Ferviente


“(…) Así me hablaba mi padre:

-Fuérzalos a construir juntos una torre y los transformarás en hermanos. Pero si quieres que se odien, arrójales un poco de grano.

Me decía además:

-Que me traigan primero el fruto de su trabajo. Que viertan en mis graneros los ríos de sus cosechas. Que hagan de mí sus graneros. Quiero que sirvan a mi gloria cuando flagelen los trigos y que estalle en derredor la corteza de oro. Porque entonces el trabajo, que era función de nutrición, se transforma en cántico. Por que he aquí que poco hay por compadecer en aquello cuyos riñones se doblan cuando llevan los sacos pesados a la molienda. O los traen de vuelta, blancos de harina. El peso de los sacos los aumenta como una plegaria. Y he aquí que ríen alegremente cuando llevan la gavilla como un candelabro de granos con sus puntas y su fulgor. Porque una civilización se asienta sobre lo que se exige de los hombres, no sobre lo que se les suministra. Y, agotados, vuelven inmediatamente a este trigo y de él se nutren. Pero no es ésta para el hombre la faz importante de las cosas. Lo que los nutre en su corazón no es lo que reciben del trigo. Es lo que le dan.

“Porque una vez más son dignas de desprecio esas colonias que recitan los poemas de otros y comen el trigo de otros o contratan arquitectos para edificar sus ciudades. A ésas llamo sedentarias. Y no descubro ya alrededor de ellas, como una aureola, el espolvoreo de oro del trigo que se abate.

“Porque es justo que reciba al mismo tiempo que doy; a fin de poder continuar dando. Bendigo este cambio entre el don y el retornar que permite proseguir la marcha y dar más aún. Y si el retorno permite a la carne rehacerse, es el don solo el que alimenta el corazón.

“He visto a las bailarinas componer sus danzas. Y una vez creada y bailada la danza, nadie se lleva el fruto del trabajo como provisión. La danza pasa como un incendio. Y sin embargo, llamo civilizado al pueblo que compone danzas, aunque no haya para ellas ni graneros ni cosecha. Mientras que llamo bruto al pueblo que alinea en sus estantes objetos, así sean los más finos, nacidos del trabajo de los otros, aunque se muestre capaz de embriagarse con su perfección.

-El hombre -decía mi padre- es antes que nada el que crea. Y solamente son hermanos los hombres que colaboran. Y solamente viven aquellos que no han hallado su paz en las provisiones que habían elaborado. Un día le hicieron una objeción:

-¿A qué llamas tú crear? Porque si se trata de una invención que se destaca, bien pocos son capaces. Y entonces hablas para algunos; ¿y los otros?

Mi padre respondió:

-Crear, es, quizá, equivocarse un paso en la danza. Es dar de través ese golpe de cuchillo en la roca. Poco importa el destino del gesto. Ese esfuerzo te parece estéril a ti, ciego, que tienes la nariz encima; pero retrocede. Considera de más lejos el movimiento de este barrio de ciudad. Sólo hay allí un gran fervor y una polvareda dorada de trabajo. Y los gestos equivocados ya no se observan. Porque ese pueblo inclinado sobre la obra, de bueno o mal grado, edifica sus palacios, o sus cisternas, o sus grandes jardines suspendidos. Sus obras nacen como inevitables del encantamiento de sus dedos. Y te advierto, nacen tanto de aquellos que equivocan su gesto como de los que lo cumplen, porque no puedes dividir al hombre, y si salvas sólo a los grandes escultores te verás privado de grandes escultores. ¿Quién será tan loco como para escoger un oficio que da tan pocas ocasiones de vivir? El gran
escultor nace del mantillo de los malos escultores. Le sirven de escalera y lo elevan. Y el fervor de danzar exige que todos dancen -aun los que danzan mal-; si no, el fervor es academia petrificada y espectáculo sin significación.

“No condenes sus errores a la manera del historiador que juzga una era ya concluida. Pero, ¿quién reprochará al cedro ser aún simiente, tallo o briznilla brotada oblicuamente? Deja hacer. De error en error se levantará el bosque de cedros que distribuirá en los días de gran viento el incienso de sus pájaros.

Y mi padre decía, para concluir:

-Te lo he dicho ya. Error de uno, buen éxito del otro; no te inquietes por estas
divisiones. Sólo es fértil la gran colaboración del uno a través del otro. Y el gesto fallido sirve al gesto que se logra. Y el gesto que se logra muestra el fin que perseguían juntos al que ha fallado el suyo. Aquel que encuentra a Dios lo encuentra para todos. Porque mi imperio es semejante a un templo y he llamado a los hombres. He convidado a los hombres a construirlo. De este modo es su templo. Y el nacimiento del templo extrae de ellos su más bello significado. Y ellos inventan el dorado. Y aquel que lo busca sin éxito, también lo inventa. Porque antes que nada es de este fervor de donde el nuevo dorado ha nacido.

Decía otra vez:

-No inventes un imperio donde todo sea perfecto. Porque el buen gusto es virtud de
guardián de museo. Y si desprecias el mal gusto, no tendrá ni pintura, ni danza, ni palacio, ni jardines. Habrás hecho el disgustado por temor al trabajo desaseado de la tierra. Te verás privado por el vacío de tu perfección. Inventa un imperio donde simplemente todo sea ferviente.”

Ciudadela (Antoine de Saint-Exupéry)

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