Con faldas “y a lo logos”


Sí.

El único colectivo que se mantiene como incuestionable e indiscutible -11 varones en pantalón corto formando equipo para dar patadas a un balón: único lugar donde la cuota aún no se ha impuesto- tuvo que ganar un Mundial de selecciones nacionales para que los habitantes de un mismo lugar -ni país, ni nación, ni nada de nada- sintiesen identificación con algo.

Aquello se salió de madre y, en vez de apoyar cada habitante a uno de los once -como habitualmente se hace, generando pactos tan antinatura como sería la alianza entre el portero y los defensas para meterse decenas de goles en propia meta, contra la voluntad de los mediocampistas y delanteros, que intuyen que habría que marcar en la otra portería, aun a costa de ser tachados de fascistas o progres- los habitantes tomaron una referencia común (un trapo rojo y gualdo llamado antaño bandera) y se lo pusieron, incluso, como prenda de vestir -pegado a la piel: simbolizando epidermis, simbolizando cuasi-identidad, tapando las partes intimas.

La foto recoge el glorioso momento, un par de horas antes de la victoria de España en el Mundial. Falda hasta los pies, lo que viene a indicar que el tamaño de la bandera era considerable, como el recato de la chica. Me consta que el evento se produjo en más localidades.

Nos va la gesta. La próxima vez será con ocasión de algún otro acontecimiento de este tipo: un Mundial, un secuestro que acabe en muerte o una guerra. Como los torrentes del Negeb (lo seco), que manan cuando la vida renace. Aquí la vida renace cuando tenemos enfrente un enemigo común: el resto del tiempo nos matamos, en sus variadas modalidades, unos a otros. ¿Qué significa eso? ¿Señal de confianza en la identidad, como el oso que se echa a dormir sin temor? ¿Desidia tan característica de imperios venidos a menos? ¿Que “matamos” el tiempo y acosamos al vecino a falta de enemigos de verdad? ¿Que lo del cainismo va inoculado en la sangre?

No sé. Aquí, o se trata de una batalla o mantenemos la hibernación. ¿Posmodernismo? ¿Locura? ¿Alma de artista? ¿Alma de torero? ¿De guerrero?

Ni idea. Pero ser español, por un día, sin ir contra la voluntad del hermano ni herir su sensibilidad, sino fraternalmente con él, da una paz que no conocen en ningún sitio. Empuñar una bandera con el vecino y aplaudir a su paso, aunque suceda una vez cada cien años, merece la espera. Emociona por lo infrecuente.

Hasta la próxima ocasión…

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