Moral


Le conocí en una cena, y tiene un punto de locura muy atractiva. Comparto con vosotros lo siguiente, en unos días bastante atareados (siempre sucede lo mismo en julio):

Lágrimas y multas (Manuel Conthe en Expansión)

¿Puede alguien sensato pensar que el incentivo económico que la Federación Española de Fútbol ofreció en su día a los jugadores de la selección española si ganaban el Mundial -600.000 euros por jugador, creo recordar- ha tenido alguna influencia en la gesta que tuvo su colofón este domingo en el golazo de Iniesta? ¿No habrían derrochado los jugadores la misma pasión y buen juego sin ese incentivo?

Los economistas han defendido tradicionalmente que los incentivos económicos ejercen un papel decisivo en la conducta humana y no han prestado suficiente atención a la “motivación intrínseca” -esto es, la satisfacción moral, disfrute o sentido de obligación que nos produce una tarea-, un concepto esencial acuñado por los psicólogos. Por fortuna, la visión económica de la motivación humana se ha ido ensanchando en los últimos años.

Como ilustración de ese nuevo enfoque, en 1998 dos economistas, Uri Gneezy y Aldo Rustichini, llevaron a cabo, a lo largo de 20 semanas, una célebre experiencia en 11 guarderías infantiles de la ciudad israelita de Haifa, para comparar el efecto de los incentivos económicos y de los deberes morales. Se trataba de guarderías privadas -cuyo precio rondaba los 380 dólares al mes por cada niño-, con entre 30 y 35 niños, y un horario de apertura que iba desde las 7:30 de la mañana hasta las 4 de la tarde.

A lo largo de las cuatro primeras semanas del experimento, los economistas se limitaron a observar el número de padres que llegaban más de 10 minutos tarde a recoger a sus hijos, lo que obligaba a que uno de los profesores del centro se quedara esperando. Comprobaron que apenas un tercio de los padres se retrasaban, y que ninguno llegaba después de las 4:30. Al comienzo de la quinta semana, en 7 de las 11 guarderías se anunció a los padres que, a partir de ese momento, quienes se retrasaran más de 10 minutos en recoger a sus hijos tendrían que pagar una multa de 3 dólares por niño. Y, transcurridas once semanas, en las citadas 7 guarderías se anunció, sin dar mayores explicaciones, que se suprimía el sistema de multas (es decir, se volvía a la situación original, en la que los padres no tenían que pagar multa alguna cuando recogían tarde a sus hijos).

Cuando Gneezy y Rustichini compararon los retrasos de los padres en los dos grupos de guarderías, comprobaron que en las 7 guarderías que habían establecido el sistema de multas el porcentaje de padres retrasados se elevó de forma apreciable, hasta afectar aproximadamente a la mitad de todos ellos. Y descubrieron algo todavía más curioso: el porcentaje de padres que llegaban tarde se mantuvo elevado incluso después de que se suprimieran las multas.

La explicación de lo ocurrido la dieron los dos economistas en el título del artículo en el que resumieron el experimento: “Una multa es un precio”. En efecto, el establecimiento de una moderada sanción pecuniaria destruyó el sentido de obligación moral que había hecho que, hasta entonces, los padres sólo se retrasaran excepcionalmente, al transformar el retraso en una transacción en la que los padres pagaban un precio por prolongar un servicio.

Gneezy y Rustichini realizaron más tarde experimentos con premios, para analizar si también los incentivos económicos positivos podían tener efectos perversos, como había afirmado en los años 70 un sociólogo británico, Richard Titmuss, en su libro The Gift Relationship, según el cual pagar a los donantes de sangre disminuiría su inclinación a donar, porque destruiría cualquier móvil altruista. Esa teoría del “desplazamiento de la motivación intrínseca” (crowding-out of intrinsic motivation) la vieron también confirmada dos economistas suizos, Bruno Frey y Felix Oberholzer-Gee, en la actitud ciudadana respecto a la construcción de almacenes de residuos nucleares: los incentivos económicos ofrecidos por el Gobierno suizo a los municipios que los albergaran redujeron su grado de aceptación por los ciudadanos afectados, hasta entonces movidos exclusivamente por un sentido patriótico. En su experimento con premios, Gneezy y Rustichini llegaron a una conclusión ecléctica: “Paga bastante, o no pagues nada”. A su juicio, un incentivo económico puede ser contraproducente si no resulta suficientemente atractivo desde el punto de vista económico pero destruye la motivación altruista de aquellos a quienes se dirige. Se trata, curiosamente, de un enfoque dicotómico emparentado con una regla del Real Decreto de 1989 que regula los aranceles notariales, que faculta a los notarios para dispensar por completo de su pago, pero no para rebajarlos ni para efectuar dispensas parciales.

Quienes hemos trabajado en la Administración pública conocemos bien el efecto estimulante de la “motivación intrínseca”: el empleado público que desempeña una función clara y socialmente útil, y forma parte de un equipo dirigido por un líder que predica con el ejemplo, desplegará un celo igual o superior al del empleado privado mejor retribuido. De ahí el gran efecto desmoralizador que provocan los gestores y políticos que, sin más méritos que su proximidad al poder, son puestos al frente de oficinas públicas sin poseer la talla profesional y humana precisa para motivar a sus empleados. Ese efecto desmoralizador se torna devastador cuando el gestor político sucumbe a la corrupción.

En el cumplimiento de algunas obligaciones sociales clave -como pagar impuestos-, el sentido cívico de los individuos y la conciencia social sobre su exigibilidad resultan esenciales. En tales casos, la sanción legal a los incumplidores debe ser elevada y, sobre todo, infamante, no sólo para disuadir a los infractores, sino también para reflejar el repudio social de tales conductas. Por eso, el llamado “Derecho Penal simbólico” -la imposición de sanciones que, en la práctica, son de difícil aplicación o están técnicamente mal diseñadas- y la llamada “pena de banquillo” o “pena de Telediario”, aunque denostados por los juristas, pueden cumplir una función social útil al reforzar la dimensión moral y social -y no sólo económica- de ciertas infracciones.

Pero esos incentivos negativos debieran verse reforzados por estímulos positivos que refuercen la satisfacción moral de quienes no sólo cumplen con su deber, sino que interpretan éste con generosidad. En materia de impuestos, yo mismo formulé en mi blog hace tiempo dos propuestas concretas, dirigidas a acrecentar el prestigio social de quienes más impuestos pagan y complementar el viejo y acertado slogan “Hacienda somos todos”: 1ª) En sus memorias de responsabilidad social, las empresas debieran detallar, además de cuánto papel reciclan y otras muchas actuaciones “responsables”, cuántos impuestos pagan, por los diversos conceptos. 2ª) La Casa Real, al igual que hace con deportistas, científicos, literatos y muchas otras profesiones, debiera invitar a una audiencia o recepción periódica a los contribuyentes que más impuestos directos pagan, para homenajear a quienes son el más firme soporte del Reino de España y, de paso, avergonzar a quienes, acaudalados y sobrados de fortuna, multiplican sus esfuerzos para -incluso cambiando de residencia fiscal- eludir el pago de impuestos.

El domingo, a Casillas se le saltaron las lágrimas cuando Iniesta metió gol. No creo que fuera por el prometido “bonus”. Ayer lunes, toda España agasajó, de forma merecida, a los triunfadores en Sudáfrica, liderados por un entrenador modélico, Vicente del Bosque. Las motivaciones morales son poderosas. ¿Por qué no las usamos más en materia de impuestos?

Manuel Conthe. Presidente del Consejo Asesor de EXPANSIÓN y ‘Actualidad Económica’

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