Doble revolución nocturna


El lunes tocaba solucionar el atasco de camisas en la zona de planchado. Uno lo va dejando, va tirando de reservas, y hay un momento en que se acaba teniendo que poner el uniforme del colegio para parecer presentable.

Iba yo a comenzar el ejercicio que tanta paciencia me requiere -rebelde hace años, me negaba a planchar las camisas (tenia un enfoque resultado: dedicar tiempo a algo que luego iba a deshacerse en cuestión de horas me parecía innoble) y las llevaba, sencillamente, arrugadas. Aquello, luego me enteré, creó la tendencia del “mendigo chic”.

Más maduro de edad, y enfocándome más a la tarea que al resultado, he logrado concebir la labor como buena en sí misma, al estilo del muchacho de Karate Kid: dando y puliendo cera. No es que haciendo el repetitivo ejercicio de planchar vaya un día a ser capaz de partirle el brazo a un atracador en un callejón oscuro, pero alguna utilidad, sobre todo espiritual, acabaría teniendo.

Con semejante planteamiento estoico me disponía yo a comenzar el planchado de n camisas. Bastantes. n suele signicar bastantes.

Para hacer más llevadero el trance -que uno es estoico hasta un límite- ya tengo mi técnica: me suelo poner una película que no requiera mucha atención y así paso un par de horas con el cerebro repartido entre el cine y el planchado.

Me puse Octubre (http://en.wikipedia.org/wiki/October:_Ten_Days_That_Shook_the_World), una película sobre la revolución rusa de 1917, de Sergei Eisenstein (http://en.wikipedia.org/wiki/Sergei_Eisenstein). Película muda, clásica de esas que hay que ver, pero que me inspiraba pereza el dedicarle en exclusiva un par de horas. Sin embargo se me antojó como buena una dedicación compartida.

La película se la comisionó el Soviet a Eisenstein para conmemorar el 10º aniversario de la llamada revolución.

Comenzó la revolución nocturna.

La película es muda, con banda sonora de mi querido Shostakovich. La película utiliza una técnica que puedo calificar como collage de escenas, con comparaciones en forma de metáforas perfectas que requieren que uno sepa algo de historia para entender la trama del asunto, las comparaciones entre símbolos, etc. No es mi caso. Pasaba la película ante mi como una colección de carreras, gritos, pancartas, pataleos, puentes que se levantan y estatuas que se abaten. Imagino que ver una película sobre la revolución en cine mudo permite afinar más la esencia del concepto.

http://www.allmovie.com/work/35938

Hay un par de escenas que me parecieron clave: la del soldado en la toma del palacio, contemplando la imaginería religiosa, y la de la mujer al pie de la estatua. Es el único momento en que se rompe lo que el link de arriba menciona: la frialdad intelectual impuesta:

While impressive on a technical level, the film never truly stirs the audience’s emotions; Eisenstein purists have argued that this “alienation” technique was the director’s intention all along, forcing the viewer to observe the events intellectually rather than emotionally.

Es una sensación bastante desasosegante, de vacío, la que se tiene contemplando a las masas correr y gritar durante dos horas en la persecución de un objetivo (“pan, paz y tierra“, profieren continuamente los subtítulos) que uno intuye que no es suficiente. No basta. No es nada nuevo. No es eso. Noeseso, al menos a largo plazo. No puede ser eso.

Me acordé de los animales de “Animal farm”…

Sin embargo, la verdadera revolución, la que ha cambiado mi vida, acontecía en la tabla de planchar.

Hay que decir que lo de planchar, vacío de contenido material, se me hacía incluso trabajoso formalmente. Casi una opresión de la etiqueta -la dominante- sobre mi -el oprimido. Aquello tenía que terminar: el hombre tenía que dominar, de una vez, a la técnica. Hacerla servir para algo.

Contrario a mi costumbre de aprender a hacer las cosas fijándome en otros, leyendo libros de instrucciones o preguntando, lo de planchar se había convertido en una cuestión de instinto: yo planchaba utilizando eso que los varones llamamos instinto. Empeño voluntarioso lejano a la realidad.

