteis en vuestra vida y con vuestro ejemplo el cielo y la tierra.

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