Vivo. Gracias.


Gracias, porque cuando arranco en una subida el corazón me sigue, como lo lleva haciendo tres décadas y media sin parar.

Gracias porque los tobillos, allá abajo, siguen obedientemente haciendo de pilares de la catedral. Gracias a aquel chaval: casi me partes el izquierdo, y siempre quedó más flojo que el derecho, pero eso le hizo esforzarse más aún.

Gracias porque miles, quizá decenas o centenas de miles de zancadas después, y sin haber llegado a ningún lugar desconocido, las piernas siguen respondiendo a las órdenes que reciben.

Gracias porque, sin haber sido especialmente disciplinado en lo que comía o bebía, aún no ha cundido el pánico ahí dentro, en lo que va por dentro.

Gracias.

Gracias porque las manos siguen asiendo firmemente lo que se proponen, sin temblores ni imprecisiones, siempre compañeras, tan miradas, tan pensadas, tan filosofadas.

Gracias por el sudor, que tras las carreras de la tarde corre por la espalda, generoso, descubriéndome sutilmente mi contorno: donde soy y donde no soy.

Gracias por la vista, trabajada, muy trabajada, pero aún precisa con sus muletas, capaz de diferenciar, simplemente por un matiz, el aire de los días de verano del aire de los días de primavera.

Gracias por el vigor, que se mantiene, que resurge cuando no era esperado y genera placer, vida y amor.

Gracias por el oído, compañero nunca vislumbrado pero que ha generado tanta alegría y consuelo en los momentos en que se le requirió hacerlo.

Gracias por la barba, unas veces larga, otras afeitada, que me recuerda que pasa el tiempo y que el pulir debe ser obra constante. Y por el pelo, que ya empieza a clarear, que nunca me ha dado problema, siempre discreto, abrigando cuando se le requería, yéndose cuando se le invita a hacerlo.

Gracias.

Gracias por la espalda, fuerte con el ejercicio porque estaba destinada a doblarse demasiado ante la curiosidad del libro. Algo doblada, sí, pero siempre enderezada al fin y al cabo.

Gracias por el sueño, siempre muy profundo. Tardo en venir y pronto en irse, pues la celosa vida requería vigilia del niño, del joven y del adulto.

Gracias por el equilibrio, que tantos vasos ha salvado de la hecatombe en cada una de las casas donde he vivido. Los vasos te dan las gracias.

Gracias.

Gracias por la respiración, alguna noche trabajosa, pero casi siempre notable, en la carrera por el sembrado, a la subida del monte, en la persecución del bicho, en el partido con amigos, al frontón con el hermano, en el amor auténtico y en el de mentira, en el ejercicio de meditación e incluso en el grito de dolor silencioso.

Gracias por el gusto, infiel siempre, probándolo todo. Por el gusto que conoció todo de alguien y que probablemente me salvó la vida en distintas ocasiones sin yo saberlo. Por el que supo vomitar sangre y por el que supo beberla.

Gracias.

Gracias por el cuello que sostiene todo el trabajo vital que lleva mi cabeza, que se reforzó de joven quizá previendo que el peso sería de ciudado. Que cada varios años es relevado de su misión por unos momentos, y devuelto de nuevo a la faena.

Gracias por los gemelos, que habéis sufrido de tanto empujar los kilos en la misión. Ahí seguís y os noto todas las mañanas, cómo me despertáis con brío.

Gracias por los pies, que tanta alegría me habéis dado uniéndome a la tierra lo necesario para sentir que era más que tierra. Gracias por encariñaros del balón tan pronto, porque eso hizo que todo lo demás sucediese y que mi vida fuese mejor que si no hubiera sucedido.

Gracias por la sangre, y las venas y las arterias, porque llevan mares de vida transportada durante decenas de miles de kilómetros sin moverse de mi sitio, sin que yo les pida hacerlo.

Gracias.

Gracias por las rodillas, gracias porque los golpes no os quebraron ni tuvimos que acudir a los médicos a recomponeros: ahí seguís tal y como me fuisteis dadas, y ni un sólo día recibí un mal gesto de vosotras.

Gracias por los brazos, porque siempre habéis estado prestos a lo que se os ha pedido. Responsables de tantos abrazos que, intuyo, algo de calor habrán dado a almas frías o resfriadas. Gracias porque no os doblásteis con el peso de los útiles de trabajo, ni en las cajas de la uva, ni sosteniéndome en mis afectos, ni en los miles de kilómetros recorridos con los distintos coches que me han acompañado. Sufrísteis con los tiros, pero aquello era cuestión de aprender.

Gracias.

Gracias, porque vivo, porque estoy vivo y porque soy lo que veo, lo que todos los días veo, el compañero que me escucha todos los días. Gracias porque los tiempos hacen que unos días me sienta ligero y otros sumamente pesado, unos ágil y otros algo más torpe, pero en todos ellos me siento y me vivo.

Gracias porque los tiempos decidirán hasta cuándo y cómo y lo que llevan decidido ha sido, en lo más simple, maravilloso. Sin apenas atención, sin apenas esfuerzo, cada minuto decenas de miles de diminutos esfuerzos contribuyen a mi felicidad y a que mis proyectos tengan recursos con los que hacerse realidad. Cada segundo el milagro se repite y cada día, cada noche, me olvido de pensarlo, me olvido de decirlo, me olvido de acordarme de los que no se olvidan de acordarse que el milagro con ellos no sucede.

Y gracias porque un día me acordaré de esto y ya no será lo mismo, y ya no me asistirán ni los nervios ni el corazón, y la fatiga será mi dueña, y sentiré miedo y fragilidad, y me tendrán que sujetar y limpiar y alimentar. Y no podré salir a correr una tarde alborozado ni podré sostener a mi hija en brazos, ni podré abrazar a una mujer ni podré agarrar un lápiz, ni leer un libro. Tampoco podré beber agua fría ni probar un vino, ni siquiera bañarme en un río tras subir a la montaña de mi amigo, al norte. No podré romperme la cara contra una ola ni sentir que el sol me quema la espalda, porque no podré tumbarme al sol.

Y precisamente por eso todo esto que ahora acontece tiene todo el sentido. Y me ha sido dado sin merecerlo, ni trabajarlo, ni pedirlo, ni heredarlo.

Gracias. Por la vida. Gracias.

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