Nos pasa igual que al orientarnos en una carretera o encender una chimenea. Son prácticas estas (la de la plancha menos obvia) tan ancestrales que tratamos de mantener nuestra pizca de salvaje libertad no preguntando jamás, tratando de orientarnos con la mirada, con el cuerpo, midiendo con el brazo, a pasos, pero nunca dando entrada a la civilización en el asunto. Revalidándonos frente al medio. Domeñándolo.

La plancha está bajo el mismo régimen ancestral. Hacer que el instinto se adueñe soberanamente del planchado de camisa es cuestión de práctica.

Pues no.

Han sido tropezones con el cable de la plancha, giros de la tabla en infinitas posiciones, regulaciones de su altura, y nada.

Yo, la camisa, la plancha y la tabla no éramos capaces de llegar a un entendimiento sobre la marcha y del roce no surgía el cariño. Alguno de los cuatro no proveníamos del mismo origen, y me costaba decidir de quien había que prescindir para alcanzar el objetivo de esta tediosa tarea.

El asunto no es menor. Adjunto links que ubican al planchado de camisa como un arte. La técnica se las ingenia para dar con la solución, pero lo que natura no da...

http://domokyo.com/revolution-360-la-tabla-de-planchar-que-facilita-la-labor/

http://es.wikipedia.org/wiki/Tabla_de_planchar

http://www.oldandinteresting.com/history-ironing-boards.aspx

Pues bien, ha sido mientras October se iba proyectando cuando la revolución en el planchado ha acontecido. De modo casual. Girando una camisa, de repente todo encaja: las dimensiones de la camisa se ajustan a la tabla, que se desliza bajo la camisa con rapidez, según vamos ella y yo cubriendo etapas. Una, dos, tres; de todos los colores y texturas, la línea de planchado impone su disciplina a la ropa, que gustosa por fin de encontrar la forma que se acopla a su esencia, se deja hacer.

Cuatro, cinco, seis… Fluían las camisas por mi tabla como los Ford en la línea de producción. El cable, a distancia prudente, sin amenazas; la plancha, incluso con la mano izquierda; las camisas, bien planchadas en cuestión de minutos… Me sentía casi soviético… Probablemente es el momento en que mejor he entendido la utopía de los bolcheviques. A punto de soltar una lágrima ante tamaña perfección. Sin espontaneidad, todo orden, sin apenas esfuerzo. Como un natural al toro, como un puro bien encendido, como un lapicero bien afilado que subraya bien negro…

Tanto blog, tanto internet, y el asunto al que he tardado meses en llegar por mi cuenta estaba ahí, explicado, con sencillez:

http://www.mailxmail.com/video-planchar-camisa-tecnica

La tabla tiene una forma con un sentido determinado, no caprichosamente. Si hubiera aplicado a Aristóteles antes lo hubiera descubierto.

Ni el uso de la tabla, ni el de la plancha, ni la posición de la camisa… todo mal. Hasta hoy, hasta esta noche, en que la revolución aconteció y mi vida planchadora comienza de nuevo.

Ahora, a posteriori, ya he investigado y sólo me resta cambiar el orden… ¡pues plancho en orden inverso al correcto! El instinto se equivoca continuamente. Menos mal que una buena revolución ha acudido en mi ayuda.

PD: De todos modos, en el camino he generado una inmovación a la técnica que pienso patentar. Ahorra más tiempo aún y deja mejor las camisas. Son las ventajas de recorrer el camino sin maestros: se pisa hierba no pisada, se forjan caminos que, cuando no conducen al abismo, son mejores.

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2 respuestas a Doble revolución nocturna

  1. Hermano dijo:

    Es curioso pero yo también lo hago al revés al video (termino con el cuello y puños), eso si llevo ya unos años con el “modelo” trabajado y con la tabla dominada. Decirte, como consejo que los puños por fuera y el cuello por dentro no se plancha (lados visibles de la camisa) porque se estropean.

    • noeseso dijo:

      Nuevamente la genética es determinante. Eso de tener 1 camisa en común y coincidir contigo en los días que decidimos ponernosla demuestra que no somos más que células. Eso sí, menuda suerte tener las mismas que tú. Un fuerte abrazo y te veo mañana partiendo raquetas al frontón, Txomin.

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