Esteban


El Mayordomo no era tal. Vive propietariamente, y desde hace 30 años, en el templo. Es argentino, sólo se enamoraría de un varón y a veces se insulta con Salomé con esa agresividad que sólo él, y los que aman como él, puede compartir con una mujer como Salomé.

Conocí a Esteban. Lanceado por la vida, pegada su piel a los huesos, sus rasgos eran estrictos, fruto probable de su carácter nervioso. Fuma y le preocupa sobremanera hacerlo de modo que consulta frecuentemente a sus dos amigos neumólogos.

Me lo encontré esta vez tan de frente y estando yo tan aislado con mis libros que era imposible no iniciar una conversación: no había nadie más en la cantina. Llevaba cierta prisa porque tenía que visitar a una amiga de unos noventa años, pero ciertamente también se me sentó enfrente y me dedicó casi tres horas de su tiempo. Mi ligazón fue al principio curiosa, luego hastiada y finalmente cordial, uniendo corazones.

Perseguido por sus dos hermanos, que trataban de desheredarle y a los que insultaba con toda la desesperanza que su menudo tórax podía albergar, estaba preparando su salida inminente del templo, ya que diversos enjuagues y timos de prestamistas usureros le habían llevado a perder el piso que su madre, que en paz descanse, le había otorgado en el tercio de libre disposición que el derecho civil permite.

Pequeño y fibroso, hablaba como sólo un él que se enamora de otro él es capaz de hacer: casi como una mujer. Se desahogó del todo, creyendo yo que lo hacía por mi extraordinaria capacidad de escuchar, y no le quedaron ya más palabras que decirme en esa tarde de verano.

Compartimos mi agua con gas y el humo del puro que yo me había bajado esa tarde a la cantina para aromatizar las hojas de mis libros. El cáncer que mató a su madre probablemente no era tal, pues cuando otros médicos revisaron los informes no encontraron las consabidas atipias. Le dolía el haber inducido un procedimiento que acabó, brutalmente, cuando uno de sus hermanos, el más cabrón de los dos, decidió que aquello había que terminarlo.

Controla el campo jurídico y se ha manejado ante los jueces con soltura, llegando incluso a grabar en una Olympus las amenazas de sus hermanos. La vecina de al lado, francesa, le impedía dormir, pues cuando él llegaba por la mañana de trabajar -era guardia de seguridad nocturno en la Facultad de Medicina, en el edificio de disecciones- ella ponía la música a todo volumen -convivía con un melenudo argentino, con quien probablemente amanecía fogosa, dado lo cual la música, ensordecedora, era utilizada paradójicamente como herramienta de discreción.

Las habitantes del templo lo quieren y le cuentan los chismes. Han vivido con él muchas historias políticas, pues en la comunidad unos apoyan a la presidenta y otros la detestan. Él dice que la ignora.

Sólo se fue cuando me levanté. Casi le doblo la altura y la anchura.

Hoy salía yo del lago, donde nadaba atléticamente tras dejar que el sol se adueñara de mi espalda, y me lo encontré tumbado junto a otra vecina, conspirando.Ayer me dijo que no se baña porque el agua está muy fria. Pareció no reconocerme, aunque el que no ve sin gafas soy yo. Si me despidió, por mi nombre, cuando me marchaba. Ahora las vecinas antisistema ya conocen mi nombre.

Ayer, tras tres horas de conversación, me preguntó si estaba casado y si tenía hijos.

Sentí plena confianza para decirle toda la verdad.

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